¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Veinte años? Cuando en 1996 se estrenó Trainspotting, los espectadores entendimos que aquella película era pura mitología urbana. Un relato febril, subversivo, moderno en el mejor sentido, sobre todo porque en su metraje podían verificarse con facilidad las enfermedades sociales de aquel tiempo.

Érase una vez… un tiempo sin relojes

Somos niños, y no llegamos al metro y medio de altura. Nuestras madres aún señalan nuestra estatura en la pared porque temen que sus sueños infantiles dejen de tejerse con la ilusión de la inocencia. Por las noches, nos acunan con relatos de princesas y piratas, entonando estas dulces y ya familiares palabras: Érase una vez… Mientras su voz nos conduce a mundos remotos construidos de fantasía, todos soñamos con permanecer, aunque sea por unos instantes, en el país de Nunca Jamás con los niños perdidos, o dejarnos llevar por la magia del polvo de hadas que esconde una traviesa Campanilla en sus alforjas. Lugares donde la infancia se disfraza de atractivos villanos y reinas malvadas que anuncian los claroscuros de la condición humana.