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España nunca ha sido terreno abonado para la ciencia-ficción dura. Quizá es una consecuencia de la escasa formación general e interés en el campo científico y técnico de que adolece nuestro país.

Por alguna razón la Tierra parece ser el rincón del Universo en el que acaban perdiéndose un montón de parientes de alienígenas televisivos. Así lo atestiguan series como El Fénix (1982), en la que su protagonista extraterrestre buscaba en nuestro planeta a su mujer; o Starman (1986), con Robert Hays siguiendo también la pista de su esposa al tiempo que se escabullía de un agente del gobierno. Más recientemente, El visitante (1998) trataba de encontrar a su hijo evitando –otra vez– a un fanático coronel.

Ya hemos visto en este espacio que el viaje en el tiempo no era una novedad en la ficción científica de comienzos del siglo XX, ya fuera al pasado o al futuro, y se realizara por medios tecnológicos, pseudocientíficos o místicos.

¿Alguien recuerda la canción "In the Year 2525", llevada al número uno de las listas en el verano de 1969 por Zager y Evans? En ella se avisaba de un oscuro futuro en el que la tecnología deshumanizaría y mecanizaría a la especie humana y cuestionaba que las mujeres pudieran sobrevivir en semejante mundo. La música y la letra de esa canción fueron reescritas para los títulos iniciales de Cleopatra 2525… en esta ocasión las mujeres sí tendrán voluntad de sobrevivir. Vaya que sí.

Ron Goulart es un estudioso de la literatura pulp, un especialista en la historia del comic-book y también escritor de ficción. Es autor de docenas de libros, incluyendo novelas y relatos cortos de misterio y ciencia-ficción en las que abundan el mal uso de la tecnología, una sexualidad nada disimulada y un humor seco y burlón. No es que sea un autor particularmente brillante pero resulta entretenido y ligero. Para muestra un botón.

Hace ya años, Ridley Scott afirmó solemnemente que la ciencia–ficción estaba muerta. Pero bastante antes de que el cineasta contradijera sus palabras con sus actos y comenzara a preparar Prometheus, en 2004 comenzaron a circular rumores sobre su implicación como productor –junto a su hermano Tony–, en un proyecto televisivo de gran envergadura que ofrecería una nueva versión de una historia ya de sobra conocida por los aficionados del género: La amenaza de Andrómeda. Cuatro años después, dividida en dos entregas, los telespectadores pudimos asistir una vez más a la más clásica de las historias de virus alienígenas.

Estamos en la última década del siglo XXI. La humanidad ha llegado a la conclusión de que el Tiempo es más una construcción mental que física y, por tanto, el viaje temporal puede equipararse al viaje mental. En un contexto económico de crisis en el mundo occidental, el desplazamiento mental ayudado por drogas psicotrópicas se convierte en una moda que hace furor.

En 1916, Edgar Rice Burroughs ya era un autor enormemente popular gracias a sus series de John Carter, Tarzan y Pellucidar. Sin embargo, además de esas sagas multivolumen firmó muchas otras historias hoy menos conocidas y pertenecientes a géneros diversos, desde las aventuras exóticas hasta el western.

El optimismo desafiante que marca el final de las obras apocalípticas de principios de siglo, como por ejemplo La nube púrpura (1901), de M.P. Shield, fue compartido –aunque matizado– por otras obras similares en aquellos años, especialmente aquellas de autoría británica.

"Supongamos que una o varias especies de nuestro género ancestral Australopithecus hayan sobrevivido: un escenario perfectamente razonable en teoría. Nosotros, es decir, el Homo sapiens, hubiéramos tenido que enfrentarnos a todos los dilemas morales que implica el tratar con una especie humana dotada de una capacidad mental claramente inferior. ¿Qué hubiéramos hecho con ellos? ¿Esclavizarlos?, ¿Exterminarlos? ¿Coexistir con ellos? ¿Convertirlos en trabajadores domésticos? ¿Meterlos en reservas? ¿En zoológicos?"

Esta novela continua siendo relativamente desconocida, aunque tiene fans que la alaban de forma entusiasta. Se trata de una historia que se ajusta al arquetipo que podríamos denominar Camino del Peregrino (aunque Lindsay, como Tolkien, repudiaba la alegoría), en la que el protagonista avanza poco a poco y a través de pruebas diversas hacia la comprensión de la naturaleza espiritual del cosmos.

Edward Shanks fue un autor inglés que se aplicó en los más diversos campos literarios: novela, poesía, crítica literaria y periodismo, además de trabajar como editor de una publicación. The People of the Ruins fue, sin embargo, su única incursión en el género de la ciencia-ficción.

Bill Preston (Alex Winter) y Ted Logan (Keanu Reeves) son dos buenos amigos cuya falta de talento no les impide soñar con convertirse en músicos de heavy metal. Su nulo rendimiento estudiantil les va a merecer una expulsión de la escuela a menos que consigan aprobar un examen de historia.

El futuro está reunido (The future is in session). Esa era la frase publicitaria de esta serie televisiva que mezclaba el drama legal con la ciencia-ficción. Por desgracia, la deliberación de su jurado fue corta y la audiencia no llegó a un veredicto positivo.

