Cuando hablamos de ecosistemas en peligro, nos llegan a la mente imágenes de una selva destruida por taladores irresponsables, o de un rico sistema marino arruinado por el naufragio de un buque petrolero. Nunca imaginamos la existencia de otros sistemas igual de frágiles y que se encuentran literalmente bajo nuestros pies. Estos ecosistemas son las cuevas.

A la hora de hablar sobre biodiversidad y reflexionar sobre su protección, hay pocas figuras tan destacadas como Quentin Wheeler. Entomólogo, taxónomo y columnista de prensa, Wheeler suma dos cualidades imprescindibles en este ámbito: un gran prestigio científico y un claro talento para la divulgación.

Por supuesto, ¿cómo podría ser de otro modo? En un principio, cuando decidimos aproximarnos por distintas vías a la vida silvestre, lo hicimos cargados de sentimientos que ahora asociamos con los pioneros del naturalismo, tanto en nuestro país como en la América de habla hispana (1).

En el verano de 2007 saltó a los medios el hallazgo en Doñana de la raza de caballo más antigua de España. En el número 37 de la revista científica Animal Genetics, en 2006, aparecía un artículo titulado Saving feral horse population: does it really matter? A case study of wild horses from Doñana Nacional Park in southern Spain (¿Merece realmente la pena salvar una población de caballos asilvestrados? Estudio de los caballos salvajes del Parque Nacional de Doñana).

A regañadientes acepté la invitación de mi amigo. De acuerdo, juntos habíamos experimentado toda clase de aventuras. Nuestras correrías iban desde travesuras infantiles ‒aquella vez que iniciamos un incendio en el terreno baldío que había en la esquina de la casa– hasta diversiones más de adultos (y por lo tanto mucho más caras) como la ocasión en que nos atrevimos a lanzarnos de paracaídas. Habíamos vivido grandes emociones y jurado nunca rajarnos, pero explorar una cueva ¿a quien se le podría ocurrir? A Javier, me imagino.

Mencionemos la palabra biodiversidad a un urbanita y probablemente, en lugar de un aparcamiento vacío a la vuelta de la esquina, aparezcan en su mente imágenes de una remota belleza natural. La vida silvestre, pensamos, debería encontrarse en lugares salvajes, o confinada en santuarios y parques nacionales. Sin embargo, la investigación muestra que, de hecho, las ciudades logran sostener la biodiversidad, lo cual puede tener importantes implicaciones en los esfuerzos de conservación.

En un rincón de Siberia, los científicos están tratando de reconstruir un ecosistema que se había perdido muchos miles de años atrás mediante la introducción de bisontes, bueyes almizcleros, alces, caballos y renos, un lugar que llaman Parque del Pleistoceno. Estos esfuerzos para ‘asilvestrar’ el paisaje son cada vez más populares en diversas partes del mundo.

Para evitar susceptibilidades y malentendidos, haré una advertencia previa. A lo largo de las siguientes líneas, les hablaré de un grave problema que tiene un clara solución. Obviamente, el pádel es un deporte saludable, contra el que no cabe crítica alguna, y por eso mismo, creo que los aficionados a él son los que deben concienciarse en primer término del peligro que ahora explicaré.

Si tuviera que recomendar a un científico y a un viajero un espacio natural de tanta belleza como interés biológico, en mi lista figuraría sin duda este hayedo, un santuario verde que está situado en el corazón de la madrileña Sierra del Rincón, reserva de la biosfera de la UNESCO.

Tomábamos una copa en una terraza después de la paella y la sobremesa. Estamos hablando del barrio de Hortaleza. Y de repente ahí, a la mesa, a la caza de las migajas de las patatas fritas acudieron los gorriones. Los gorriones, esos pajaritos tan tímidos; al menos si se les compara con otros como las palomas, bien calificadas como «ratas con alas». Y es que los pobres gorriones están pasando mucha hambre en algunas zonas de Madrid. La culpa la tiene una especie de aves importadas: las cotorras argentinas.