¿Qué pasaría si mostrar soluciones o contar historias que hacen el bien fuera la mejor manera de resolver los problemas ecológicos, económicos y sociales que tiene nuestro planeta?

Un proyecto de vida en el campo, sobre todo cuando se queda en grado de tentativa y no va más allá de los deseos, es algo muy placentero que casi todo el mundo se ha planteado alguna vez. Sin embargo, no es lo mismo fantasear con esa posibilidad que hacerla real. En otras palabras, no es lo mismo pensar en una granja de ensueño que hundir las manos en la tierra y sentir ‒esta vez, de verdad‒ la necesidad de que germinen las semillas.

Ubicada en Castilla la Mancha, en la finca experimental La Higueruela llevan más de cuarenta años analizando el funcionamiento del sistema agrario. Estas cuatro décadas han permitido a los responsables analizar con ejemplos prácticos cómo mejorar la agricultura evitando la pérdida de calidad del suelo y mejorando la producción de alimentos en zonas semiáridas. En estas líneas Carlos Lacasta, actual responsable de la finca, nos resume algunas de las conclusiones más destacadas.

"La ciencia y la tecnología no pueden realizar transformaciones milagrosas, del mismo modo que no pueden hacerlo las leyes del mercado. Las únicas leyes verdaderamente férreas con las cuales nuestra cultura finalmente tendrá que ajustar cuentas, son las leyes de la naturaleza" (Enzo Tiezzi)

Supongamos por un momento que las formas geométricas desaparecieran de nuestros huertos. Imaginemos que ese espíritu cartesiano, arquitectónico, no fuese la norma en su diseño. ¿Qué sucedería si, en lugar de surcos perfectos encontrásemos una floresta similar a la que prosperaría en la naturaleza?

Si hay un país donde la naturaleza tiene un contenido altamente simbólico, ese es Japón. La cultura del archipiélago, consolidada a partir de una tradición dependiente de los bosques, los ríos y las montañas concede una enorme importancia al medio, y ello es evidente incluso en la actualidad, a poco que se conozca aquella sociedad.

Observación, formulación de hipótesis, experimentación, control de variables y conclusiones... No, no les estoy proponiendo una investigación en el laboratorio, aunque algo hay de ello. En realidad, esa metodología científica es la misma que Bill Mollison siguió a la hora de revolucionar los cultivos agrarios con una fórmula respetuosa con el medio, sostenible y también rentable. ¿Su nombre? Permacultura.

Pueden hacer la prueba. Si conocen a un urbanita que haya decidido dar un giro a su vida e instalarse en el campo como agricultor, es más que probable que entre sus lecturas figuren La vida autosuficiente, El horticultor autosuficiente o La vida en el campo. Y es que, a pesar del tiempo transcurrido desde su primera edición, esos tres libros de John Seymour lo convierten en el principal mentor de quienes han elegido habitar lejos del humo, la ansiedad y el ruido.

Entre los precursores de la agricultura ecológica, hay una figura que parece salida de las novelas de Agatha Christie. Aristócrata, muy inteligente y con un ligero toque de excentricidad, Lady Evelyn Barbara Balfour (1898-1990) resulta admirable por muchas razones, pero hoy me detendré en su labor en defensa de los métodos agrícolas más tradicionales.

Puede que tengamos que mirarnos al espejo, porque el tema del que voy a hablarles incluye un dilema ético. Veámoslo de este modo: pese a que la agricultura intensiva proporciona las ingentes cantidades de alimentos que llegan a nuestros supermercados, hay un punto en que se asemeja a la pesca industrial. Y es que, a largo plazo, tampoco será sostenible. No es tarde para remediarlo, pero el tiempo corre en nuestra contra.