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A los doce años tuvo la suerte de mirar por un telescopio. Alguien le llevó al observatorio de Lick, en San José, desde donde pudo contemplar Saturno. Quedó tan impresionado por lo que vio que los dibujos y pinturas que venía realizando desde que tenía cinco años se llenaron, a partir de ese momento, de estrellas y planetas. Esas obras primeras desaparecieron cuando el fuego siguió al gran terremoto de San Francisco, en 1906. De la mano de Chesley habrían de nacer muchos más mundos, ciudades, edificios y universos.