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Aunque el romance científico había florecido en las revistas de literatura popular de finales del siglo XIX, el primer cuarto del siglo XX fue testigo de un largo y profundo declive en el género. Su recuperación en la década de los treinta se debió a los esfuerzos de un puñado de escritores que imaginaron extravagantes y alarmistas fantasías sobre la posibilidad de una nueva guerra mundial y su inevitable consecuencia: la destrucción total de la civilización.

En 2010, tras dos crossovers que es mejor no tener en cuenta ‒Alien contra Depredador y su secuela‒, al fin llegó a las pantallas la tercera entrega de la saga de los cazadores interplanetarios. Predators recuperaba el suspense y los personajes duros en una película quizá no brillante, pero algo más que correcta.

Podría fácilmente pensarse que Depredador fue un hijo bastardo del éxito arrollador de dos películas anteriores y muy recientes, Aliens (1986) y Rambo (1985), y en la que se intentaba combinar el tópico de curtidos comandos en misión suicida con el subgénero de monstruo alienígena. Si echamos un vistazo al resumen del argumento, entenderemos por qué.

Desde el comienzo de su producción, el estudio supo que Batalla por el Planeta de los Simios sería la última película de la saga. Cada entrega había ido obteniendo peores resultados de taquilla y continuar la historia no sólo resultaría arriesgado desde un punto de vista narrativo, sino que hacerlo con un presupuesto igual o inferior al de las anteriores hubiera supuesto una grave equivocación.

El éxito de El Planeta de los Simios había sido colosal, por lo que lo último en lo que pensaban los ejecutivos de la Fox era matar a la gallina de los huevos de oro. Exigieron una secuela. Hoy estamos acostumbrados a ellas, pero en aquellos años eran una rareza incluso en los casos que hoy nos podrían parecer obvios.

Una circular de Western Union fechada en 1876 afirmaba lo siguiente: “Este 'teléfono' tiene demasiados inconvenientes como para considerarlo seriamente como un medio de comunicación. Este invento no tiene valor para nosotros”.

Hoy, los ordenadores forman parte integral de nuestra vida y las generaciones más jóvenes probablemente no sean capaces de imaginar cómo era la existencia sin ellos. Pero en 1984, cuando Apple lanzó su primer Macintosh (con 128 K de memoria RAM), eran vistos como unos artefactos exóticos, inaccesibles para el común de los mortales. Muchos de los que compraron aquel primer ordenador personal –y los que le siguieron‒ no sabían cómo funcionaba o de qué era capaz.

España nunca ha sido terreno abonado para la ciencia-ficción dura. Quizá es una consecuencia de la escasa formación general e interés en el campo científico y técnico de que adolece nuestro país.

Por alguna razón la Tierra parece ser el rincón del Universo en el que acaban perdiéndose un montón de parientes de alienígenas televisivos. Así lo atestiguan series como El Fénix (1982), en la que su protagonista extraterrestre buscaba en nuestro planeta a su mujer; o Starman (1986), con Robert Hays siguiendo también la pista de su esposa al tiempo que se escabullía de un agente del gobierno. Más recientemente, El visitante (1998) trataba de encontrar a su hijo evitando –otra vez– a un fanático coronel.

Ya hemos visto en este espacio que el viaje en el tiempo no era una novedad en la ficción científica de comienzos del siglo XX, ya fuera al pasado o al futuro, y se realizara por medios tecnológicos, pseudocientíficos o místicos.

¿Alguien recuerda la canción "In the Year 2525", llevada al número uno de las listas en el verano de 1969 por Zager y Evans? En ella se avisaba de un oscuro futuro en el que la tecnología deshumanizaría y mecanizaría a la especie humana y cuestionaba que las mujeres pudieran sobrevivir en semejante mundo. La música y la letra de esa canción fueron reescritas para los títulos iniciales de Cleopatra 2525… en esta ocasión las mujeres sí tendrán voluntad de sobrevivir. Vaya que sí.

Ron Goulart es un estudioso de la literatura pulp, un especialista en la historia del comic-book y también escritor de ficción. Es autor de docenas de libros, incluyendo novelas y relatos cortos de misterio y ciencia-ficción en las que abundan el mal uso de la tecnología, una sexualidad nada disimulada y un humor seco y burlón. No es que sea un autor particularmente brillante pero resulta entretenido y ligero. Para muestra un botón.

Hace ya años, Ridley Scott afirmó solemnemente que la ciencia–ficción estaba muerta. Pero bastante antes de que el cineasta contradijera sus palabras con sus actos y comenzara a preparar Prometheus, en 2004 comenzaron a circular rumores sobre su implicación como productor –junto a su hermano Tony–, en un proyecto televisivo de gran envergadura que ofrecería una nueva versión de una historia ya de sobra conocida por los aficionados del género: La amenaza de Andrómeda. Cuatro años después, dividida en dos entregas, los telespectadores pudimos asistir una vez más a la más clásica de las historias de virus alienígenas.

