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Los pulp fueron especialmente populares en Estados Unidos, donde contribuyeron a reunir una gran masa de lectores de la que saldrían, algo más adelante, los fans incondicionales de la ciencia-ficción adulta.

El año 1950 fue especialmente bueno para la ciencia-ficción literaria. Además de obras de Robert A. Heinlein, se publicaron trabajos de Isaac Asimov, Cordwainer Smith, C.M. Kornbluth, Damon Knight, Poul Anderson, E.E. Doc Smith y Theodore Sturgeon. El ámbito cinematográfico, sin embargo, ofrecía menos motivos para el entusiasmo. Tras un esperanzador arranque en los años veinte, las décadas de los treinta y cuarenta tuvieron sólo incursiones aisladas y poco exitosas en el género, viéndose éste relegado a los seriales de Flash Gordon (1936) o Buck Rogers (1939), cuya calidad era acorde a su apretado presupuesto. Las cosas cambiaron precisamente este año 1950 y fue gracias a la película que ahora comentamos: Con destino a la Luna.

El que Hollywood produzca una película de ciencia-ficción taquillera no es ninguna novedad, especialmente si en ella intervienen directores y guionistas competentes. La industria cinematográfica norteamericana tiene sus aciertos y sus errores pero hay que reconocer que además de conocer el oficio saben cómo vender productos de calidad mediocre.

Como ya comenté en su respectiva entrada, la novela Hijos de los hombres, de P.D. James, pasó en su momento sin pena ni gloria. No convenció a los seguidores de la escritora, que esperaban encontrar en ella otra de sus intrigas policiacas y se encontraron en cambio con un melancólico thriller de ciencia ficción distópica. Y, dado el encasillamiento de James como escritora de misterio, el libro tampoco llamó la atención de los amantes de la ciencia-ficción.

Aquellos familiarizados con el género del misterio conocerán sin duda a la escritora británica P.D. James (abreviatura de su verdadero nombre, Philip Dorothy James). Su serie de catorce novelas protagonizadas por el detective de la policía y poeta Adam Dalgliesh se encuentra entre las principales de la literatura policiaca moderna. Pero también ha escrito libros independientes de cualquier serie, como es el caso del que ahora me ocupa, una interesante aproximación a la novela distópica en su vertiente relacionada con la población.

Aunque el romance científico había florecido en las revistas de literatura popular de finales del siglo XIX, el primer cuarto del siglo XX fue testigo de un largo y profundo declive en el género. Su recuperación en la década de los treinta se debió a los esfuerzos de un puñado de escritores que imaginaron extravagantes y alarmistas fantasías sobre la posibilidad de una nueva guerra mundial y su inevitable consecuencia: la destrucción total de la civilización.

En 2010, tras dos crossovers que es mejor no tener en cuenta ‒Alien contra Depredador y su secuela‒, al fin llegó a las pantallas la tercera entrega de la saga de los cazadores interplanetarios. Predators recuperaba el suspense y los personajes duros en una película quizá no brillante, pero algo más que correcta.

Podría fácilmente pensarse que Depredador fue un hijo bastardo del éxito arrollador de dos películas anteriores y muy recientes, Aliens (1986) y Rambo (1985), y en la que se intentaba combinar el tópico de curtidos comandos en misión suicida con el subgénero de monstruo alienígena. Si echamos un vistazo al resumen del argumento, entenderemos por qué.

Desde el comienzo de su producción, el estudio supo que Batalla por el Planeta de los Simios sería la última película de la saga. Cada entrega había ido obteniendo peores resultados de taquilla y continuar la historia no sólo resultaría arriesgado desde un punto de vista narrativo, sino que hacerlo con un presupuesto igual o inferior al de las anteriores hubiera supuesto una grave equivocación.

El éxito de El Planeta de los Simios había sido colosal, por lo que lo último en lo que pensaban los ejecutivos de la Fox era matar a la gallina de los huevos de oro. Exigieron una secuela. Hoy estamos acostumbrados a ellas, pero en aquellos años eran una rareza incluso en los casos que hoy nos podrían parecer obvios.

Una circular de Western Union fechada en 1876 afirmaba lo siguiente: “Este 'teléfono' tiene demasiados inconvenientes como para considerarlo seriamente como un medio de comunicación. Este invento no tiene valor para nosotros”.

Hoy, los ordenadores forman parte integral de nuestra vida y las generaciones más jóvenes probablemente no sean capaces de imaginar cómo era la existencia sin ellos. Pero en 1984, cuando Apple lanzó su primer Macintosh (con 128 K de memoria RAM), eran vistos como unos artefactos exóticos, inaccesibles para el común de los mortales. Muchos de los que compraron aquel primer ordenador personal –y los que le siguieron‒ no sabían cómo funcionaba o de qué era capaz.

España nunca ha sido terreno abonado para la ciencia-ficción dura. Quizá es una consecuencia de la escasa formación general e interés en el campo científico y técnico de que adolece nuestro país.

Por alguna razón la Tierra parece ser el rincón del Universo en el que acaban perdiéndose un montón de parientes de alienígenas televisivos. Así lo atestiguan series como El Fénix (1982), en la que su protagonista extraterrestre buscaba en nuestro planeta a su mujer; o Starman (1986), con Robert Hays siguiendo también la pista de su esposa al tiempo que se escabullía de un agente del gobierno. Más recientemente, El visitante (1998) trataba de encontrar a su hijo evitando –otra vez– a un fanático coronel.

