logo200pxtesauro
Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: Madrid, España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

Ahora que hemos aceptado como género la nostalgia ‒o al menos su aspecto más idealizado‒ a nadie le sorprenderá que Star Wars se prolongue en un saludable ejercicio de retrocontinuidad. En este sentido, Rogue One llega a las pantallas para hacer otra vez esa pregunta que, según parece, nos formulamos aquellos niños y adolescentes que vimos La Guerra de las Galaxias en 1977: ¿cómo consiguió la Alianza Rebelde los planos de la Estrella de la Muerte?

Coincidencias en el espacio exterior

En 1982, E.T., de Steven Spielberg se convirtió en la película más taquillera del año. El éxito se renovó en el circuito de los videoclubs. Para homenajear a su amigo y colega, George Lucas publicó un mensaje en la revista Variety donde el pequeño extraterrestre aparecía junto a los protagonistas de La Guerra de las Galaxias.

El nombre de Alan Dean Foster, como ahora veremos, figura en varias franquicias, y en todas ellas ha demostrado profesionalidad y buen criterio literarios. En este sentido, debo añadir que su mayor especialidad ‒la novelización de películas‒ nos ha proporcionado más de una alegría.

El dato es bien conocido por los amantes del cine. Entre 1975 y 1985, el público disfrutó de una nueva edad de oro de la space opera. Tras su apogeo inicial durante la era de los seriales y del pulp ‒en los años 1930-1940‒, este subgénero recuperó todo su vigor gracias a dos factores: la nostalgia y el impacto industrial de Star Wars.

Decir que el estreno de El Despertar de la Fuerza es un evento sociológico es algo tan cierto como decir que esa misma notoriedad popular suele desactivar el interés de una crítica. Sobre todo si la reseña se centra demasiado en cuestiones como la nostalgia, el corte demográfico de los espectadores o las cifras de taquilla.

¿Es posible, a estas alturas, escribir algo nuevo sobre la saga Star Wars? Se suele hablar de George Lucas como el cineasta que reinventa la aventura espacial, pero yo lo veo más bien como el impulsor del Nuevo Hollywood. Lucas es el director indie que cambia de piel, y recupera el cine de aquellos viejos tiempos en los que sentarse frente a la pantalla equivalía a soñar.

"La Guerra de las Galaxias (The Star Wars)"

En otras circunstancias, al ver los magníficos dibujos del artista Mike Mayhew, plasmando gráficamente un guión sin filmar –o una versión primigenia de uno filmado como es el caso– uno pensaría que esta frente a un magnífico ejercicio de estilo. Sin embargo, si están por medio George Lucas y Star Wars, la óptica no puede ser la misma.

Star Wars: Año a año. Una crónica visual

Planeta DeAgostini nos vuelve a deparar una alegría a los fans de La Guerra de las Galaxias con la traducción española de Star Wars Year by Year: A Visual Chronicle, una cronología de grandes dimensiones, editada primorosamente y repleta de información visual. Los textos, a cargo de Daniel Wallace, Pablo Hidalgo y Ryder Windham, encadenan por orden todos los acontecimientos –relevantes o anecdóticos– que componen la historia de la saga galáctica, desde sus prolegómenos hasta la más inmediata actualidad.

Star Wars: Primeras victorias

"Nuevas aventuras de los personajes creados por George Lucas". Eso nos decía el reclamo publicitario de la novela El ojo de la mente (Argos-Vergara, 1978), la primera continuación de La guerra de las galaxias, editada mucho antes de que la saga Star Wars fuera una realidad tangible.

Comienza Umberto Eco el primer capítulo de El superhombre de masas afirmando que es imposible no llorar con Love Story. La explicación, según el escritor italiano, es sencilla: al tratarse de un producto concebido para emocionar y hacer llorar, uno no puede evitar el sentimiento y el sentimentalismo. Esta reflexión podríamos trasladarla a las creaciones de Steven Spielberg, un auténtico maestro a la hora de generar eso, sentimientos, en el espectador. Resulta casi imposible, por ejemplo, ver las películas de Indiana Jones y no disfrutar con sus aventuras, no reírse con sus ocurrencias, no implicarse en sus descubrimientos.