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Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: Madrid, España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

La literatura norteamericana del siglo XIX rebosaba de historias que bien podrían ser calificadas de ciencia ficción o romance científico. No hubo escritor de ficción americano de cierta relevancia en aquellos años que de alguna forma no abordara el género, aunque fuera mediante algún tipo de romance utópico: Herman Melville, Edgar Allan Poe, Nigel Hawthorne, Washington Irving o escritores de best-sellers del momento como Edward Bellamy o Mark Twain.

El viaje interplanetario no era un tema nuevo a mediados del siglo XIX. Ya mencionamos en un artículo anterior a Luciano de Samosata y su Historia verdadera, donde se narra una batalla espacial entre seres de otros mundos.

A menudo se suele presentar a Julio Verne como un precursor visionario de la tecnología en su vertiente más luminosa, poniendo como ejemplo dos de sus novelas más famosas, De la Tierra a la Luna y Viaje alrededor de la Luna, en las que el ingenio humano es capaz de salvar obstáculos aparentemente infranqueables.

Ghost in the Shell se consolidó dentro de la mitología pop casi desde su lanzamiento por parte de la editorial Kodansha ‒luego replicado por Dark Horse en Estados Unidos‒ durante el mes de mayo de 1989, en las páginas de "Young Magazine".

Tercera novela de ciencia-ficción de H.G. Wells tras La máquina del tiempo y La isla del Dr. Moreau, El hombre invisible sigue la línea de las anteriores, mezclando la aventura con un nada disimulado subtexto moral.

La figura de H.G. Wells como padre fundador de la ciencia-ficción moderna es compleja y llena de matices. Introdujo en el romance científico una imaginación retorcida, gótica, inspirada en Mary Shelley o Edgar Allan Poe, junto a un don para la anticipación tecnológica que superó con mucho a Julio Verne.

A comienzos de los noventa, aunque Steven Spielberg había ya consolidado su posición como uno de los principales directores de Hollywood, no podía decir que la anterior década le hubiera reportado tantas alegrías como todo el mundo había esperado.

¿Por qué nos fascinan tanto los dinosaurios? Hay algo en ellos que nos toca de forma muy profunda, algo que comienza desde nuestra misma infancia. ¿Quién no ha tenido un hijo o un sobrino capaz de memorizar los nombres en latín de decenas de dinosaurios?

En 1954, Walt Disney había cosechado un gran éxito con su lujosa adaptación de la novela de Julio Verne 20.000 leguas de viaje submarino. Dos años después, United Artists estrenó la igualmente espectacular La vuelta al mundo en ochenta días (1956), protagonizada por un extenso elenco de estrellas encabezado por David Niven y Cantinflas, y que ganó el Oscar a la Mejor Película de aquel año.

En 1826, John Symmes había enunciado su Teoría de las Esferas Concéntricas, según la cual la Tierra era hueca, habitable en su interior y accesible desde ambos polos. Docenas de autores aceptaron la teoría y se encargaron de trasladarla a sus relatos. Ya vimos uno de ellos, Symzonia. La narración de Arthur Gordon Pym también contiene elementos de ese tipo de historias. Pero sin duda el más famoso fue Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne.

El suceso que dio origen a la novela corta que nos ocupa fue algo tan cotidiano como un mal sueño. En 1885, mientras se recuperaba de una de las recaídas a las que periódicamente le sometía su mala salud, Robert Louis Stevenson tuvo una pesadilla de la que extrajo la idea de una historia que, originalmente, fue concebido como un relato de horror al gusto de la época victoriana.

A finales de los años 80 se presentó con gran éxito una exposición fotográfica a lo largo de los túneles que conectan las líneas cinco y tres del Metro de la Ciudad de México en la estación La Raza. Las fotografías se tomaron del libro Potencias de diez, donde una serie de imágenes de tamaño progresivamente creciente o decreciente en órdenes de 10 ilustra lo más grande y lo más pequeño que conforma la actual noción del mundo, noción derivada de la ciencia.

Ya hemos comentado en entradas anteriores la importancia que tuvieron los ilustradores de las revistas pulp en la formación de los iconos de la ciencia-ficción.

Edward George Earle Lytton Bulwer-Lytton fue un político de próspera carrera y escritor ecléctico que abarcó una amplia variedad de temas, con tanto éxito como habilidad a la hora de iniciar tendencias. Fue el caso de su obra más conocida, Los últimos días de Pompeya, una novela que revolucionó el género histórico.

En el último tercio del siglo XIX apareció en el árbol de la CF una rama nueva, la de las Guerras Futuras y las fantasías de invasión. Esta tendencia respondía a la transformación que estaba teniendo lugar en el ámbito bélico, transformación que rompía los esquemas asumidos hasta entonces como sólidos por los militares y, por tanto, generadora de un sentimiento de inseguridad e indefensión. Los masivos enfrentamientos de la Guerra de Secesión norteamericana y la carnicería de la guerra franco-prusiana de 1871 habían conmovido tanto a soldados como civiles.

De la Tierra a la Luna (1865) había  sido el primer libro en plantear el lanzamiento de una nave espacial. Pero esta historia corta, publicada por entregas en el diario The Atlantic Monthly, concibe otra idea novedosa: el satélite artificial.

