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Es muy oportuno que el libro de Francisco García del Junco vaya en el sentido de una mejor defensa de nuestra historia. O por decirlo con otras palabras, de un mejor tratamiento de nuestro pasado, insistiendo en sus aciertos y en sus hazañas reales, y no en el repertorio de exageraciones y fantasías que conforman la leyenda negra.

La historia es ese lugar tumultuoso y fascinante al que hay que viajar con sentido común ‒o al menos, con prudencia‒. Es lo que requiere siempre la exploración de un territorio complejo. En este sentido, las ideas preconcebidas tienen un efecto tranquilizador para quien las frecuenta, pero conducen a graves equívocos siempre que desentrañamos el pasado.

En estos días en los que celebramos los cuarenta años de la Constitución española, conviene lanzar una mirada a la historia de nuestro país para recordar de dónde venimos, cómo hemos llegado hasta aquí (tanto en lo bueno como en lo malo) y, sobre todo, qué podemos esperar del futuro. Esta es la ambiciosa tarea a la que se dedica Stanley G. Payne (1934- ) en este brillante y oportuno libro.

De un tiempo a esta parte, la mirada de España sobre sí misma se va haciendo más problemática. Demasiadas veces, insistimos de forma frívola en la ausencia de una normalidad histórica, y por la vía fácil, recurrimos a prejuicios que nos llegan del exterior para canalizar viejas querellas. Después de todo, quizá nuestro país, aparte de buenos historiadores, también necesite un exorcista.

En 1931, Salvador de Madariaga publicó en Argentina España. Ensayo de historia contemporánea, un libro que amplió en sucesivas ediciones. Además de escritor, Madariaga (1886-1978) fue ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes y de Justicia de la Segunda República. Tras la Guerra Civil, desde su exilio en Inglaterra, desarrolló una amplia labor intelectual, enfrentándose a dos dictaduras: la soviética y la franquista.

Siempre es interesante saber que estos debates que hoy en día nos parecen tan de actualidad, tan de nosotros, tan de tirarnos los trastos a la cabeza, tan de “las dos Españas”, tan de los unos y los otros, llevan acompañándonos siglos.

"Enemigos del Imperio", de León Arsenal

Nos adentramos en este milenio, y poco a poco, despejando un horizonte hasta ahora nublado, van surgiendo los autores que revisan la historia de España evitando la demagogia o las manías negrolegendarias. De ese modo, los contraluces de nuestro pasado, con todo lo bueno y todo lo malo, resaltan sin necesidad de que nadie les añada epítetos o maldiciones. En otras palabras, empiezan a ser narrados sin memeces ni fanatismos.

El impacto del relato hispanófobo en la cultura popular y académica sólo es invisible en dos circunstancias: cuando uno acepta esos prejuicios o cuando se siente cómodo al sustituir la evidencia histórica por la mitología o la propaganda.

Estereotipada y rígida en sus pautas, la Leyenda Negra impuso una visión del mundo que aún sigue vigente, y en la que pueden encontrarse muestras muy claras de lo que viene a ser la narración protestante de la historia. El apego a esa vieja propaganda ha impedido a los españoles reconocer a grandes figuras de su pasado. De ahí que un libro como éste que nos trae Agustín R. Rodríguez González sea una oportunísima revelación de lo que fue nuestra historia naval, tanto en lo que se refiere a sus héroes como a su caracter singular.

En torno a la leyenda negra

Hace un cuarto de siglo que me encontré con el primer dato que contradecía todo lo que había leído en los libros de Historia. Pensé que era un error. Así me lo hicieron ver quienes entonces dirigían mis primeros pasos como historiadora.