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Puede darse el caso, queridos lectores, de que un mensaje os importe tanto que no escribáis una sola línea sin las debidas cautelas. Un sigilo que, en la era de los hackers y del tráfico de datos, ya no sirve de mucho, la verdad. Naturalmente, lo ideal sería dejar de nuevo en circulación métodos como los descritos por Carlos Taranilla. Pero me temo que este tipo de lenguajes secretos requieren un esfuerzo intelectual que no siempre estamos dispuestos a acometer.

Llegó la hora de despedirse de Julio Verne, invitado regular de esta revista y del que aquí mismo podéis encontrar bastantes comentarios de aquellos de sus libros que incluyen elementos de ciencia-ficción.

Resulta curioso lo ignorado que se deja a Maurice Renard en las antologías de ciencia-ficción, quizá porque éstas han sido escritas por críticos anglosajones que no han prestado demasiada atención a lo que otros países aportaban al género (en muchos casos por carecer de adecuadas traducciones al inglés). En cambio, entre los expertos europeos goza de un sólido prestigio como escritor.

Julio Verne falleció en 1905. Su hijo Michel, con quien tan difícil relación había mantenido, se había convertido en su ayudante y colaborador en los últimos años de su vida y, tras la muerte de su padre, se apresuró a consignar ante notario los títulos de las siete novelas que aquél había dejado escritas –de esta forma, no podrían acusarle en años posteriores de publicar obra de su padre bajo nombre propio. Ahora bien, el problema es que aquellas novelas no eran tales, sino borradores en diferente estado de elaboración que habían de ser extensamente revisados y ampliados. Uno de ellos fue La caza del meteoro, escrita en 1901, replanteada por Julio Verne poco antes de su muerte y considerablemente modificada y editada por su hijo.

El propósito de la ciencia ficción no es adivinar el futuro. Sólo con el transcurrir del tiempo es cuando las obras (ya sean películas, novelas o comics) pueden verse con perspectiva e insertas en un momento histórico y social definido. Es fácil entonces darse cuenta de que su objeto de estudio es en realidad el presente del momento en que se crearon, con sus esperanzas, prejuicios, preocupaciones y circunstancias individuales y colectivas. Pero hay ocasiones en las que parece que parpadeos del lejano futuro consiguen abrirse paso hacia el pasado, aunque deformados, exagerados y magnificados por la borrosa lente a través de la cual miramos hacia el mañana.

El mismo año en el que muere Julio Verne, este libro (originalmente titulado Fragment d'histoire future) predice un apocalipsis del que la humanidad consigue salir renovada tras haber sobrevivido al agotamiento de los recursos del sistema solar, retirándose bajo la corteza terrestre y formando una especie de Utopía de resultado incierto.

La mayor contribución de Walt Disney a la industria e historia del cine fue el genio que aportó al arte de la animación. Sin embargo, desde la Segunda Guerra Mundial, su estudio también fue conocido por sus películas con actores de carne y hueso y sus programas para la televisión. Muchas de aquellas películas fueron producciones relativamente modestas, pero otras, como Mary Poppins o la cinta que nos ocupa, disfrutaron de un amplio presupuesto y una grandiosidad propia del mejor Hollywood clásico. Lo que todas tenían en común es que habían sido cuidadosamente pensadas para un público familiar.

El tema de la ciencia aplicada al armamento es una cuestión que Verne trató en varios de sus libros: el submarino Nautilus en Veinte mil leguas de viaje submarino, los vehículos de Robur, las armas de destrucción masiva en Los 500 millones de la Begún… El escritor galo vuelve aquí sobre la misma idea, aunque enfocándola desde una óptica excesivamente patriotera.

En 1972, anticipándose unos veinte años a la publicación de ese pastiche encantador que es El año de Drácula, de Kim Newman, podemos encontrar el evento del que sin duda es directamente deudor el cómic La Liga de los Caballeros Extraordinarios, de Alan Moore.

La ciudad del futuro es uno de los temas y escenarios recurrentes en la CF desde los inicios del género. Ya vimos el amargo enfrentamiento planteado por Julio Verne entre sus extremas Franceville y Stahlstadt en Los quinientos millones de la Begún (1879) y el desagrado que Richard Jefferies sentía hacia la vida urbana en After London (1885). Hay autores que imaginaron ciudades utópicas, pero en el caso que nos ocupa ahora lo que encontramos es un lugar en el que los pobres continúan soportando existencias miserables mientras los beneficios de la tecnología se reservan para los más adinerados.