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En la ceremonia de los Oscars de 1994 esta película pasó desapercibida a pesar de sus siete nominaciones. Fue el año de Forrest Gump y, en menor medida, de Pulp Fiction, así que la cinta se quedó rezagada en el aplauso del público y la consideración de la crítica hasta que el boca a boca comenzó a surtir efecto.

La conexión entre la década de los 50 y la de los 80 es un hecho tan curioso como evidente. Muchos dicen que fue algo planeado por la administración Reagan, que quiso restituir los valores tradicionales de mediados del siglo XX después de los excesos y revoluciones de los 60 y los 70.

Lo confieso. Yo también comparto esta repentina afición por los muertos vivientes. Si durante la década de los ochenta fueron material de serie B o incluso Z, a partir de los noventa se han transformado en objeto de relatos épicos y de sofisticados comentarios sociales.



Esta vez sin Frank Darabont, Los muertos vivientes emprende su segunda temporada.



En 1977, cuando el ahora legendario escritor de ficción Stephen King conoció el éxito por primera vez, quiso encontrar una manera de agradecerlo. En una muestra de apoyo a otros artistas emergentes, dio permiso a los estudiantes y aspirantes a directores de cine para adaptar sus historias cortas por tan sólo un dólar.