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Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: Madrid, España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

Se las ame o se las odie, las cotorras de Kramer han invadido Europa y están aquí para quedarse. Convertidas en habitantes habituales de muchos parques y jardines del Reino Unido, algunas de estas carismáticas aves, de un color verde brillante, se sienten tan cómodas en su nuevo entorno que llegan a posarse felizmente en nuestra mano para alimentarse.

Mencionemos la palabra biodiversidad a un urbanita y probablemente, en lugar de un aparcamiento vacío a la vuelta de la esquina, aparezcan en su mente imágenes de una remota belleza natural. La vida silvestre, pensamos, debería encontrarse en lugares salvajes, o confinada en santuarios y parques nacionales. Sin embargo, la investigación muestra que, de hecho, las ciudades logran sostener la biodiversidad, lo cual puede tener importantes implicaciones en los esfuerzos de conservación.

Allá por 1973, un crustáceo típico de las marismas de Louisiana, el cangrejo rojo americano (Procambarus clarkii), descubrió las aguas de Badajoz y de la cuenca baja del Guadalquivir. En un principio, los responsables de nuestro medio natural ‒los gestores del ICONA‒ respaldaron su presencia, dado que en esos territorios podía ser una fuente de riqueza y no competía con el cangrejo de río ibérico.

Tomábamos una copa en una terraza después de la paella y la sobremesa. Estamos hablando del barrio de Hortaleza. Y de repente ahí, a la mesa, a la caza de las migajas de las patatas fritas acudieron los gorriones. Los gorriones, esos pajaritos tan tímidos; al menos si se les compara con otros como las palomas, bien calificadas como «ratas con alas». Y es que los pobres gorriones están pasando mucha hambre en algunas zonas de Madrid. La culpa la tiene una especie de aves importadas: las cotorras argentinas.