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Doce hombres sin piedad, la película dirigida por Sidney Lumet y estrenada en 1957, con Henry Fonda como principal intérprete, es teatro filmado de alta calidad por el que el tiempo ha pasado levemente, porque sus valores son casi atemporales y su técnica continúa estando al servicio del mensaje.

De cómo una película de periodistas se transforma en una película de investigación detectivesca. De cómo dos actores crean un equipo engrasado, con química y fortaleza visual, a pesar de ser muy distintos o quizá por eso. De cómo un enrevesado tema político se desliza con suavidad y sin aristas hasta culminar en unas imágenes casi líricas. De cómo se echa de menos, en el tiempo de la posverdad, que los periodistas escriban verdades. Eso es Todos los hombres del presidente, una producción de 1976, dirigida por Alan J. Pakula y protagonizada por Dustin Hoffman y Robert Redford.

Un hombre duda

El chico tiene los ojos muy grandes. Parece que ha llorado. Parece que llorar forma parte de su biografía. Ojos grandes y asustados. O quizá tiene miedo. O es un sádico que sabe disimular muy bien su realidad. O está acostumbrado a mentir. Quizá es un asesino. Si. Eso tiene que ser. Un asesino. Hay pruebas o indicios o comoquiera que se llame en el lenguaje legal. Ha matado a su padre. Debe haberlo matado porque, en caso contrario, ¿quién puede haberlo hecho?

En 1961, J. Lee Thompson creyó que, al estrenar con éxito El cabo del terror, sólo incrementaba con un nuevo título la inacabable lista de cintas de género negro que se rodaron por aquel entonces. Era algo más que eso.