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Este día, como tantos otros, Ramón Bonfil se prepara para enfrentar al gran tiburón blanco. Por tradición, los encuentros entre el hombre y este imponente condrictio han dado origen a historias casi míticas. Caben razones: cien millones de años antes de que los dinosaurios se pasearan por la superficie de la Tierra, los mares ya constituían el territorio de caza del tiburón, uno de los depredadores más extraordinarios del planeta. Sin embargo, el propósito que guía a este investigador y sus colegas no es aniquilar a las majestuosas criaturas, sino evitar su extinción.

Los primeros tiburones aparecieron en el planeta hace 300 millones de años. Su gran capacidad de adaptación les ha permitido llegar sin problemas hasta nuestros días.

El 30 de julio de 1858, John Hanning Speke se convirtió en el primer europeo que contempló la inmensidad del lago Victoria. Speke formaba parte de la expedición de Richard Burton que pretendía encontrar la fuente de las aguas del río Nilo.

El pez se desplazaba lentamente, moviendo con elegante pereza sus extrañas aletas. El sorprendente animal, robusto y de un color azul grisáceo, cambió repentinamente su rumbo y se dirigió a su refugio: una cueva submarina formada por las rocas volcánicas del fondo del océano índico.

La vida para el ser humano ha empezado en el mar y muchas veces ha acabado en él. En el imaginario de multitud de civilizaciones antiguas, el agua es símbolo del origen de la vida, pero también un lugar lleno de peligros.

Uno de los secretos evolutivos del éxito de los tiburones se oculta en uno de sus rasgos más pequeños: las escamas flexibles que recubren su cuerpo. La clave reside en que estas escamas controlan la separación del flujo de agua en torno a los cuerpos de los escualos, y ello les permite acelerar su ataque.