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"Un bigote para dos": Vigencia de un humor

Cuántas veces no habremos defendido, con afán de polemizar y alumbrados por el morapio, que la ciencia más apta para la comprensión del humor es la Física. Al fin y al cabo, la forma más pura del humor visual –el slapstick, o sea, la comedia de tartazo, tortazo y batacazo– se rige por las leyes inalterables de la energía cinética y la fuerza centrífuga. Defendía Henri Bergson el carácter puramente mecánico de los dispositivos que ponen en marcha la risa y a ello se atuvieron con admirable precisión Buster Keaton y los Keystone Kops de Mack Sennett.

Andrés es un hombre sencillo que nunca ha salido de Murcia. Con el dinero de una herencia inesperada, decide hacer un viaje a París, donde vive su amigo Armando. Éste le busca una casa de huéspedes donde Andrés conoce a Ninette, una parisina que con formas más que persuasivas le induce a no salir nunca de la casa. Así que, a falta de excursiones, Andrés se dedica a menesteres más placenteros.

Una calle de una ciudad española de posguerra nos presenta el retrato de un pueblo que busca sobrevivir en tiempos de carestía. El colmado que sirve de pensión, de café, ve transitar por su saloncito a los personajes del barrio y a otros forasteros que muchas veces ocultan un pasado incierto que nadie osa indagar, pero también la esperanza de salvación a través del amor.

"La decente", de Miguel Mihura

Mihura estrenó en 1967 La decente, una comedia policiaca en la que el humor negro cobra fuerza y se alía con el ingenio.

Ya no quedan. Los genios cada vez escasean más. Y Antonio Mingote, que acaba de írsenos, era uno de ellos. Un genio con mayúscula, de un arte e inteligencia que resumen lo que fue la otra Generación del 27: la de Edgar Neville, Jardiel, Mihura, Tono y otros autores admirables.

Fantasmas, una judería subterránea, jorobados siniestros, control mental basado en la hipnosis, falsificación de moneda, una hermosa mujer amenazada... son algunos de los ingredientes presentes en esta obra dirigida por Edgar Neville (1899-1967) –un gato de pura cepa, a pesar de su nombre extranjero– y ambientada en un Madrid de finales del siglo XIX que destila genuino encanto kitsch. Un filme a redescubrir que brilla con potencia inusitada dentro del alicaído panorama del cine español de la posguerra.


Ahora que el cine español, por motivos sobradamente conocidos, no pasa por sus mejores momentos, es un buen momento para recordar las obras maestras que produjo nuestra cinematografía durante las décadas de los cuarenta y los cincuenta. Entre esas maravillosas películas, destaca La torre de los siete jorobados, dirigida por Edgar Neville, con guión de José Santugini, basada en la novela homónima del escritor bohemio Emilio Carrere.

El subtítulo de este libro, Un humorista español en Hollywood, resume lo mucho que el lector puede encontrar en él: un panorama de la Meca del Cine y de otras capitales norteamericanas, enriquecido con anécdotas, sofisticadas ocurrencias y aforismos de lo más atrevido.

Ya lo dijo en 1928 el propio Jardiel en el prólogo a esta antinovela que tienen en las manos: Hay que reírse de las novelas «de amor» al uso. Riámonos. Lancemos una carcajada de cuatrocientas cuartillas.

Las chicas Picó

José Picó (1904-1991) fue uno de los dibujantes más populares de España, tanto en los años previos a la guerra civil como en los posteriores.