Tras su epopeya lunar, Verne continúa ampliando sus Viajes Asombrosos. El primero de ellos, Cinco Semanas en Globo había sido un viaje por aire a través de África oriental; el siguiente, Viajes y Aventuras del Capitán Hatteras, una dramática aventura en tierras polares bajo condiciones extremas; Viaje al Centro de la Tierra nos arrastraba a las profundidades del planeta, mientras que De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna nos expulsaban de él; Los Hijos del Capitán Grant era una misión de rescate que recorre todo el hemisferio sur por mar y tierra, enfrentándose a todo tipo de peligros. Parecía lógico que la siguiente aventura nos trasladara a los abismos oceánicos.

Si alguien puede arrogarse el manto de “padre de la SF”, éste sería probablemente Herbert George Wells (1866–1946). Y las razones para ello son de peso: innovó el género hasta el punto de que dejó de llamarse “romance científico” para pasar a ser “ciencia ficción” (aunque el término propiamente dicho sería acuñado en los años veinte), e introdujo en él nuevos elementos y temas –a menudo adaptando y modernizando figuras preexistentes– que pasaron a ser clásicos y recurrentes dentro de la literatura de ciencia ficción.

Aficionados a la ciencia ficción hay muchos, aunque algunos no sepan que lo que suponen ciencia ficción es mero cuento de hadas o libro vaquero (dicho con todo respeto) aderezado con naves superlumínicas o desviaciones de la evolución biológica. Por cierto, suponer que por llevar el epíteto “ciencia” el género en cuestión divulga ciencia es algo muy generalizado aunque erróneo. Es tan solo un género literario aunque, por supuesto, como cualquier obra literaria, se puede leer de muchas maneras. Y en toda esta fértil ficción hay un personaje indispensable: el robot.

Hay una ironía implícita en ciertos títulos, como el de esta serie norteamericana. Durante su emisión inicial, que constó de tres temporadas con un total de 83 episodios, fueron alternándose diversos grados de éxito y fracaso creativos, ofreciendo una clara indicación del dilema al que se ha tenido que enfrentar la ciencia ficción desde sus inicios, a saber: ¿debe tener más peso la ciencia o la ficción? ¿Aventura, Emoción y Miedo o Física, Química y Matemáticas?

¿Qué se puede decir de King Kong que no se haya dicho ya? Es sin duda una de las películas de ciencia ficción más conocida de todos los tiempos y su criatura, el rey Kong, un icono cultural que sirvió de modelo para otros muchos monstruos gigantes en años venideros, desde El monstruo de los tiempos remotos (1953) y Godzilla (1954) hasta Parque Jurásico (1993).

Los años centrales de la década de los sesenta supusieron una travesía del desierto para los aficionados a la ciencia ficción cinematográfica. Tras diez años de éxito, las adaptaciones de obras de Julio Verne y H.G. Wells que comenzaran con 20.000 Leguas de Viaje Submarino (1954) ya habían completado su recorrido y los estudios volvían a mostrarse reacios hacia un género que, en el fondo, seguían considerando propio de la serie B.

El británico Chris Foss fue uno de los nombres más importantes en la ilustración de ciencia ficción durante la década de los setenta. Sus portadas para novelas del género ayudaron a vender incontables ejemplares de ediciones en tapa blanda e inspiró a una legión de imitadores.

Los seriales radiofónicos de CF tienen una larga tradición que se remonta a los populares programas de Buck Rogers (1932) o Viaje al Espacio (1953-1955) de la BBC. Más tarde, la experiencia visual de la televisión desplazó a la sonora de la radio. Las únicas excepciones fueron aquellas que se apoyaron en la comedia, en la fuerza del humor, en lugar de la recreación de imágenes espectaculares, mucho más atractivas en la forma de una imagen que en la dramatización sonora.

El nombre de Katsuhiro Otomo es hoy conocido en Occidente sobre todo por su postapocalíptica Akira. Ciertamente, no es su única obra, pero tal es su calibre en términos de extensión, ambición e influencia que no puede extrañar que siempre que se mencione su nombre sea para relacionarlo con ella.

Esta es la primera y la más extraña de las novelas pertenecientes al subgénero de "Tierras Huecas". A principios del siglo XIX, John Cleves Symmes propuso su Teoría de las Esferas Concéntricas, según la cual nuestro planeta está hueco y es habitable por dentro, existiendo acceso a su interior en ambos polos.

La vida de la joven Mary Wollstonecraft Shelley fue tan novelesca como muchos de los folletines publicados en el siglo XIX. Era hija de William Godwin, autor de Caleb Williams, y de Mary Wollstonecraft, autora de A Vindication of the Rights of Woman, que ya tenía otra hija ilegítima de otro hombre y murió de fiebre tras el nacimiento de Mary. Godwin volvió a casarse, en esta ocasión con una viuda con dos hijas, y tuvo un hijo con ella. Mary creció en un hogar problemático e inquieto.

Mientras que la ciencia ficción norteamericana apostó en la primera mitad del siglo XX por un tono optimista, orientado hacia el espacio y con vocación escapista (entiéndase esto no como algo necesariamente peyorativo), en Europa y particularmente en Gran Bretaña, las visiones futuristas siguieron un camino muy diferente, dominado por el pesimismo.