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Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

"La imagen de Juana en Tordesillas es valiosa por los claroscuros que en ella aparecen. Supone un diseño propio y un apartamiento decidido de la corte, del poder y del gobierno. Ha conseguido liberarse de la fuerte carga que para ella ha debido de ser el soportar el doble cuerpo del rey y de una mujer con ideas propias.

El 20 de mayo de 1506, moría Cristóbal Colón. Dicen quienes le conocieron que era alto y delgado. De nariz aguileña y ojos garzos, sus cabellos habían encanecido prematuramente. Cuentan que era afable con los extraños y suave con los conocidos. De hablar sobrio y discreta conversación, todos coinciden en afirmar que era dueño de un secreto que ni a sus patrocinadores podía revelar.

Una historia corría de boca en boca por las calles de La Española desde los primeros años de su fundación. Y esta historia era la siguiente: una carabela que navegaba por las costas africanas fue desviada de su trayectoria original merced a una fuerte tempestad. Después de muchos días de avatares y peligros, los navegantes llegaron a una isla lejana y exótica, llena de riquezas y metales preciosos.

Por Real Cédula de 20 de enero de 1503, los Reyes Católicos ordenaron la creación de la Casa de Contratación en la ciudad de Sevilla. Nacía así una institución pionera, dedicada a

Caspas leyendanegrescas

Carlos, el joven Carlos, no hablaba una palabra de español, nunca había visto tierra castellana. Pero ahí estaba, con dieciséis años, dispuesto a heredar el trono de sus abuelos maternos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Y era el heredero por un cambalache del azar. Porque su tío Juan, decían, había muerto de excesos sexuales. Porque su padre Felipe, otro gran atleta sexual, apodado El Hermoso, estaba en Burgos, jugando a la pelota cuando, sudoroso, bebió abundante agua fría y, pocos días después, murió, presa de elevadas fiebres. Porque su madre Juana, llamada La Loca, perdió la cabeza con la muerte de su esposo, dicen, y había que encerrarla en un castillo de por vida. Y porque su abuelo Fernando, de sobrenombre El Católico, no fue capaz de hacerle un hijo varón (o una hija hembra, que tanto daba, a la hora de la verdad) a su segunda esposa, la francesa Germana de Foix, para deshacer aquello de "tanto monta monta tanto" que firmó con su primera mujer, la temperamental Isabel de Castilla, y separar, así, los reinos de Castilla y Aragón.

Según el cronista Lorenzo Galíndez de Carvajal, a Fernando el Católico se le "cayó la quijada". Vamos, que se le desencajó la mandíbula. Que debió darle un ictus o algo semejante. Porque Germana, que era mucha Germana, le dio un potaje de cantáridas y se pasó de largo con la dosis. Y Fernando, viendo próximo el final, llamó al escribano, a fin de redactar sus últimas voluntades.

Juana quería hacerse monja. Pero sus padres, en especial su madre, ya tenían diseñado otro futuro para su hija. Porque Juana era hija de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, que trazaron al milímetro los matrimonios de sus vástagos, aunque no todo les salió como esperaban. De hecho, nada salió según sus planes...

Isabel, la gran Isabel, fue, en palabras de los más sabios hombres de su tiempo, mujer muy aguda y discreta. Sólo así puede entenderse que se hiciera con un trono que, de entrada, no le pertenecía; que se casase, en secreto, con el heredero del reino vecino; que, entre ambos, consiguiesen la conquista del último reducto musulmán que quedaba en la Península; y que, ella sola, decidiese financiar una aventura, a todas luces insensata, pero que iba a hacer de Castilla el primer imperio ultramarino de la Edad Moderna.

Isabel, la gran Isabel, fue la verdadera impulsora del derecho natural de los indios americanos. Fue ella, en una fecha tan temprana como 1500 cuando, ante la llegada masiva de indígenas procedentes del Nuevo Mundo, enviados por Cristóbal Colón y todos los que con él se habían establecido en aquellas tierras, indígenas destinados a ser vendidos como mano de obra esclava, dictó una ley sin precedentes en su tiempo.