graciasportadadefesq

La triste realidad de la guerra se ha convertido en espectáculo desde hace mucho, mucho tiempo. No hay más que contemplar todos los monumentos bélicos, o recordar esas poéticas gestas que nos llenan de espíritu heroico y guerrero, pero que tan poco tienen que ver con el sufrimiento y el horror de los conflictos, más allá de la propaganda y el triunfalismo.

A comienzos de 2017, Meik Wiking se dio a conocer internacionalmente gracias a un libro de grata lectura, Hygge. La felicidad en las pequeñas cosas, en el que, de forma desenfada, recomienda ciertas costumbres danesas que pueden contribuir al bienestar en la sociedad del nuevo milenio.

Basada en el ensayo biográfico de Margot Lee Shetterly, Figuras ocultas nos narra una etapa apasionante en la vida de tres mujeres afroamericanas que en 1961 unieron su destino al de la carrera espacial.

Recuerden el esquema clásico que se estableció con El padre de la novia (1950), de Vincente Minnelli, y que tuvo su mejor vuelta de tuerca en Adivina quién viene esta noche (1967), de Stanley Kramer. Bien... Ahora, introduzcan en esa vieja receta el delirio procaz y malhablado al que nos han acostumbrado tipos como Jason Mewes ‒el eterno colega de Kevin Smith‒, y entonces se podrán hacer una idea de lo que nos brinda ¿Tenía que ser él?

Ahora que hemos aceptado como género la nostalgia ‒o al menos su aspecto más idealizado‒ a nadie le sorprenderá que Star Wars se prolongue en un saludable ejercicio de retrocontinuidad. En este sentido, Rogue One llega a las pantallas para hacer otra vez esa pregunta que, según parece, nos formulamos aquellos niños y adolescentes que vimos La Guerra de las Galaxias en 1977: ¿cómo consiguió la Alianza Rebelde los planos de la Estrella de la Muerte?