Ya hemos visto en este espacio que el viaje en el tiempo no era una novedad en la ficción científica de comienzos del siglo XX, ya fuera al pasado o al futuro, y se realizara por medios tecnológicos, pseudocientíficos o místicos.

¿Alguien recuerda la canción "In the Year 2525", llevada al número uno de las listas en el verano de 1969 por Zager y Evans? En ella se avisaba de un oscuro futuro en el que la tecnología deshumanizaría y mecanizaría a la especie humana y cuestionaba que las mujeres pudieran sobrevivir en semejante mundo. La música y la letra de esa canción fueron reescritas para los títulos iniciales de Cleopatra 2525… en esta ocasión las mujeres sí tendrán voluntad de sobrevivir. Vaya que sí.

Ron Goulart es un estudioso de la literatura pulp, un especialista en la historia del comic-book y también escritor de ficción. Es autor de docenas de libros, incluyendo novelas y relatos cortos de misterio y ciencia-ficción en las que abundan el mal uso de la tecnología, una sexualidad nada disimulada y un humor seco y burlón. No es que sea un autor particularmente brillante pero resulta entretenido y ligero. Para muestra un botón.

Hace ya años, Ridley Scott afirmó solemnemente que la ciencia–ficción estaba muerta. Pero bastante antes de que el cineasta contradijera sus palabras con sus actos y comenzara a preparar Prometheus, en 2004 comenzaron a circular rumores sobre su implicación como productor –junto a su hermano Tony–, en un proyecto televisivo de gran envergadura que ofrecería una nueva versión de una historia ya de sobra conocida por los aficionados del género: La amenaza de Andrómeda. Cuatro años después, dividida en dos entregas, los telespectadores pudimos asistir una vez más a la más clásica de las historias de virus alienígenas.

Estamos en la última década del siglo XXI. La humanidad ha llegado a la conclusión de que el Tiempo es más una construcción mental que física y, por tanto, el viaje temporal puede equipararse al viaje mental. En un contexto económico de crisis en el mundo occidental, el desplazamiento mental ayudado por drogas psicotrópicas se convierte en una moda que hace furor.

En 1916, Edgar Rice Burroughs ya era un autor enormemente popular gracias a sus series de John Carter, Tarzan y Pellucidar. Sin embargo, además de esas sagas multivolumen firmó muchas otras historias hoy menos conocidas y pertenecientes a géneros diversos, desde las aventuras exóticas hasta el western.

El optimismo desafiante que marca el final de las obras apocalípticas de principios de siglo, como por ejemplo La nube púrpura (1901), de M.P. Shield, fue compartido –aunque matizado– por otras obras similares en aquellos años, especialmente aquellas de autoría británica.

"Supongamos que una o varias especies de nuestro género ancestral Australopithecus hayan sobrevivido: un escenario perfectamente razonable en teoría. Nosotros, es decir, el Homo sapiens, hubiéramos tenido que enfrentarnos a todos los dilemas morales que implica el tratar con una especie humana dotada de una capacidad mental claramente inferior. ¿Qué hubiéramos hecho con ellos? ¿Esclavizarlos?, ¿Exterminarlos? ¿Coexistir con ellos? ¿Convertirlos en trabajadores domésticos? ¿Meterlos en reservas? ¿En zoológicos?"

Esta novela continua siendo relativamente desconocida, aunque tiene fans que la alaban de forma entusiasta. Se trata de una historia que se ajusta al arquetipo que podríamos denominar Camino del Peregrino (aunque Lindsay, como Tolkien, repudiaba la alegoría), en la que el protagonista avanza poco a poco y a través de pruebas diversas hacia la comprensión de la naturaleza espiritual del cosmos.

Edward Shanks fue un autor inglés que se aplicó en los más diversos campos literarios: novela, poesía, crítica literaria y periodismo, además de trabajar como editor de una publicación. The People of the Ruins fue, sin embargo, su única incursión en el género de la ciencia-ficción.

Bill Preston (Alex Winter) y Ted Logan (Keanu Reeves) son dos buenos amigos cuya falta de talento no les impide soñar con convertirse en músicos de heavy metal. Su nulo rendimiento estudiantil les va a merecer una expulsión de la escuela a menos que consigan aprobar un examen de historia.

El futuro está reunido (The future is in session). Esa era la frase publicitaria de esta serie televisiva que mezclaba el drama legal con la ciencia-ficción. Por desgracia, la deliberación de su jurado fue corta y la audiencia no llegó a un veredicto positivo.

Escribí en un artículo anterior acerca de Abraham Merritt, un escritor pulp inmensamente popular en su momento pero cuyo nombre hoy ha quedado olvidado por buena parte de los aficionados al género.

Ray Cummings fue uno de tantos autores que a comienzos del siglo XX se ganaron la vida escribiendo para las entonces prósperas revistas pulp y que, salvo excepciones, acabaron siendo dejados atrás por la corriente del tiempo, las modas y los gustos literarios. Comenzó como ayudante personal y redactor técnico de Thomas Edison, labor que desarrolló desde 1914 a 1919.