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Bill Preston (Alex Winter) y Ted Logan (Keanu Reeves) son dos buenos amigos cuya falta de talento no les impide soñar con convertirse en músicos de heavy metal. Su nulo rendimiento estudiantil les va a merecer una expulsión de la escuela a menos que consigan aprobar un examen de historia.

Matrix (1999) causó un impacto fenomenal en la industria del cine, no sólo entre los amantes de la ciencia-ficción –para quienes la historia no era tan nueva como parecía– sino entre espectadores que sólo ocasionalmente visitaba el género. Abrió nuevos caminos en los efectos especiales y trasladó a la pantalla con un estilo distintivo y luego muy imitado un entorno argumental que hasta entonces sólo había tenido una transferencia cinematográfica mediocre.

En la década de los noventa del siglo pasado, Hollywood se refugió en el cine de espectáculo como defensa ante la competencia de nuevas fuentes de entretenimiento de masas, como los videojuegos o la creciente Internet.

La guerra de las galaxias, Alien, Blade Runner, Cazafantasmas, Terminator, Parque Jurásico… Películas que los miembros de la Generación X llevamos en el ADN. Las adoramos de manera religiosa, las hemos visto mil veces en todos los formatos posibles y Hollywood, sabiendo que somos la quinta más nostálgica que ha existido, todavía sigue ofreciéndonos secuelas, remakes y reboots a estas alturas.



Todo principio tiene un final... Así reza la frase publicitaria de Matrix Revolutions, el cierre de la trilogía creada por los hermanos Wachowski. Una frase que la va como anillo al dedo a esta historia que ha sido considerada como esa nueva forma de hacer cine.



Con el estreno en mayo de 2003 del segundo capítulo, Matrix Reloaded, los guionistas y directores ahondan aún más en la mitología de la extensa saga y presentan una nueva y revolucionaria tecnología de efectos visuales que redefine lo que es cinematográficamente posible.



En 1999, los hermanos Wachowski y el productor Joel Silver dieron a conocer Matrix, una visionaria fusión de acción brutalmente elegante y una narrativa con múltiples lecturas.



Philip K. Dick se ha ido convirtiendo, poco a poco, pero de forma insistente en un icono cultural con su ficción alucinante. Su primera novela se publicó en 1955 y, desde entonces, se han vendido más de 20 millones ejemplares de sus publicaciones y éstas han sido traducidas a 25 idiomas.



La humanidad siempre ha estado fascinada con la posibilidad de que haya vida más allá de la Tierra. La literatura y el cine de ciencia ficción han servido no sólo para entretener sino también para enfrentarse a las preguntas, esperanzas y miedos que tenemos acerca de la vida extraterrestre.



La productora Lauren Shuler Donner jugó un papel decisivo contribuyendo a que John Constantine pasase a la gran pantalla desde las páginas de la serie de novelas gráficas “Hellblazer” de DC Comics/Vertigo.