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Villeneuve sabe que en su film es necesario que hable el pasado. Al fin y el cabo, Blade Runner 2049 es una secuela ‒una magnífica secuela‒ de un clásico que, a pesar de su edad, sigue definiendo en nuestro imaginario ese porvenir oscuro, condicionado por la biotecnología, por la inteligencia artificial y por los desastres medioambientales.

La década de los ochenta supuso la maduración definitiva de la ciencia ficción cinematográfica gracias a un puñado de realizadores con talento que supieron trascender la acartonada imagen del futuro que tan a menudo había lastrado el género en su vertiente visual. Para ello, contaron con el apoyo del éxito que obtuvo Star Wars (1977), éxito que demostró que la ciencia ficción podía ser rentable más allá de lo que jamás hubiera soñado nadie.

La perpetua juventud

Pertenezco a la época de quienes nos educamos a partir de la historieta. A cierta altura de la vida, nos hemos sorprendido, tras habernos habituado, a la perpetua juventud de sus héroes. Les resulta imposible envejecer, siquiera madurar.

Decir que el estreno de El Despertar de la Fuerza es un evento sociológico es algo tan cierto como decir que esa misma notoriedad popular suele desactivar el interés de una crítica. Sobre todo si la reseña se centra demasiado en cuestiones como la nostalgia, el corte demográfico de los espectadores o las cifras de taquilla.

En la ciencia-ficción que veíamos de niños –y que algunos nunca hemos renunciado a disfrutar– las amenazas provenían del espacio exterior, encarnadas en criaturas de apariencia más o menos pintoresca. En 1982, Ridley Scott nos demostró que el futuro no es tan amable como el que mostraban las viñetas de Flash Gordon o Buck Rogers. Al contrario: el porvenir que nos promete Scott es tan oscuro, confuso y moralmente ambiguo como una novela negra.

Es así de sencillo: una civilización alienígena, los Insectores, ataca con fuerza devastadora la tierra. Un piloto humano, Mazer Rackham, ejecuta una maniobra suicida y destruye la nave nodriza de los invasores. El balance postbélico es devastador. Millones de muertos y el mundo en ruinas son motivo suficiente para que la Flota Internacional desarrolle un programa especial de combate, diseñado para evitar una segunda invasión.

El frigorífico y la bomba nuclear

(Escribí esta carta de amor a Indiana Jones justo después de que Indy IV se estrenara en 2008, y la publiqué en la página correspondiente de IMDB. Al margen de lo que podáis pensar del film, explica mi modo de ver y hacer películas, y puede que la encontréis entretenida.)


1875, Territorio de Nuevo México. Un extraño (Craig), sin recuerdos de su pasado llega dando tumbos a un pueblo del desierto.



Uno tiene que estar a la altura de su destino, y a Coppola le tocó demostrarlo en la jungla filipina, bajo una lluvia infernal, mientras rodaba esta mítica producción que cambió nuestra idea de la guerra.



En realidad, no sé si Indiana Jones es más popular ahora que en el año que le vio nacer, pero lo cierto es que su figura provoca un consenso de entusiasmo y simpatía que ni siquiera George Lucas y Steven Spielberg hubieran podido imaginar en 1981.