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Diez años después del estreno de Iron Man (Jon Favreau, 2008), el universo cinematográfico de Marvel ya tiene bien claro qué ofrecer a su público objetivo. Un público que se divide en tres categorías: 1) fans acérrimos de estas películas, 2) lectores de cómics Marvel que no pueden evitar ver qué han hecho con sus queridos héroes, aunque sea para quejarse, y 3) simples espectadores con ganas de entretenimiento ligero e intrascendente, como es mi caso.

Uno de los guionistas más admirados (quizá el más admirado) de la actualidad es Aaron Sorkin, un profesional reconocible por sus historias complejas y adultas. Historias que giran en torno a la política, el sistema judicial, los negocios, la corrupción financiera, el periodismo y otros temas enfocados hacia ese público al que se le atragantan los superhéroes y las invasiones marcianas.

¿Recuerdan en qué consiste el glam, no? Todo comenzó en 1971. Música pegadiza, riffs de guitarra, toques de music-hall, vestuario extravagante, maquillaje, dandismo y mucha ambigüedad. Aquel estilo se encarnó en Marc Bolan y T.Rex, en David Bowie, The Sweet y Gary Glitter. El invento triunfó, por supuesto, y luego fue derramando su purpurina sobre otras corrientes musicales, empezando por el rock operístico de Queen.

Aventuras y romance en una modélica película que sigue, paso a paso, fórmulas que llevan funcionando desde siempre, y posiblemente lo sigan haciendo hasta el fin del mundo.

Alien: el octavo pasajero (1979) es un clásico indiscutible de la ciencia ficción, uno de los tres o cuatro films más copiados de toda la historia del género.

Lo que distingue a esta nueva entrega de Star Trek es un optimismo asumido sin ningún esfuerzo. En más de un sentido, la película es una aventura clásica, ambientada en un escenario galáctico que nos demuestra cómo los sueños de la humanidad pueden hacerse realidad.

Ahora mismo usted estará pensando: "Vaya. Otra adaptación del catálogo Disney repleta de efectos, con su punto de partida y de llegada en la taquilla". Por suerte, El Libro de la Selva escapa de ese lugar donde el arte desaparece y comienza la pura explotación comercial. En realidad, esta nueva versión rodada por Jon Favreu es una buena película. Magnífica, en algunos momentos. Y como ejemplo de animación digital, llega a ser deslumbrante.

Si en los anteriores artículos, The Wire: Radiografía de una ciudad y The Wire: Los hombres tras la escucha, conseguimos que volvierais a sentir el asfalto de Baltimore bajo vuestros pies, si ese grado de unión y reconocimiento llegó a darse, significa que esta serie de artículos está, de hecho, consiguiendo su objetivo inicial.

The Wire: Radiografía de una ciudad

Hace ya algún tiempo que la televisión de calidad irrumpió en nuestras vidas para ofrecernos películas de semanas de duración. Lo que Cervantes llamó una vez “narrar por extenso”, tomando cuerpo en novelas divididas en capítulos televisivos. Historias que te acompañan durante años, emulando una forma de arte mayor no relegada simplemente al entretenimiento ocasional.

Para un amante de los tebeos, la segunda mitad de los setenta y la primera de los ochenta fue el mejor de los tiempos. Comprábamos cómics de segunda mano, y la sofisticación intelectual no figuraba entre nuestras prioridades vitales. No éramos gourmets sino carroñeros. Un tebeo de superhéroes con la cubierta sucia y arrugada podía ser un tesoro, simplemente porque era el que faltaba en nuestra colección. Los cómics de Marvel aún no eran un producto cool, digno de aparecer en los periódicos, y sin embargo...