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El cine de acción es, fundamentalmente, un riesgo contado en imágenes. El humor tiene la misma naturaleza. No olvidemos que, desde los tiempos en que Buster Keaton, Douglas Fairbanks o Harold Lloyd rodaron sus escenas más memorables, el peligro y la comicidad han estado unidos. ¿Y cuál es la clave para armonizarlos? Yo diría que la convicción necesaria para convertir una caída, una pelea o una ocurrencia chistosa en una exhibición de verdad y de talento.

Todos hemos nacido y crecido en un mundo en el que las estrellas del mundo del espectáculo son personajes importantes, modelos que admiramos e imitamos. Hablamos de figuras adineradas, triunfadoras e influyentes. Millones de personas se fijan como meta vital convertirse en uno de estos seres privilegiados. Pero no siempre fue así.

En El terror del más allá (Edward L. Cahn, 1958), una criatura alienígena se colaba en una nave espacial terrestre e iba acabando uno a uno con sus tripulantes. Este mismo argumento (cambiando la nave por la Estación Espacial Internacional) es el de Life, si bien, claro está, la principal influencia del film es el mil veces imitado clásico Alien: el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979).