Los sesos derretidos

Cuenta la historia que cuando Don Quijote daba voces a Sancho que le trujese el yelmo, estaba él comprando unos requesones que los pastores le vendían y, acosado de la mucha priesa de su amo, no supo qué hacer dellos, ni en qué traerlos, y por no perderlos, que ya los tenía pagados, acordó de echarlos en la celada de su señor, y con este buen recado volvió a ver lo que le quería; el cual, en llegando, le dijo:

"... esas andanzas medió enigmáticas de Cervantes, esas huidas imprevistas, tantas vaguedades, zozobras, cautiverios, vienen a trazar como la síntesis biográfica de un perdedor, de un hombre de azarosos lances, casi de un aventurero que, como don Quijote, fue acumulando decepciones, fracasos, desdenes. Pero nunca, sin embargo, renunció a ir macerando en la memoria su más universal empeño creador: el que hizo de la libertad un fecundo condimento literario..."

"Es un bálsamo de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay que pensar morir de ferida alguna. Y ansí, cuando yo le haga y te le dé, no tienes más que hacer sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo (como muchas veces suele acontecer), bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sutileza, antes que la sangre se yele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al justo. Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verásme quedar más sano que una manzana"

Pese a tratarse de un ensayo histórico, este espléndido libro de Robert Goodwin no apela sólo al intelecto, sino también a las emociones. En Goodwin descubrirá el lector español un espíritu muy de su agrado: un hispanófilo británico, profundo conocedor del concepto de la vida que asoma desde el fondo de nuestro Siglo de Oro.

En Cardenio, la obra perdida de Shakespeare he hablado del Cardenio un libro que tendría la virtud de unir a Cervantes y Shakespeare de una manera más estrecha que la casualidad, quizá falsa, que asegura que ambos murieron el mismo día del mismo año.

El Shakespeare cervantino

En el siglo XVIII el erudito y obispo anglicano Warburton tenía entre sus manuscritos una obra de Shakespeare llamada Cardenio. Según se cuenta, el obispo no pudo evitar que un día su cocinero usase el manuscrito para encender el fuego.

Las circunstancias han permitido en raras ocasiones reunir a dos grandes escritores o a dos grandes filósofos. Platón y Aristóteles, Descartes y Pascal, más recientemente García Márquez y Vargas Llosa y aquella célebre historia del puñetazo.

Don Miguel y don Guillermo

El tiempo, la diosa Casualidad o las ocultas leyes de las cosas, hicieron morir el mismo año a dos grandes barrocos: Cervantes y Shakespeare. Todo sigue yendo bien si nos atenemos a sus libros, a los textos que aparecen suscritos por ellos. Cuando se trata de rendir homenajes a la memoria de las personas, el panorama se oscurece.

Huesos de santos

Uno de los tal vez mayores agentes de la vida humana sea, por paradoja, el intento de matar la muerte. Explorar el pasado, obtener una historia, honrar a los ancestros queridos o queribles (muchos de ellos, desconocidos o inexistentes) son variables maniobras para inmortalizar a la especie, ya que no a los individuos.

William y Miguel

Con más o menos exactitud se sabe que el día 23 de abril de 1616 murieron William Shakespeare y Miguel de Cervantes. Que los dos genios más relucientes e indiscutibles de la historia de las letras murieran el mismo día o en fechas próximas solamente es una casualidad, un guiño de la vida, pero nos sirve para enhebrar un argumento que nos conduzca a su lectura, a su recuerdo y, sobre todo, al encuentro feliz con el libro, sea en el formato que sea.