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Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: Madrid, España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

Las letras de la ciencia

Oliver Sacks tardó en decidir su vocación de escritor, tras sus investigaciones y ejercicios clínicos de neurología y neuropatología, en especial por los enfermos de trastornos cerebrales provocados por la posencefalitis. Y la chispa que necesitó su escritura fue literaria, unas palabras de Wells que él mismo cita en sus memorias En movimiento. Una vida. “El único lugar en que nos movemos con soltura o con gracia es con las ideas y con las palabras. Nuestro amor por la ciencia es totalmente literario.” (cito por la traducción de Damián Alou según la edición de Anagrama). Se trata de la propuesta del logos clásico: pensamos lo que dicen las palabras.

El caballero del cerebro

Conocí a Oliver Sacks (como lector; nunca tuve el privilegio de verlo en persona) gracias a… no sé. Quizá leyendo reseñas de su libro más famoso: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Quizá porque en alguna librería (¿El parnaso? ¿Gandhi?) su portada, que lucía una conocida pintura de Magritte, llamó mi atención. El caso es que se hablaba mucho del libro en los años posteriores a su publicación, en 1985.

El mono lector

En su libro Los ojos de la mente (Anagrama, 2011), el magnífico escritor y neurólogo Oliver Sacks (1933-2015) plantea lo que denomina “el dilema de Wallace” (en referencia a Alfred Russell Wallace, que descubrió, independientemente de Charles Darwin, la teoría de la evolución por selección natural… “Pobrecito Wallace”, decía mi maestra de biología en la Preparatoria no. 6, Palmira de los Ángeles Gómez Gómez).

La ciencia no puede responder preguntas acerca del llamado “mundo espiritual”. Por definición, su campo de autoridad se restringe a lo natural: el mundo físico. No porque haya alguna ley que impida estudiar científicamente lo sobrenatural (si es que existe), sino porque los métodos de la ciencia sólo sirven para estudiar lo material.

Los libros cuyo tema es la ciencia normalmente se inclinan hacia uno de dos extremos. Unos se centran en los conceptos científicos y nos presentan una explicación más o menos detallada y comprensible de alguno de ellos: la evolución, la relatividad, la contaminación... Otros son libros verdaderamente literarios, en el sentido de que no contienen realmente ciencia, sino literatura. Primo Levi, Alan Lightman, Italo Calvino son ejemplos de esta –no tan común– vertiente. 

Si hay una novela sobre neurociencia que ha hecho pensar y llorar a millones de personas es Flores para Algernon, de Daniel Keyes. Ahora, el relato breve del que nació este best seller cumple 55 años. En él, un joven con discapacidad cognitiva, y su amigo, un ratón de laboratorio, multiplican su cociente intelectual gracias a una prometedora terapia.

Entre 1915 y 1926 una epidemia de encefalitis letárgica se extendió por el mundo. Millones de afectados acabaron muriendo y gran parte de los que sobrevivieron quedaron en un estado semicomatoso del que no se recuperaban, de forma que muchos de ellos eran ingresados en instituciones mentales sin esperanza de recuperación.