graciasportadadefesq

Había una vez una mujer que, a pesar de que en su tiempo se movía airosa de una ocupación a otra, con firmeza, elegancia y talento, pasó desapercibida con el paso de los años, opacada por el brillo del hombre con el que se casó por segunda vez.

La dama duende

La televisión española repuso, en una preciosa copia de leve tono sepia, La dama duende, película filmada en Argentina por Luis Saslavsky en 1945. Eran tiempos en que había una rica industria del cine argentino, capaz de producciones derrochonas como ésta, en un país próspero y pacífico, en el cual, no obstante, ya rugían las fieras mesiánicas en el fondo de sus cavernas.

Borges de cerca

Borges, escritor exigente y más que letrado, convocó por medio de sus libros a una capilla de lectores igualmente afectos a guiños y sutilezas, pero se halló, en su madurez y hasta su muerte, asediado por una gloria mediática e institucional nada borgiana.

Desde hace mucho tiempo me vengo encontrando con Ignacio Sánchez Mejías. No sé por qué llegó a mis manos una edición de sus Artículos periodísticos. Un fragmento de ellos lo incluí en mi libro sobre Manolo Caracol, porque hablaba de Joselito el Gallo, pariente, como sabemos, del cantaor.

La izquierda que no quiso ver

En los tiempos del bloque soviético, cuando una decena de países estaban bajo el férreo control de Rusia y en ellos existían regímenes totalitarios que prohibían todo aquello por lo que la izquierda siempre había luchado, en aquellos tiempos, las víctimas de esas dictaduras se encontraban con una terrible paradoja cuando llegaban al llamado mundo libre.

Entrevista con Pepín Bello

Imagen superior: Salvador Dalí, Federico García Lorca y Pepín Bello en la Residencia de Estudiantes

Las lecciones de Alberti sobre ese trayecto adquieren no pocas veces la dignidad del testigo, familiarizado en su trato con los grandes protagonistas del drama: desde los políticos hasta los intelectuales, pasando por el gentío anónimo que fue agitando los grandes movimientos sociales de la época. Al tiempo, aquí agrupa, a fuerza de intimidad y confesión —un género regido por leyes propias, como nos recuerda María Zambrano—, los materiales de una biografía obligada, acaso por la fuerza de la historia, a cambiar de paisaje cada cierto tiempo. Como esa arboleda perdida que antecedía a la playa de su niñez, estas páginas acogen una concepción poética de la existencia.

Con ese fin, sus versos arañan la engañosa pátina de folclore bajo la cual resuenan dramas de amor, cantares y heroicas torerías; simulacros, al fin y al cabo, de un orgullo genuino, esta vez ajeno al tópico.

Así reza el comienzo de una de las composiciones más insolentes, más agudas y anticonvencionales del repertorio albertiano, elaborada durante ese periodo en que el el poeta obliga a todos sus campos íntimos a colocarse frente a las certidumbres burguesas, hijas de la comodidad y la rutina. Esto es, allí donde se agota cualquier posibilidad de rebeldía o de provocación. Ya vemos acá a ese poeta en la calle, cuya conciencia social irradia a través de un flujo íntimo. Hacer perceptibles dichos matices parece la intención de esta entrega, Con los zapatos puestos tengo que morir, que lleva por subtítulo «Elegía cívica. 1 de enero de 1930», fechando así la repulsa, trasladada al plano de lo metafísico.

Lo guían por esta época el neogongorismo asumido —y divulgado— por los de su generación, y también una sensibilidad vanguardista propia de una mente cultivada como la suya.