Hay una ironía implícita en ciertos títulos, como el de esta serie norteamericana. Durante su emisión inicial, que constó de tres temporadas con un total de 83 episodios, fueron alternándose diversos grados de éxito y fracaso creativos, ofreciendo una clara indicación del dilema al que se ha tenido que enfrentar la ciencia ficción desde sus inicios, a saber: ¿debe tener más peso la ciencia o la ficción? ¿Aventura, Emoción y Miedo o Física, Química y Matemáticas?

¿Qué se puede decir de King Kong que no se haya dicho ya? Es sin duda una de las películas de ciencia ficción más conocida de todos los tiempos y su criatura, el rey Kong, un icono cultural que sirvió de modelo para otros muchos monstruos gigantes en años venideros, desde El monstruo de los tiempos remotos (1953) y Godzilla (1954) hasta Parque Jurásico (1993).

Los años centrales de la década de los sesenta supusieron una travesía del desierto para los aficionados a la ciencia ficción cinematográfica. Tras diez años de éxito, las adaptaciones de obras de Julio Verne y H.G. Wells que comenzaran con 20.000 Leguas de Viaje Submarino (1954) ya habían completado su recorrido y los estudios volvían a mostrarse reacios hacia un género que, en el fondo, seguían considerando propio de la serie B.

El británico Chris Foss fue uno de los nombres más importantes en la ilustración de ciencia ficción durante la década de los setenta. Sus portadas para novelas del género ayudaron a vender incontables ejemplares de ediciones en tapa blanda e inspiró a una legión de imitadores.

Los seriales radiofónicos de CF tienen una larga tradición que se remonta a los populares programas de Buck Rogers (1932) o Viaje al Espacio (1953-1955) de la BBC. Más tarde, la experiencia visual de la televisión desplazó a la sonora de la radio. Las únicas excepciones fueron aquellas que se apoyaron en la comedia, en la fuerza del humor, en lugar de la recreación de imágenes espectaculares, mucho más atractivas en la forma de una imagen que en la dramatización sonora.

El nombre de Katsuhiro Otomo es hoy conocido en Occidente sobre todo por su postapocalíptica Akira. Ciertamente, no es su única obra, pero tal es su calibre en términos de extensión, ambición e influencia que no puede extrañar que siempre que se mencione su nombre sea para relacionarlo con ella.

Esta es la primera y la más extraña de las novelas pertenecientes al subgénero de "Tierras Huecas". A principios del siglo XIX, John Cleves Symmes propuso su Teoría de las Esferas Concéntricas, según la cual nuestro planeta está hueco y es habitable por dentro, existiendo acceso a su interior en ambos polos.

La vida de la joven Mary Wollstonecraft Shelley fue tan novelesca como muchos de los folletines publicados en el siglo XIX. Era hija de William Godwin, autor de Caleb Williams, y de Mary Wollstonecraft, autora de A Vindication of the Rights of Woman, que ya tenía otra hija ilegítima de otro hombre y murió de fiebre tras el nacimiento de Mary. Godwin volvió a casarse, en esta ocasión con una viuda con dos hijas, y tuvo un hijo con ella. Mary creció en un hogar problemático e inquieto.

Mientras que la ciencia ficción norteamericana apostó en la primera mitad del siglo XX por un tono optimista, orientado hacia el espacio y con vocación escapista (entiéndase esto no como algo necesariamente peyorativo), en Europa y particularmente en Gran Bretaña, las visiones futuristas siguieron un camino muy diferente, dominado por el pesimismo.

Julian Huxley, nieto del principal defensor de Darwin, T.H. Huxley, fue no sólo un notable biólogo evolucionista, sino un activo divulgador científico. En colaboración con H.G. Wells, publicó un tratado en nueve volúmenes titulado La Ciencia de la Vida.

No hay consenso acerca de la primera vez que apareció el concepto de viaje temporal en la literatura. ¿Fue el primer viajero Ebenezer Scrooge en Cuento de Navidad (1843), de Charles Dickens? ¿Quizá el compatriota que Mark Twain imaginó llegando a tiempos medievales en Un Yanqui en la Corte del Rey Arturo (1889)?

No creo que sea necesario demostrar la versatilidad del western como género. Su marco geográfico, temporal y conceptual ha permitido contar todo tipo de historias, pero sin duda sus pioneros cinematográficos no pensaron que un día a alguien se le ocurriría mezclar el desierto y los cowboys con dinosaurios.

Si se tuviera que escoger la película más influyente en el moderno boom de la ciencia ficción, Star Wars (1977) tendría muchas posibilidades de ser la elegida. Sin embargo, si nos limitáramos a films que hayan inspirado copias más o menos exactas de sí mismos, la lista se reduciría considerablemente: probablemente incluiría a Alien (1979), Blade Runner (1982) o Terminator (1984); pero quizá la ganadora, con clara diferencia respecto al resto, sería Mad Max 2.

