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Los chicos de Sabina

Mi sobrina Loli me invitó a una fiesta de confraternidad organizada por sus compañeros de estudios entre españoles y americanos. Al principio me resistí. ¿Qué haría un señor de mi edad entre tantos mozos y mozas?

Cuando recorría las calles de Londres junto a Thomas Burke, Charles Chaplin buscaba lo que el escritor había extraído de ellas para encerrarlo en su libro Limehouse Nights. En ese paseo, Chaplin no recorría sólo las calles de Londres, sino que caminaba por una realidad aumentada, semejante a la de los espectadores de la película Nueve vidas cuando recorren los barrios de Singapur en busca de los fantasmas que pueblan esa película que se recorre (ver Ulises en Singapur). Pero en el caso de Chaplin, la realidad aumentada no estaba allí gracias a modernas tecnologías como la geolocalización que permiten los teléfonos móviles, sino porque junto a él caminaba Burke, que completaba con sus gestos los datos que el propio Chaplin poseía por haber leído los cuentos de su amigo.

Chaplin recorre el ciberespacio

He comparado en los artículos anteriores de esta serie la manera en la que Homero recorría el edificio de la mitología con aquella en la que un jugador o espectador de una película de realidad aumentada recorre las calles de una ciudad como Singapur (Ulises en Singapur).

Una historia real

Esta película bien podría catalogarse de cine histórico. Aunque los personajes sean inventados. Aunque los escenarios sean inexistentes. Porque uno de esos personajes guarda un sospechoso parecido con alguien que incendió un continente. Y el otro es la viva imagen de las miles de personas que sufrieron cárcel, tortura o muerte.

 
Obra maestra de Chaplin, en la que interpreta a un solitario buscador de oro que llega a Alaska, a principios de siglo, en busca de fortuna. Una fuerte tormenta de nieve le llevará a refugiarse en la cabaña de un bandido, Black Larsen, junto al gigante Mac Kay. Para sobrevivir, entre otras cosas, tendrá que comerse sus propias botas. Pero esta no va a ser su única aventura en territorio helado: Charlot seguirá luchando contra las adversidades y todo tipo de peligros con valor y entusiasmo.

 
Huyendo de la persecución nazi, un judío es confundido, por su parecido físico, con el dictador Adolf Hitler, iniciándose una serie de divertidos equívocos.

La imagen que sigue atrincherada en el imaginario popular es la de Charlot atrapado entre los ejes de aquella enorme máquina; como si la propia película hubiera quedado atrapada en los ejes de la cámara.



Las únicas imágenes en las que se puede observar a Charles Chaplin dirigiendo el rodaje de una película, tesoro impagable a estas alturas en que su arte ha trascendido épocas y generaciones, muestran a una especie de “polvorilla”, un hombre nervioso que no sabe parar quieto, que se tumba para mirar por el objetivo, que se levanta para elevar los brazos al cielo o se golpea en la cabeza cuando las cosas no salen como su imaginación ha pergeñado. Son unos pocos segundos de filmación, traicionera filmación de alguno de sus colaboradores realizada a espaldas del jefe, pero su brillantez y la importancia de lo que en esas imágenes se observa dan por buena la traición.