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Otra vez nos sale al paso Marte en nuestro recorrido por la ciencia-ficción clásica, pero esta vez el planeta rojo merece su adjetivo no sólo por el color de sus arenas. Porque en esta película muda de origen ruso, la lucha marxista alcanza el espacio exterior. Basada en la novela de 1922 escrita por Alexei Tolstoi –pariente lejano del más famoso León Tolstoi–, la historia nos presenta al ingeniero soviético Los (Nikolai Tsereteli), quien sueña con viajar a otros mundos, y a Aelita (Yuliya Solntseva) una hermosa reina marciana – la película se distribuyó también con el título Aelita: Reina de Marte– quien observa nuestro planeta con un potente telescopio, obsesionada por Los tras verlo besar a su mujer.

La ciudad del futuro es uno de los temas y escenarios recurrentes en la CF desde los inicios del género. Ya vimos el amargo enfrentamiento planteado por Julio Verne entre sus extremas Franceville y Stahlstadt en Los quinientos millones de la Begún (1879) y el desagrado que Richard Jefferies sentía hacia la vida urbana en After London (1885). Hay autores que imaginaron ciudades utópicas, pero en el caso que nos ocupa ahora lo que encontramos es un lugar en el que los pobres continúan soportando existencias miserables mientras los beneficios de la tecnología se reservan para los más adinerados.

Fue en los años veinte cuando, fruto de la acumulación de experiencia por parte de los realizadores cinematográficos, las películas comenzaron ya a integrar la mayoría de los elementos que el público actual reconoce como parte fundamental de un film.

Durante el dominio nazi, la propaganda se extendió como la pólvora, envuelta en ese halo de populismo y manipulación que impregnó a la sociedad alemana desde el momento en que el Tercer Reich emprendió su nefasta andadura.

Tentaciones en blanco y negro

Los clásicos del cine negro reflejan la pasión erótica desde sus ángulos más tortuosos. Una pasión que, como ahora veremos, a veces trasciende la ficción y se contagia a los actores encargados de conducir la trama.

Fritz Lang decide hacer un noir que pase a la historia del cine y se apresta a ello sin complejos. Toda la maldad del mundo se concentra en la imaginaria ciudad de Kenport, del imaginario condado de Parkway.

El Cantar de los Nibelungos fue el origen de esta gran superproducción. Thea Von Harbou, esposa de Fritz Lang y autora asimismo de la novela Metrópolis, escribió un guión que dividió en dos partes: La muerte de Sigfrido y La venganza de Krimilda. 
La edición en DVD publicada por Divisa, que usamos como base de este comentario, contiene las copias restauradas por la Friedrich Wilhelm Murnau Stiftung a las que se ha devuelto todo su metraje, se ha ajustado la velocidad de proyección y se ha estabilizado la imagen. Asimismo, se han incorporado los tintados originales, se han restaurado los intertítulos y se ha respetado la banda sonora original compuesta por Gottfried Huppertz, reconstruida por Bernd Heller

 
1757, en un pequeño puerto inglés donde se reúnen diversos contrabandistas. El pequeño John Mohune queda fascinado por un caballero ambivalente, Jeremy Fox (Stewart Granger), jefe de una banda que, al ser delatado por sus compañeros, decide huir. John opta por seguirle.

 
Un sargento de policía investiga el suicidio de un compañero que al parecer mantenía relaciones con un respetado mafioso, auténtico cacique de la ciudad.

 
Un hombre llega a la ciudad de Strand para casarse con su novia, pero el ayudante del sheriff le detiene y le acusa de un crimen que no ha cometido. Mientras espera en la cárcel, una multitud sedienta de venganza intenta lincharle y acaba quemando la prisión.