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Los años sesenta no fueron muy propicios para Sherlock Holmes en la gran pantalla. Así lo demuestra Estudio de terror (A Study in Terror, 1965), mediocre producción, anclada en la estética de aquellas fechas, que consigue que se esfumen las expectativas del espectador a medida que avanza el metraje.

Esta es una de esas películas unánimes. Todos coinciden (coincidimos) en que es una obra maestra. Todos la recordamos con una sonrisa. Y, como ocurre con las buenas películas, cada uno de ella hace la lectura que mejor le cuadra.

Desde que a principios del siglo XIX los Hermanos Grimm escribieran, a partir de la tradición oral, el cuento de hadas La Cenicienta, este se ha convertido en el espejo en el que se han mirado incontables obras artísticas. La historia de la muchacha que pasa de ser fregona a princesa es tan atractiva que sigue funcionando.

Phyllis Dietrichson es una rubia impostada que usa cadenitas en los tobillos. Y eso en plena década de los cuarenta. Una mujer así tiene por fuerza que engatusar a un tipo anodino, agente de seguros por más señas, que tiene escasos horizontes en su vida salvo evitar que alguien abuse de la compañía en la que trabaja.

Las deliciosas mujercitas de los años sesenta del siglo pasado bien podrían ser hoy chicas pijippies, mitad pijas, mitad hippies. Aficionadas a la moda, sin ser esclavas. Sonrientes, sin ser insulsas. Cariñosas, sin ser pesadas. Modernas, sin ser espaciales.

"Testigo de cargo" (Billy Wilder, 1957)

Entre las amigas de mi madre estaba una, Remeditos, que pasó toda su juventud enamorada de Tyrone Power. Suspiraba cada vez que veía su rostro en esos cartelones grandes que colgaban de la calle del cine, tan cercana a su casa. En los afiches podía verse el rostro del actor, con una mezcla de complicidad y elocuencia, un rostro amable, que recordaba al de los hombres con los que ellas se encontraban cada día, aunque, eso sí, mucho más guapo. Tyrone Power era el ídolo de juventud de muchas chicas pero para esta en concreto era muchísimo más. Era su amor verdadero, el que la hacía soñar, el que aparecía en sus fantasías de colegiala y luego de muchacha en flor. Lo llamaba, así en confianza “mi Tyrone Powito“. Pronunciése tal y como se escribe, por favor. Las chicas de pueblo, ya lo escribió Edna O´Brien, guardan sus pasiones en un tarro de cristal inalcanzable para los ojos de todos.

En Pacto de sangre (1935), James M. Cain noveló un caso real que fascinó a Billy Wilder, quien colaboró con Raymond Chandler para escribir el guión de su adaptación al cine. El resultado es una obra maestra absoluta, situada en la cima del cine negro de todos los tiempos.

 
Sherlock Holmes es una figura trágica. Probablemente es demasiado sagaz para el mundo normal, por lo tanto se ha construido su propio reino intelectual en el que gobierna la lógica. La única escapatoria es la cocaína.