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Cuando pensamos en utopías, nos vienen a la cabeza sociedades en las que, aunque están regidas por sistemas políticos diferentes, se confía en que la gente en general hará lo que es correcto social y políticamente y que sólo habrá unas cuantas y desafortunadas excepciones a tal regla. Pocos van tan lejos en esa homogeneización aséptica como Addison Peale Russell en Sub–Coelum, donde “la gente no ronca. Se han entrenado a sí mismos para evitar ese acto desagradable”.

El tema de la ciudad del futuro se utiliza muy a menudo en historias que tratan sobre los cambios motivados por un progreso continuado. A menudo usa un argumento convencional de intriga o una narración de revoluciones contra opresores tecnológicos. Cuando los escritores de CF especulan sobre el futuro de la vida en la Tierra, sus visiones están inevitablemente dominadas por las imágenes de la ciudad. La historia humana es sobre todo la historia de la fundación y crecimiento de ciudades: ése es el significado de la palabra civilización.

Aunque las utopías fueron populares durante todo el siglo XIX, una en particular disfrutó de mayor influencia que las demás: Looking Backward 2000–1887 de Edward Bellamy, no sólo se convirtió en un superventas, sino que llegó a inspirar la creación de un partido político. En 1930, el libro fue nominado por un grupo de pensadores americanos (entre ellos el célebre analista John Dewey) como uno de los más influyentes e importantes de los últimos cincuenta años.