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Lo que sí está en los genes

En diversos momentos he hablado de la célebre y nunca concluida polémica entre lo innato y lo adquirido: aquello que somos a causa de nuestros genes y aquello que somos a causa de la sociedad, la educación o, quizá, a causa de esas extrañas causas imprevistas e imprevisibles a las que solemos llamar azar.

La teoría de evolución mediante selección natural de Charles Darwin ha sido descrita quizá como la teoría científica más innovadora y más radical jamás propuesta. Para algunos ateos, como Richard Dawkins y Daniel Dennet, es el “ácido universal” que disuelve toda esa fábrica de ideas provenientes de la concepción tradicional de que el mundo fue diseñado por Dios, con los humanos jugando un papel central en el drama cósmico.

Los genes egoístas

En 1976, Richard Dawkins publicó El gen egoísta. Sin salirse de los márgenes de la teoría de la evolución que Charles Darwin había presentado al mundo más de un siglo antes, Dawkins proponía que la selección natural no actuaba sobre las especies ni sobre los individuos, sino sobre los genes.

Además de defender la teoría del gen egoísta, Dawkins dedicó un capítulo de El gen egoísta a imaginar un fenómeno que estuviera sometido a selección natural pero que no fuera biológico. Esta es una de las maneras en las que proceden los científicos, la aplicación a otros terrenos de una misma idea.

Libros y evolución

Algo que distingue al ser humano de cualquier otra especie es la cultura: esa herencia extrasomática que se suma a nuestro patrimonio genético y aumenta nuestra capacidad de adaptarnos al entorno y sobrevivir.

Virus mentales

Hay virus, como el del sida, que pueden afectar el cerebro humano. Como todos, estos virus son partículas de ácido nucleico (ADN o ARN) cubiertas de proteínas que infectan células y aprovechan su maquinaria para reproducirse. No pueden hacerlo —ni siquiera puede decirse propiamente que estén vivos— fuera de estas células: son parásitos a nivel molecular.

Científicos bocones

El desafortunado personaje principal de la magnífica novela Solar (Anagrama, 2011), de Ian McEwan, el físico teórico y premio Nobel Michael Beard, comete el error de mencionar en una conferencia que, según varias investigaciones, es posible que existan diferencias en los cerebros de hombres y mujeres, y que esto podría explicar –aparte del obvio sesgo cultural impuesto durante décadas por la discriminación sexista– por qué hay tan pocas mujeres en la física. 

Hasta hace poco, la expresión “evolución cultural” no era más que una bonita metáfora. Para Carl Sagan, la cultura es una adaptación que permite al ser humano sobrevivir cambios repentinos en su ambiente ante los cuales la evolución biológica (genética) sería demasiado lenta.

La democracia darwiniana

¿Por qué digo que la democracia es darwiniana? Veamos en primer lugar qué quiere decir que algo sea darwiniano. Como es bien sabido (o debería serlo), la gran idea de Charles Darwin (que también fue la gran idea de Alfred Russell Wallace, sólo que la tuvo un poco tarde) es algo conocido como selección natural. También se le ha llamado "supervivencia del más apto", pero esta denominación trae consigo muchos malentendidos, así que dejémosla de lado.

Amistad, evolución y mente

Las explicaciones darwinianas parecen estar de moda últimamente. Mucho más allá del ámbito de la simple biología –donde no es sorprendente que el abuelo Darwin siga siendo la figura más influyente de todo el panteón de esa ciencia; después de todo, como ya lo dijera Sewall Wright, "nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución"–, el pensamiento darwinista ha comenzado a tener influencia en campos tan disímbolos como la química farmacéutica, la computación, la psicología, los estudios culturales y de comunicación, y hasta la filosofía.