Estamos en la última década del siglo XXI. La humanidad ha llegado a la conclusión de que el Tiempo es más una construcción mental que física y, por tanto, el viaje temporal puede equipararse al viaje mental. En un contexto económico de crisis en el mundo occidental, el desplazamiento mental ayudado por drogas psicotrópicas se convierte en una moda que hace furor.

En 1916, Edgar Rice Burroughs ya era un autor enormemente popular gracias a sus series de John Carter, Tarzan y Pellucidar. Sin embargo, además de esas sagas multivolumen firmó muchas otras historias hoy menos conocidas y pertenecientes a géneros diversos, desde las aventuras exóticas hasta el western.

El optimismo desafiante que marca el final de las obras apocalípticas de principios de siglo, como por ejemplo La nube púrpura (1901), de M.P. Shield, fue compartido –aunque matizado– por otras obras similares en aquellos años, especialmente aquellas de autoría británica.

"Supongamos que una o varias especies de nuestro género ancestral Australopithecus hayan sobrevivido: un escenario perfectamente razonable en teoría. Nosotros, es decir, el Homo sapiens, hubiéramos tenido que enfrentarnos a todos los dilemas morales que implica el tratar con una especie humana dotada de una capacidad mental claramente inferior. ¿Qué hubiéramos hecho con ellos? ¿Esclavizarlos?, ¿Exterminarlos? ¿Coexistir con ellos? ¿Convertirlos en trabajadores domésticos? ¿Meterlos en reservas? ¿En zoológicos?"

Esta novela continua siendo relativamente desconocida, aunque tiene fans que la alaban de forma entusiasta. Se trata de una historia que se ajusta al arquetipo que podríamos denominar Camino del Peregrino (aunque Lindsay, como Tolkien, repudiaba la alegoría), en la que el protagonista avanza poco a poco y a través de pruebas diversas hacia la comprensión de la naturaleza espiritual del cosmos.

Edward Shanks fue un autor inglés que se aplicó en los más diversos campos literarios: novela, poesía, crítica literaria y periodismo, además de trabajar como editor de una publicación. The People of the Ruins fue, sin embargo, su única incursión en el género de la ciencia-ficción.

Bill Preston (Alex Winter) y Ted Logan (Keanu Reeves) son dos buenos amigos cuya falta de talento no les impide soñar con convertirse en músicos de heavy metal. Su nulo rendimiento estudiantil les va a merecer una expulsión de la escuela a menos que consigan aprobar un examen de historia.

El futuro está reunido (The future is in session). Esa era la frase publicitaria de esta serie televisiva que mezclaba el drama legal con la ciencia-ficción. Por desgracia, la deliberación de su jurado fue corta y la audiencia no llegó a un veredicto positivo.

Escribí en un artículo anterior acerca de Abraham Merritt, un escritor pulp inmensamente popular en su momento pero cuyo nombre hoy ha quedado olvidado por buena parte de los aficionados al género.

Ray Cummings fue uno de tantos autores que a comienzos del siglo XX se ganaron la vida escribiendo para las entonces prósperas revistas pulp y que, salvo excepciones, acabaron siendo dejados atrás por la corriente del tiempo, las modas y los gustos literarios. Comenzó como ayudante personal y redactor técnico de Thomas Edison, labor que desarrolló desde 1914 a 1919.

Decía aquella famosa frase de Arthur C. Clarke que una tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. De la misma forma, un futuro lo suficientemente lejano es indistinguible de la fantasía. Y si hace falta un ejemplo que lo ilustre, lean Invernáculo, una de las mejores novelas de Brian Aldiss, ganadora del premio Hugo en 1962 a la mejor historia corta de ficción y clásico del género desde el mismo momento en que se publicó.

Gattaca no fue un éxito ni siquiera en el momento de su estreno. La crítica se mostró dividida y el público mayormente indiferente (sobre un presupuesto de 36 millones de dólares, sólo se recaudaron 12 millones) por lo que no tardó en pasar al limbo cinematográfico.

Amazing Stories fue la primera revista pulp especializada en ciencia-ficción y punto de arranque de la etapa moderna del género. Fundada por el emprendedor Hugo Gernsback en 1926, en 1938 fue adquirida por la compañía Ziff Davis, que puso en el cargo de editor a Raymond Palmer, un jorobado de estatura diminuta.

Un mundo donde cualquier cosa es posible : estas palabras las pronunciaba el profesor JJ Stillman (Carl Marotte) a un grupo de niños en un show de magia. Stillman comenzó siendo un escéptico, pero los experimentos en parapsicología que él y Laura Wingate (Shari Belafonte) llevan a cabo, revelan que nuestro mundo puede verse desde una perspectiva muy diferente.

A comienzos del siglo XXI, la Guerra Fría continúa dominando la política terrestre aun cuando el primer contacto con una cultura alienígena tuvo lugar en los años ochenta del siglo anterior. En aquel momento, inadvertidamente al principio, la Tierra pasó a ser un factor más dentro del conflicto que atenazaba al resto de la galaxia. Los nómadas kandemirianos son la especie hegemónica, enfrentados a una coalición liderada por los guerreros vorlakianos. Los monwaingi, mientras tanto, adoptan una postura neutral, aunque en el fondo se oponen también a los kandemirianos.