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Nadie oculta la enorme deuda de esta secuela de Pacific Rim con esos dos subgéneros japoneses protagonizados, respectivamente, por robots colosales, controlados por humanos o biomorfos ‒los mecha, habituales en el anime y en los videojuegos‒, y por monstruos gigantes ‒los kaiju, herederos de Godzilla‒. Pero más allá de esta obviedad, Pacific Rim: Insurrección se presenta como una cinta juvenil muy eficaz dentro de sus limitadas ambiciones.

Por culpa de esa bipolaridad que nos impone internet, parece que debemos formular nuestras opiniones de forma rotunda. Ya saben, dejándolas en el aire, casi sin justificación. Un libro, un cómic o una película son prodigiosamente buenos o espantosamente malos. Y eso hay que decirlo a quemarropa, antes de frenar en seco porque se acaban los 140 o 280 caracteres de turno.

La carrera de la cineasta Kathryn Bigelow suele dividirse en dos fases: la inicial, con excelentes cintas de acción no a la sombra, pero sí en la órbita de James Cameron (Le llaman Bodhi, Días extraños) y una etapa post 11-S, con intensos thrillers de tono pseudo-documental, que parten de escenarios reales y están dotados de cierto contenido sociopolítico (En tierra hostil, La noche más oscura). Este segundo tramo le ha proporcionado a la directora un prestigio entre la cinefilia “seria”, e incluso los Oscars más importantes de 2010 por En tierra hostil.

Decir que el estreno de El Despertar de la Fuerza es un evento sociológico es algo tan cierto como decir que esa misma notoriedad popular suele desactivar el interés de una crítica. Sobre todo si la reseña se centra demasiado en cuestiones como la nostalgia, el corte demográfico de los espectadores o las cifras de taquilla.