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No es mucho lo que un viejo lector de tebeos le pide a una película de estas características.  Si lo pensamos bien, el problema ‒para quien quiera verlo‒ es que hemos convertido el subgénero de los superhéroes en algo que sólo llegó a ser raramente: algo profundo y tirando a serio, con una gravitas desproporcionada.

En Batman v Superman se cruzan dos orientaciones distintas de los superhéroes modernos. Por un lado, la película galvaniza nuevamente esa solemnidad impuesta por Christopher Nolan. Y por otro, bajo el peso de todo ese dramatismo, se abre camino el tono ligero de los viejos tebeos de paladines enmascarados, más cercano a la mitología pop que a la crónica de sucesos.

Guy Ritchie se ocupa de esta versión cinematográfica de una muy popular serie de los 60 (El agente de C.I.P.O.L.) que muy pocos de los nacidos después de esa época han visto, aunque la conozcan de oídas, en el mejor de los casos.

En los albores del mito de Superman, el hombre de acero se consolidó como una de las figuras más esperanzadoras y optimistas la primera mitad del siglo XX. Creado en tiempos del New Deal, el kryptoniano ocupó un lugar en nuestro imaginario del que nadie –ni siquiera la oleada de superhéroes existencialistas– ha logrado desalojarle.

Debido al carácter marcadamente icónico del personaje de Superman, Henry Cavill, que es quien atraviesa los cielos en la película de Zach Snyder, se mostraba tanto entusiasmado como abrumado por interpretar al protagonista de El hombre de acero.

Crítica de "Immortals" (2011)

He de confesar que la idea me caía bien. Al principio, cuando sólo era un proyecto, llegué a atribuir a Immortals la capacidad de revitalizar el peplum, en la estela de Troya y 300. Como tantas otras veces, me equivoqué.