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A lo largo de los años, los aficionados al cine han recurrido al término “película Sundance” para referirse a determinadas producciones independientes norteamericanas (estadounidenses y/o canadienses), que generalmente pasan por el célebre festival creado por Robert Redford y que, pese a ser muestras de cine alternativo, suelen compartir ciertos rasgos estéticos y narrativos reconocibles por parte de la cinefilia.

Casey Affleck está dejando de ser el hermano de Ben Affleck para ser considerado un estupendo intérprete por sus propios méritos. En estos momentos, ya son muchos los que le consideran el mejor actor de los Affleck, pero su papel en Manchester frente al mar ‒al igual que su protagonismo en la adaptación de El asesino dentro de mí que dirigió Michael Winterbottom en 2010‒ le acerca cada vez más a la emancipación.

Antes de realizar ninguna consideración sobre esta hermosa película negra del moderno cine norteamericano, conviene subrayar lo difícil que ha sido poder verla. Sólo se exhibe en tres cines de Madrid, sólo tres salas han apostado por Cine de calidad, predestinado a ser carne de DVD en pocas semanas (¿ésta? ¿la próxima?), mientras en los multicines de palomitas y “emanems” se estrenan cada viernes docenas de películas sin historia, imposibles de digerir.

Según el productor Jerry Weintraub, fue en una conferencia de prensa durante la gira promocional de Ocean’s Eleven en Roma donde se planteó por primera vez a los actores y a los realizadores la cuestión de hacer una secuela.



El director Steven Soderbergh dice que todavía no había concluido el trabajo para Ocean’s Twelve cuando ya empezó a pensar en ideas para la próxima entrega Ocean’s Thirteen.



Cuando se estrenó en diciembre de 2001 la película Ocean’s Eleven, dirigida por Steven Soderbergh y con un reparto estelar, su éxito en todo el mundo superó incluso las expectativas de su productor, Jerry Weintraub.



Cuando el escritor/director Andrew Dominik leyó la novela de Ron Hansen, El Asesinato de Jesse James por el Cobarde Robert Ford, quedó intrigado por algunas de las mismas preguntas que provocaron los años de investigación de Hansen sobre los anteriormente inexplorados rincones de la vida de Jesse James y las interioridades de la vida privada del hombre detrás de su imagen pública.



No puede ser cierto. Estas cuatro palabras resuenan en la mente del espectador mientras asiste a una experiencia cinematográfica excepcional –por infrecuente y por atrevida–, en la que Joaquin Phoenix se sume en el bochorno, la miseria y la abyección.



El siempre inquieto Michael Winterbottom adapta al maestro de la novela negra Jim Thompson y su nigérrima obra El asesino en mí (The Killer Inside Me, 1952), un libro nada sencillo de traducir a la gran pantalla. Nos hallamos ante una historia escalofriante y violenta, magníficamente protagonizada por Casey Affleck.