Dunkerque

Soy aficionado al cine de barracón, el de los efectos especiales, capaz de convertir un terremoto en un objeto portátil que se guarda en un bolsillo de la chaqueta. De los cineclubs donde tantos aprendimos el lenguaje cinematográfico elemental, conservé y conservamos la expectativa de ver cómo se inunda Metrópolis, cómo se abre el Mar Rojo, cómo un manto de ceniza desfonda y sofoca Pompeya.

"Leni Riefenstahl", de Manuel García Roig

El árbol genealógico que enlaza a los tiranos y a los genocidas nos permite detenernos en una figura esencial para su auge y consolidación: su propagandistas. Los ha habido mediocres, voluntariosos y eficaces, pero pocos se han adentrado en el territorio de la genialidad. Leni Riefenstahl figura entre estos últimos.

Armas de destrucción masiva

Cuando en el artículo Entre el corazón y el cerebro visitaron esta página algunos de los mayores asesinos de masas del siglo 20 (Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot), me pregunté si esos cuatro personajes actuaron movidos por el cerebro y la razón o por el corazón o la pasión.

Entre el corazón y el cerebro

Actuar siguiendo los dictados del cerebro o los del corazón es una dicotomía a la que recurren muchas personas.

El presente crea el pasado

En cierto modo, se puede decir que la visión de la historia de Tucídides es más de delante hacia atrás que de atrás hacia adelante:

La obra de Ernst Nolte ha servido, entre otras cosas, para reiterar el carácter inestable del pasado, que es el objeto por excelencia del historiador. Certeau señala que, junto con el psicoanálisis, la historia se caracteriza por ocuparse de un objeto ausente: el inconsciente y el pasado. En efecto, el pasado no está presente porque, de hecho, ha pasado, y esta impresencia es la que vuelve imposible su condición de objeto y, por tanto, su trato científico.

José Luis García Martín, encargado de la edición de este reportaje inclasificable, ahonda en su misterio aludiendo a su desconocido autor: "¿Quién fue Antonio Ansuátegui? ‒se pregunta‒ De él solo sabemos lo que nos cuenta en su único libro, aparecido en 1945, apenas dos meses después de la derrota de Alemania".

Durante el dominio nazi, la propaganda se extendió como la pólvora, envuelta en ese halo de populismo y manipulación que impregnó a la sociedad alemana desde el momento en que el Tercer Reich emprendió su nefasta andadura.

Este hombre es Sir Samuel Hoare, Primer Lord del Almirantazgo y Ministro del Interior en la Inglaterra de los treinta, además de uno de los principales enemigos políticos de Sir Winston Churchill, flamante Primer Ministro del Reino Unido. Un Sir Winston Churchill destinado a llevar las riendas del destino de su país en uno de los momentos cruciales de su historia, cuando Inglaterra se jugaba su razón de ser en una Europa invadida por el fascismo.

Alguien me dirá al ver el título de esta entrada: “No se puede comparar a Mao (o a Stalin) con Hitler”.