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¿Recuerdan en qué consiste el glam, no? Todo comenzó en 1971. Música pegadiza, riffs de guitarra, toques de music-hall, vestuario extravagante, maquillaje, dandismo y mucha ambigüedad. Aquel estilo se encarnó en Marc Bolan y T.Rex, en David Bowie, The Sweet y Gary Glitter. El invento triunfó, por supuesto, y luego fue derramando su purpurina sobre otras corrientes musicales, empezando por el rock operístico de Queen.

No fue tanto un prodigio de la naturaleza como un agente de su venganza. En 1820, en el apogeo de la industria ballenera, un cachalote pálido se presentó ante sus cazadores como un leviatán que liberase la ira de su estirpe. Aquel fue un monstruo marino que pronto se transformó en mito literario.

No, no se confundan. Esta no es sólo la secuela de un gran éxito. Tampoco es sólo un blockbuster de colores brillantes y acción explosiva. Es algo más. Sin dejar que la expectativa al otro lado de la pantalla le ponga nervioso, Joss Whedon ha vuelto a superar las previsiones, regalándonos una espléndida aventura, que además de acción tiene alma.

La magia y el glamour del cine hacen que aquello que vemos en las películas poco tenga que ver con la realidad. Quizá por eso nos gusta. Pongamos por ejemplo a los hackers: Keanu Reeves, Robert Redford, Carrie–Anne Moss o Hugh Jackman han encarnado a piratas informáticos atractivos, con clase y valientes. Son éstas cualidades que no definen especialmente a los hackers del mundo real, que suelen ser sociópatas cobardes, cuyo aspecto se podría definir como una abominable caricatura del ser humano. Y es que, por lo común, el hacker de tipo medio recuerda más a una larva de mosca que a un vertebrado, dicho sea desde el cariño.

Para un amante de los tebeos, la segunda mitad de los setenta y la primera de los ochenta fue el mejor de los tiempos. Comprábamos cómics de segunda mano, y la sofisticación intelectual no figuraba entre nuestras prioridades vitales. No éramos gourmets sino carroñeros. Un tebeo de superhéroes con la cubierta sucia y arrugada podía ser un tesoro, simplemente porque era el que faltaba en nuestra colección. Los cómics de Marvel aún no eran un producto cool, digno de aparecer en los periódicos, y sin embargo...

Este no es el tiempo adecuado ni el momento idóneo para dar rienda suelta a determinados caprichos. A ver, ¿quién tuvo la idea de producir un remake de Amanecer Rojo (1984) justo cuando impera en Hollywood la corrección política? Yendo un poco más allá: ¿a nadie se le ocurrió pensar que la paranoia de la cinta original era asumible gracias al enorme talento narrativo de su director, John Milius?



No comparto para nada el gusto por el cine de terror actual. Salvo excepciones, encuentro aburridísimo el recurso del found footage, no me asusto lo más mínimo con los falsos documentales de tema satánico, y detesto con toda mi alma el torture porn y la serie Z que se enorgullece de serlo y que nos vende escoria con nuestra aparente complicidad, insultando la memoria de los viejos maestros que hacían arte con cuatro dólares.



Todo el mundo sabe que relatar cuentos populares no es una ciencia exacta, sino una aproximación más o menos inspirada a mitos antiquísimos, que tipos como Andersen y los Grimm elevaron a la categoría de arte.

"Thor" (Kenneth Branagh, 2011)


Las líneas de trabajo abiertas por Marvel hace algo más de una década, por medio de sus acuerdos de adaptación al cine y al videojuego, han dado lugar a una fórmula frecuentemente imitada. Era de suponer que tarde o temprano llegaría a la pantalla Thor, uno de los héroes más rentables de la franquicia. En este caso, el director Kenneth Branagh logra una película entretenida y espectacular, con evidentes resonancias shakespeareanas.