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A principios del siglo XIX el hundimiento del ballenero estadounidense Essex por los cabezazos de un cachalote inspiró la novela Moby Dick. Pero desde entonces, ante las pocas evidencias, los biólogos marinos dudaban de que este mamífero marino pudiera realmente embestir con su cabeza. Un nuevo estudio confirma que una estructura de su frente permite a los machos amortiguar los golpes cuando combaten entre ellos.  

En una cueva de Barcelona descansaban los restos más antiguos de un ejemplar de lince ibérico que habitó hace 1,6 millones de años. El hallazgo no solo permite arrojar luz sobre los orígenes de uno de los felinos más amenazados del mundo, sino que adelanta en medio millón de años la aparición de esta especie en la península ibérica.

Bajo los tibios crepúsculos de las selvas tropicales de hace más de 50 millones de años, los primeros murciélagos comenzaron a volar. Esto ocurrió a partir de un grupo de musarañas arborícolas, que a fuerza de adaptarse y brincar y planear cada vez más lejos, desarrollaron en las manos unos dedos larguísimos cubiertos de membranas; eran alas que originalmente no servían para el vuelo en sentido estricto, pero finalmente lo lograron.

Hombres y delfines se han relacionado desde tiempos inmemoriales. Plinio el viejo (23-79 d. C.) Ya menciona, en su historia natural, interacciones en la pesca. Hay registros que abarcan diferentes tiempos y continentes, ejemplos que van desde el mediterráneo al norte de áfrica y australia. Sin embargo, existe un caso único, un tipo de pesca cooperativa entre hombres y delfines, en el estado de Santa Catarina, en el sur de brasil, donde son estos cetáceos quienes dirigen y controlan el trabajo.

Grandes velocistas han dejado huella en el legado de la humanidad, desde esa leyenda viva que es Carl Lewis a otros mitos como Ben Johnson o Florence Griffith, sin olvidar al insuperable Usain Bolt.

El saola o buey de Vu Quang (Pseudoryx nghetinhensis), uno de los mamíferos más raros y más amenazados del planeta, fue fotografiado en Vietnam, en noviembre de 2013, por primera vez en quince años, gracias a una cámara-trampa colocada por WWF y el Departamento de Protección Forestal del gobierno vietnamita.

“¡Sirenas!”, voceó el Almirante Colón el 9 de enero de 1493 cuando navegaba en La Niña, en aguas del río del Oro, a la vista de tres formas grisáceas que se desdibujaban bajo el agua. Para instantes después recalcar, nos imaginamos que no sin cierto desengaño: “pero no son tan hermosas como las pintan…”.

Quién le iba a decir al explorador Henry Morton Stanley, famoso por sus numerosas expediciones a la misteriosa África Central, que no sólo iba a pasar a la posteridad por encontrar al misionero perdido David Livingstone (“El Dr. Livingstone, supongo”), sino también por su indirecta contribución en el descubrimiento del mítico unicornio africano: el okapi.

Al contrario que otros grandes mamíferos como los elefantes, los rinocerontes, los gorilas y los leones, la investigación en jirafas ha sido relativamente escasa. A pesar de que en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) figure como preocupación menor, el animal sufre un dramático declive en sus poblaciones, que han pasado de 150.000 individuos a poco más de 100.000.

Suena como el argumento de una película hollywoodense de ciencia ficción. Una especie exótica está muriendo. Su única esperanza es que una remesa de óvulos fertilizados artificialmente, creados a partir del ADN procedente de algunos de los últimos supervivientes de su linaje, sean revividos en un mundo futuro en el que (con suerte) las condiciones sean más adecuados para este animal.