Pensador de extraordinaria amplitud, Alexander von Humboldt,  hijo de un oficial de Federico el Grande y de una hugonote que había salido pitando de la Francia de Luis XIV, y que lo crió con rigidez calvinista, mal estudiante de niño, más interesado en alistarse en el Ejército para participar en lejanas batallas que  en leer literatura o estudiar y que tuvo que hacer un curso de ingeniería para enamorarse, primero, de la botánica, y después de toda la ciencia, vuelve ahora al primer plano de la actualidad editorial gracias a la escritora y profesora en el Royal College of Art de Londres Andrea Wulf.

Arte y ciencia

En el año de 1587, el gran Galileo Ga­li­lei pro­nun­ció una di­ser­ta­ción en Flo­ren­cia en la que hi­zo ase­ve­ra­cio­nes co­mo la si­guien­te: “En lo con­cer­nien­te a la con­fi­gu­ra­ción del in­fier­no, po­de­mos de­cir que és­te tie­ne la for­ma de un co­no”. ¿A qué vie­ne se­me­jan­te afir­ma­ción? ¿De qué tra­ta to­do es­to? Ocu­rre que en esa po­nen­cia, Galileo ha­ce re­fe­ren­cia a una de las obras más fa­mo­sas de la his­to­ria de la cul­tu­ra y de las le­tras, y la so­me­te a un aná­li­sis cien­tí­fi­co.

Acabo de conocer una de las 13 maravillas de México: los prismas basálticos de Santa María Regla, en el estado de Hidalgo.

Sin lugar a dudas, la obra científica de Alejandro de Humboldt (1769-1859), ha sido un pilar fundamental en el conocimiento de las leyes que rigen el devenir de la naturaleza. Determinante para la construcción de sus teorías científicas, fue su interacción con la diversidad y la riqueza natural obtenida a lo largo de su viaje por tierras americanas.