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Un elevado tanto por ciento de esa perfección que atribuimos a los paisajes naturales se expresa por medio del arte, y lo mismo ocurre en sentido contrario: cuando un artista evoca la naturaleza, parte de su éxito se debe al prestigio milenario que ésta tiene en la imaginación humana.

A la séptima edición de la Semana Gótica de Madrid (SGM), celebrada a lo largo del mes de octubre de 2016 (sí, la SGM dura todo el mes de octubre), se ha incorporado el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC). Utilizando el título Extrañas criaturas habitan el Museo Nacional de Ciencias Naturales, ha producido una ‘intervención’ en la exposición permanente de Biodiversidad, relacionando personajes, obras y películas del universo gótico con materiales expuestos en sus vitrinas.

La Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas y las manos de Juan Cabré Aguiló y Francisco Benítez Mellado nos permiten disfrutar hoy lo que difícilmente en su conjunto puede ser observado en la naturaleza. Estas copias fueron realizadas para el Museo Nacional de Ciencias Naturales hace ahora algo más de cien años en un momento poco favorable para la ciencia española.

Cuando intentas encontrar una relación entre las colecciones de ciencias naturales y el arte es posible quedarse en blanco en un primer momento. Tras meditar la cuestión por unos instantes, podemos llegar a la conclusión de que sí hay una conexión pues los especímenes de las colecciones han inspirado y se han plasmado en la obra de numerosos artistas y el arte ha ayudado a divulgar el contenido de éstas y a promover el interés por la investigación.

"La inspiración es un visitante que no suele frecuentar a los perezosos" (P. I. Chaikovski)

Recuerdo haber cruzado el umbral de un bosque cuando sus criaturas eran sólo pinceladas de acuarela. Josechu Lalanda (1939-2015) había creado esa fronda con su arte, pero gracias a la fantasía, no era difícil avanzar por sus sendas más intrincadas y sugerentes, captando así unas sensaciones que me aguardaban en la vida real.

Uno de los grandes prejuicios respecto a la ciencia es que se trata de una actividad puramente racional, cerebral, y por tanto para nerds, insensible, fría. Exactamente lo opuesto al arte, que es cálido, creativo y expresa emociones. Parecería que el arte es lo más humano, mientras que la ciencia es casi, de cierto modo, inhumana. (No en balde muchas personas tienen el prejuicio de que la ciencia “deshumaniza”.)

Imagen superior: Roberto Verzo, CC. "Miles de pequeñas puertas submarinas –escribe Neruda en Reflexiones desde Isla Negra– se abrieron a mi conocimiento desde aquel día en que don Carlos de la Torre, ilustre malacólogo de Cuba, me regaló los mejores ejemplares de su colección. Desde entonces y al azar de mis viajes, recorrí los siete mares, acechándolos y buscándolos. Pero debo reconocer que fue el mar de París el que, entre ola y ola, me descubrió más caracoles. Todo el nácar de las oceanías había transmigrado a sus tiendas naturalistas, a sus mercados de pulgas".

Esta historia que voy a contarles comienza en la Junta de Voto, un municipio cántabro del Valle de Aras, animado por el curso de dos ríos, el Clarín y el Clarión. Se trata de un bello pueblo ganadero, asentado en un paisaje donde los innumerables matices del verde –sobre todo para quien venga de tierra de secano– son el argumento más seductor.