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Villeneuve sabe que en su film es necesario que hable el pasado. Al fin y el cabo, Blade Runner 2049 es una secuela ‒una magnífica secuela‒ de un clásico que, a pesar de su edad, sigue definiendo en nuestro imaginario ese porvenir oscuro, condicionado por la biotecnología, por la inteligencia artificial y por los desastres medioambientales.

Mi relación sentimental con el Escuadrón Suicida comenzó gracias a Paul Dini y Bruce Timm, creadores de Harley Quinn en la teleserie animada de Batman que comenzó a emitirse en 1992. Diez años después, cuando este personaje se integró en las filas del Escuadrón, me interesé por este peculiar equipo, creado en 1959 y renovado desde sus cimientos por John Ostrander en 1987.

No sé si recuerdan ustedes aquel poema de José Agustín Goytisolo, Érase una vez un pirata honrado, en el que los personajes de nuestra imaginación infantil eran descritos con rasgos contrarios a lo esperado. Pues bien, al ver esta excelente película de Jean-Marc Vallée no he podido evitar acordarme de esos versos. Y ello se debe a que el protagonista, encarnado magistralmente por Matthew McConaughey, tiene al principio todas las papeletas para resultar detestable: es un ejemplo terminal de basura blanca, machista hasta la médula, cocainómano, pendenciero y capaz de dar puñaladas traperas cuando llega la oportunidad (y tan amigos).