Aunque las utopías fueron populares durante todo el siglo XIX, una en particular disfrutó de mayor influencia que las demás: Looking Backward 2000–1887 de Edward Bellamy, no sólo se convirtió en un superventas, sino que llegó a inspirar la creación de un partido político. En 1930, el libro fue nominado por un grupo de pensadores americanos (entre ellos el célebre analista John Dewey) como uno de los más influyentes e importantes de los últimos cincuenta años.

En el artículo dedicado a De la Tierra a la Luna mencionamos cómo Julio Verne propuso escapar al campo gravitatorio terrestre mediante el lanzamiento de una cápsula desde un cañón, una solución que no gustó ya en su época al entender –correctamente– que el ser humano no podría sobrevivir a la experiencia. Debía haber otra manera de situar al hombre fuera de la Tierra. Los escritores de ciencia ficción, antes y después de Verne, habían comenzado a jugar con el concepto de instrumentos o elementos “antigravitatorios”.

Tercera novela de ciencia-ficción de H.G. Wells tras La máquina del tiempo y La isla del Dr. Moreau, El hombre invisible sigue la línea de las anteriores, mezclando la aventura con un nada disimulado subtexto moral.

La figura de H.G. Wells como padre fundador de la ciencia-ficción moderna es compleja y llena de matices. Introdujo en el romance científico una imaginación retorcida, gótica, inspirada en Mary Shelley o Edgar Allan Poe, junto a un don para la anticipación tecnológica que superó con mucho a Julio Verne.

He aquí uno de tantos casos en los que el autor de relatos cortos sufre un injusto olvido, eclipsado por sus "hermanos mayores", los novelistas.

Si alguien puede arrogarse el manto de “padre de la SF”, éste sería probablemente Herbert George Wells (1866–1946). Y las razones para ello son de peso: innovó el género hasta el punto de que dejó de llamarse “romance científico” para pasar a ser “ciencia ficción” (aunque el término propiamente dicho sería acuñado en los años veinte), e introdujo en él nuevos elementos y temas –a menudo adaptando y modernizando figuras preexistentes– que pasaron a ser clásicos y recurrentes dentro de la literatura de ciencia ficción.

No hay consenso acerca de la primera vez que apareció el concepto de viaje temporal en la literatura. ¿Fue el primer viajero Ebenezer Scrooge en Cuento de Navidad (1843), de Charles Dickens? ¿Quizá el compatriota que Mark Twain imaginó llegando a tiempos medievales en Un Yanqui en la Corte del Rey Arturo (1889)?

Por alguna razón que se me escapa, a comienzos y mediados de los ochenta del pasado siglo, se produjo en el cine de ciencia ficción un florecimiento de películas relacionadas con el viaje en el tiempo: Los héroes del Tiempo (1981), Terminator (1984), Regreso al Futuro (1985), Star Trek IV: Misión Salvar la Tierra (1986), Peggy Sue se Casó (1986)… La moda, no obstante, arrancó en 1979 con una película que revisitaba la idea de la Máquina del Tiempo de Wells bajo una nueva perspectiva.

Velocidad y realidad

H.G. Wells mostró en El nuevo acelerador (1901) que si percibiésemos a distinta velocidad el universo podría resultarnos muy diferente de como lo concebimos de manera habitual. El narrador del cuento, podemos suponer que el propio Wells, nos revela el descubrimiento que ha hecho el profesor Gibberne: una droga llamada Nuevo Acelerador:

La Biblia Steampunk

El steampunk, ese revuelto de estética victoriana y actitud punk, agitado sobre las más variadas formas culturales de la ciencia ficción, es un fenómeno que ha ejercido su influencia en el cine, la literatura, el arte, la música, la moda y otros ámbitos.