El rey que protegía las flores

Cuenta la tradición que el viejo convento de carmelitas calzados fue fundado por Miguel Navarro, boticario de Felipe II. Nunca, hasta hace unos días, había oído hablar de Miguel Navarro, aragonés de Rubielos de Mora, experto herbolario y diestro boticario.

Caspas leyendanegrescas

Carlos, el joven Carlos, no hablaba una palabra de español, nunca había visto tierra castellana. Pero ahí estaba, con dieciséis años, dispuesto a heredar el trono de sus abuelos maternos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Y era el heredero por un cambalache del azar. Porque su tío Juan, decían, había muerto de excesos sexuales. Porque su padre Felipe, otro gran atleta sexual, apodado El Hermoso, estaba en Burgos, jugando a la pelota cuando, sudoroso, bebió abundante agua fría y, pocos días después, murió, presa de elevadas fiebres. Porque su madre Juana, llamada La Loca, perdió la cabeza con la muerte de su esposo, dicen, y había que encerrarla en un castillo de por vida. Y porque su abuelo Fernando, de sobrenombre El Católico, no fue capaz de hacerle un hijo varón (o una hija hembra, que tanto daba, a la hora de la verdad) a su segunda esposa, la francesa Germana de Foix, para deshacer aquello de "tanto monta monta tanto" que firmó con su primera mujer, la temperamental Isabel de Castilla, y separar, así, los reinos de Castilla y Aragón.

Carlos I, Rey de Romanos

El 28 de junio de 1519 Carlos I de España es elegido Rey de Romanos por los siete grandes electores del Sacro Imperio Romano Germánico. Es la herencia recibida de su abuelo paterno, el emperador Maximiliano I, y le transformará, de facto, en el monarca más poderoso de la Cristiandad.

Según el cronista Lorenzo Galíndez de Carvajal, a Fernando el Católico se le "cayó la quijada". Vamos, que se le desencajó la mandíbula. Que debió darle un ictus o algo semejante. Porque Germana, que era mucha Germana, le dio un potaje de cantáridas y se pasó de largo con la dosis. Y Fernando, viendo próximo el final, llamó al escribano, a fin de redactar sus últimas voluntades.

Pese a tratarse de un ensayo histórico, este espléndido libro de Robert Goodwin no apela sólo al intelecto, sino también a las emociones. En Goodwin descubrirá el lector español un espíritu muy de su agrado: un hispanófilo británico, profundo conocedor del concepto de la vida que asoma desde el fondo de nuestro Siglo de Oro.

La exposición The Art of Power: Royal Armor and Portraits from Imperial Spain abre sus puertas al público de Washington en la National Gallery of Art, desde el 28 de junio hasta el 1 de noviembre de 2009.