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Antólogos, prólogos y errores

En este fragmento de la presentación de Recuerdos de la era analógica, Juanjo de la Iglesia y yo hablamos acerca de los diversos prólogos que tiene el libro, del legendario documento llamado la Donación de Constantino, por el que el Papa de Roma obtuvo el poder temporal (y parte del terrenal); hablamos también de la reinvención del pasado, tanto en el presente como en ese futuro en el que viven los antólogos del siglo 25, y también acerca de Isaac Newton y sus aficiones cabalísticas.

Newton definió la materia como aquello que tiene masa. Y así lo sigue entendiendo el común de los mortales en la segunda mitad del siglo XXI, aunque no lo sepan. Y, como no lo saben, tampoco son conscientes de la circularidad del argumento: para Newton, y para el común de los mortales, la masa es la “cantidad de materia” que posee un cuerpo.

Quienes desconfían de la ciencia —porque la ven sólo como fuente de riesgos, porque buscan sustituirla por dogmas religiosos, o porque viven de vender fraudes a los que ésta se opone— frecuentemente buscan desacreditarla.

Hay quien piensa que las leyes humanas están hechas para violarse. Pero al menos queda el consuelo de pensar que sicarios, funcionarios corruptos y ciudadanos gandallas no pueden sustraerse a las leyes naturales, que se cumplen siempre y en todo lugar y no admiten excepciones.

Sir Isaac Newton murió el 31 de marzo de 1727, según el calendario gregoriano, y sus restos fueron depositados en la abadía de Westminster, un honor reservado para unos pocos, el 8 de abril. El siglo XVIII le consideró ejemplo de genialidad, virtud y excelsa humanidad.

En la actualidad, la ciencia sabe ajustar su ritmo de absorción de novedades a pesar del grado de complejidad de sus retos. Sin duda, el investigador puede resistirse a determinadas tentaciones porque conoce el coste oculto de una indagación insensata o trivial. En todo caso, reducir los estímulos excéntricos no siempre es fácil, precisamente porque el caudal de posibilidades resulta desmedido... y también porque está en nuestra naturaleza. Es un hecho: los hombres se amontonan alrededor de aquello que les parece singular como las limaduras de hierro alrededor de un imán.