Por alguna razón que se me escapa, a comienzos y mediados de los ochenta del pasado siglo, se produjo en el cine de ciencia ficción un florecimiento de películas relacionadas con el viaje en el tiempo: Los héroes del Tiempo (1981), Terminator (1984), Regreso al Futuro (1985), Star Trek IV: Misión Salvar la Tierra (1986), Peggy Sue se Casó (1986)… La moda, no obstante, arrancó en 1979 con una película que revisitaba la idea de la Máquina del Tiempo de Wells bajo una nueva perspectiva.

A medida que la ciencia ficción se consolidaba como género bien diferenciado y contó con sus propias revistas especializadas, los escritores empezaron a prestar más atención a la ecología de los mundos alienígenas que inventaban.

La mayoría de las historias de ciencia ficción intentan, en su ansia por hacer creíble su particular visión del futuro, utilizar alguna teoría científica que refuerce su plausibilidad. Sin embargo, existe también la opinión entre algunos autores de que disciplinas menos “puras” como la psicología o la sociología deberían considerarse también, en este contexto, como ciencias. Yendo aún más lejos, hay quienes han recurrido a ideas clara y ampliamente consideradas como pseudociencias, como los poderes mentales (telepatía, telekinesis, percepción extrasensorial…)

La genialidad es un comodín, un convenio, una clave que a los críticos y a los espectadores de una película les permite medir distancias con respecto a otras obras. La genialidad es, cuando se menciona a propósito de Stanley Kubrick, una manera de situarlo fuera de los géneros y al margen de grupos y escuelas. Kubrick abraza la tradición y la innovación, y al conseguirlo ‒por eso hablamos de un genio‒ entra dentro de otra categoría, la de los creadores indiscutibles.

En 1982, E.T., de Steven Spielberg se convirtió en la película más taquillera del año. El éxito se renovó en el circuito de los videoclubs. Para homenajear a su amigo y colega, George Lucas publicó un mensaje en la revista Variety donde el pequeño extraterrestre aparecía junto a los protagonistas de La Guerra de las Galaxias.

Desde el principio de mis recuerdos / había sido como era entonces en estatura / y proporción. Hasta ahora, nunca había / visto a un ser que se pareciese a mí / ni pretendiese contacto alguno conmigo. / ¿Qué era yo? La pregunta me surgía una y otra vez, sólo para contestarla con gemidos. (El Monstruo, en "Frankenstein", de Mary Shelley)

¿Es posible, a estas alturas, escribir algo nuevo sobre la saga Star Wars? Se suele hablar de George Lucas como el cineasta que reinventa la aventura espacial, pero yo lo veo más bien como el impulsor del Nuevo Hollywood. Lucas es el director indie que cambia de piel, y recupera el cine de aquellos viejos tiempos en los que sentarse frente a la pantalla equivalía a soñar.

Están por todas partes y, sin embargo, los dinosaurios no nos dan miedo. Hace años que se sabe que no se extinguieron del todo, ya que las aves son un grupo de terópodos que sobrevivió a la crisis de hace 66 millones de años. Diversas películas y teleseries imaginan cómo habría sido el mundo si los dinosaurios –no aviarios– siguieran poblando la Tierra. Paleontólogos españoles reflexionan sobre esa hipótesis de ciencia ficción.

Manual de Robótica, primera edición, año 2058. Leemos en sus páginas las tres leyes robóticas. "1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes".

En la ciencia-ficción que veíamos de niños –y que algunos nunca hemos renunciado a disfrutar– las amenazas provenían del espacio exterior, encarnadas en criaturas de apariencia más o menos pintoresca. En 1982, Ridley Scott nos demostró que el futuro no es tan amable como el que mostraban las viñetas de Flash Gordon o Buck Rogers. Al contrario: el porvenir que nos promete Scott es tan oscuro, confuso y moralmente ambiguo como una novela negra.

Aunque el talento estético y narrativo de ese gran director llamado Ridley Scott se adapte a todo tipo de tramas, es evidente que le gusta la ciencia-ficción. Ya demostró ese interés en 1979, filmando a un carismático depredador extraterrestre a través de un carguero espacial. Lo hizo en la formidable Alien: el octavo pasajero, y muchos aún no nos hemos repuesto de la impresión.

En 1987 Arnold Schwarzenegger aumentó su creciente fama con un extraño film en el que se mezclaban diversos géneros: la acción bélica, el suspense, la ciencia–ficción y el terror.

En la edad de oro de la ciencia-ficción de serie B, abundaron los invertebrados gigantes y las amenazas de otros mundos, para la alegría de los pequeños que iban al cine sin que se enteraran sus padres.

La conexión entre la década de los 50 y la de los 80 es un hecho tan curioso como evidente. Muchos dicen que fue algo planeado por la administración Reagan, que quiso restituir los valores tradicionales de mediados del siglo XX después de los excesos y revoluciones de los 60 y los 70.

Los quelonios  son reptiles con coraza. Son vertebrados que ponen huevos, poseen respiración pulmonar, lucen piel escamosa y que han de adaptar la temperatura de su organismo a la del ambiente.