Escribí en un artículo anterior acerca de Abraham Merritt, un escritor pulp inmensamente popular en su momento pero cuyo nombre hoy ha quedado olvidado por buena parte de los aficionados al género.

Ray Cummings fue uno de tantos autores que a comienzos del siglo XX se ganaron la vida escribiendo para las entonces prósperas revistas pulp y que, salvo excepciones, acabaron siendo dejados atrás por la corriente del tiempo, las modas y los gustos literarios. Comenzó como ayudante personal y redactor técnico de Thomas Edison, labor que desarrolló desde 1914 a 1919.

Decía aquella famosa frase de Arthur C. Clarke que una tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. De la misma forma, un futuro lo suficientemente lejano es indistinguible de la fantasía. Y si hace falta un ejemplo que lo ilustre, lean Invernáculo, una de las mejores novelas de Brian Aldiss, ganadora del premio Hugo en 1962 a la mejor historia corta de ficción y clásico del género desde el mismo momento en que se publicó.

Gattaca no fue un éxito ni siquiera en el momento de su estreno. La crítica se mostró dividida y el público mayormente indiferente (sobre un presupuesto de 36 millones de dólares, sólo se recaudaron 12 millones) por lo que no tardó en pasar al limbo cinematográfico.

Amazing Stories fue la primera revista pulp especializada en ciencia-ficción y punto de arranque de la etapa moderna del género. Fundada por el emprendedor Hugo Gernsback en 1926, en 1938 fue adquirida por la compañía Ziff Davis, que puso en el cargo de editor a Raymond Palmer, un jorobado de estatura diminuta.

Un mundo donde cualquier cosa es posible : estas palabras las pronunciaba el profesor JJ Stillman (Carl Marotte) a un grupo de niños en un show de magia. Stillman comenzó siendo un escéptico, pero los experimentos en parapsicología que él y Laura Wingate (Shari Belafonte) llevan a cabo, revelan que nuestro mundo puede verse desde una perspectiva muy diferente.

A comienzos del siglo XXI, la Guerra Fría continúa dominando la política terrestre aun cuando el primer contacto con una cultura alienígena tuvo lugar en los años ochenta del siglo anterior. En aquel momento, inadvertidamente al principio, la Tierra pasó a ser un factor más dentro del conflicto que atenazaba al resto de la galaxia. Los nómadas kandemirianos son la especie hegemónica, enfrentados a una coalición liderada por los guerreros vorlakianos. Los monwaingi, mientras tanto, adoptan una postura neutral, aunque en el fondo se oponen también a los kandemirianos.

Los dos textos clave del siglo XVIII relacionados con la ciencia-ficción son, por una parte, Micromegas (escrito en 1730 pero publicado en 1750) de Voltaire y, por otra, Travels into Several Remote Nations of the World (comúnmente conocido como Los viajes de Gulliver, 1726) escrito por Jonathan Swift.

El estreno de 2001: Una Odisea del Espacio (1968) supuso un enorme impulso para la ciencia-ficción cinematográfica. De género relegado a la serie B pasó a prometedora fuente de éxitos de taquilla.

Una de las obras de ciencia-ficción española más importantes y comentadas de las últimas décadas, Mundos en la eternidad es una absorbente space-opera disfrazada de ciencia ficción dura, que combina una narración ágil con un consistente trasfondo científico en el que confluyen la biología, la astronomía y la física.

En 1918, las potencias europeas y Estados Unidos firman un armisticio que pone fin a la Primera Guerra Mundial. En 1919, el Tratado de Versalles concluye oficialmente la contienda. Sin embargo, Europa estaba demasiado agotada como para sentir euforia alguna.

El profesor Samson Cavor (Hector Abbas) es un anciano inventor que ha descubierto la cavorita, una sustancia capaz de neutralizar la atracción gravitatoria. Acompañado por el especulador Rupert Bedford (Lionel d'Aragon), viaja a la Luna a bordo de una esfera recubierta por ese fantástico elemento.

Existe una historia apócrifa que cuenta que durante su viaje de 1905 a San Petersburgo, Esnault-Pelterie (diseñador aeronáutico y pionero de la teoría espacial) debatió con el científico ruso Konstantin Tsiolkovsky en presencia del zar acerca del futuro de la exploración del espacio. Aunque ambos negaron la veracidad de dicho episodio, sí es posible que Tsiolkovsky conociera a Esnault-Pelterie mientras visitaba a París a finales del siglo XIX. Allí, contemplando la magnífica estructura de la Torre Eiffel (que entonces era un novedoso prodigio de la ingeniería y motivo de asombro para todos los turistas), concibió un método poco costoso para viajar al espacio: un ascensor, una torre que alcanzaría los niveles superiores de la atmósfera y con la que podría darse el primer paso hacia otros mundos.

Recordemos por un momento aquellas entrañables imágenes que sobre la exploración del espacio nos ofrecían las viejas películas y series de televisión. Aquellos valientes pioneros volaban en brillantes naves de avanzadísima tecnología en la que todo estaba disponible con solo apretar un botón.