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Hijo espiritual de la escena de Canterbury, creador ecléctico e intérprete virtuoso, Mike Oldfield revolucionó la historia del rock con una obra monumental, Tubular Bells, que vino a ser el puente ideal entre el rock progresivo y la new age.

Ocurrió en mis primeros años de adolescencia, cuando estaba en la casa de un amigo de mi calle. En un extremo de su gran sala de estar tenía un tocadiscos, y había LPs dispersos por todas partes. Estaba yo revisándolos y saqué uno. En su reverso, leí que tenía dos pistas: "Ommadawn Parte 1" y "Parte 2".

Tras su experiencia participando en las viejas versiones orquestales de Tubular Bells y Hergest Ridge, transcritas en su momento por David Bedford para que las interpretase la Royal Philharmonic Orchestra. Mike Oldfield no había vuelto a intervenir en un proyecto destinado a una sala de conciertos tradicional.

Mike Oldfield definió su mejor música con un elocuente mutismo. “Hace treinta años –dijo en cierta ocasión–, me preguntaron por qué hice Tubular Bells y estuve unos veinte minutos en silencio sin tener idea de la respuesta”.

Las primeras actividades musicales de Michael Gordon Oldfield ‒un guitarrista de folk y rock oriundo de Berkshire‒ tienen que ver con sus lazos familiares. Primero, formando un dúo con su hermana, The Sallyangie, que dio lugar al LP Children of the Sun (Transatlantic, 1968), y luego con su hermano Terry, presentándose esta vez como los Barefoot.

Después de certificar con Man On The Rocks (2014) su retorno a las canciones pop, al estilo de "Moonlight Shadow", Mike Oldfield, que prácticamente había desaparecido del radar ‒aunque no del afecto colectivo‒, recuperó su legendaria fórmula de suite con Return To Ommadawn.

Hace algún tiempo, la BBC emitió un documental de elaboración propia dedicado a Mike Oldfield. Más concretamente a la gestación de su mítico Tubular Bells, el disco que le haría mundialmente famoso. Siguiendo la falta de lógica y sinrazón que es buscar la causa de todas las cosas hasta sus últimas consecuencias –hasta allí donde se demuestra que el ser humano no ha desarrollado el pensamiento necesario para comprender el mundo, algo que, por otra parte, ya está más que probado en su torpeza para deshacerlo y destruirlo— podemos afirmar que, sin aquel disco, publicado en 1972, no existiría Virgin Galactic, la compañía que promete ser pionera en los vuelos espaciales privados. De hecho, no es una afirmación propia: lo dice Richard Braxon, propietario de la marca.