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Desde el comienzo de su producción, el estudio supo que Batalla por el Planeta de los Simios sería la última película de la saga. Cada entrega había ido obteniendo peores resultados de taquilla y continuar la historia no sólo resultaría arriesgado desde un punto de vista narrativo, sino que hacerlo con un presupuesto igual o inferior al de las anteriores hubiera supuesto una grave equivocación.

La quinta y última película de la saga original, Batalla por el Planeta de los Simios (1973), sugería la posibilidad de que, después de todo, el futuro no estaba definido de forma categórica. Paul Dehn había planeado un final tremendamente oscuro para la saga, con César convertido en un emperador loco que realizaba experimentos en humanos para extirpar su capacidad de hablar. Sin embargo, la Fox y el productor Arthur Jacobs no querían replicar el tono violento de la cinta anterior y se inclinaban en cambio a continuar la historia con un regreso al cine más familiar.

La tercera película de la saga volvió a triunfar en taquilla. La idea de Dehn había obtenido buenos resultados y los productores no tardaron en recibir el encargo de un cuarto film. Esta entrega, La Rebelión de los Simios (1972) estaría destinada a ser la más controvertida de la serie.

A la vista del resultado financiero de Regreso al Planeta de los Simios (1970), de Ted Post, ni siquiera la destrucción del planeta fue capaz de poner fin a la franquicia. Cuatro meses después del estreno de Regreso…, el productor Arthur Jacobs envío un breve pero elocuente telegrama a Paul Dehn: “Los simios existen. Se requiere secuela”. El escritor tuvo que encontrar una forma de continuar una historia que, claramente, había llegado a su final. Su solución fue muy ingeniosa y el resultado, Huida del Planeta de los Simios, supuso el punto de inflexión de la saga.

El éxito de El Planeta de los Simios había sido colosal, por lo que lo último en lo que pensaban los ejecutivos de la Fox era matar a la gallina de los huevos de oro. Exigieron una secuela. Hoy estamos acostumbrados a ellas, pero en aquellos años eran una rareza incluso en los casos que hoy nos podrían parecer obvios.

Desde que apareció en las pantallas, los lectores más puristas de CF han lamentado el día en que los cineastas oyeron hablar de agujeros negros. Y es que las cosas no son tan sencillas como pretenden hacernos creer en sus películas.

Los años centrales de la década de los sesenta supusieron una travesía del desierto para los aficionados a la ciencia ficción cinematográfica. Tras diez años de éxito, las adaptaciones de obras de Julio Verne y H.G. Wells que comenzaran con 20.000 Leguas de Viaje Submarino (1954) ya habían completado su recorrido y los estudios volvían a mostrarse reacios hacia un género que, en el fondo, seguían considerando propio de la serie B.