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Aunque ahora nos parezca un sueño los primeros treinta y tantos años del siglo XX fueron un parnaso de sabiduría, inteligencia y arte, a pesar de que el país era casi analfabeto y que la universidad era un reducto para determinada clase social. Pero la cantidad y calidad de los artistas que ejercieron su talento en esos años ha hecho que se denomine Edad de Plata y casi de oro podríamos decir sin exagerar.

El silencio para mí es escucharte. La inmovilidad, una forma de verte sin aristas. La fijeza, esa realidad que encierra tu nombre ante mis ojos. Soy, contigo, la mujer sin sombra y sin reflejo que toca sin tocar la taza de café.

Recorres la ciudad y los encuentras. Los ves a cada paso. Incluso sin mirarlos los presientes. No puedes evitarlo aunque quisieras. Están ahí, a tu lado, los notas muy de cerca.

Jane es la más “hermosa y dulce” de las hermanas Bennet. Por eso mismo a ella le corresponde la obligación de asegurar el sustento de la familia a través de un casamiento ventajoso. La propiedad familiar está vinculada a la rama masculina y, dado que los señores Bennet “sólo” han tenido hijas, pasará a manos de un primo lejano, a la sazón clérigo, el señor Collins.

Simonetta Vespucci (1454–1476) fue una de las mujeres más hermosas de su tiempo. Y de tiempos posteriores. Su belleza renacentista inunda los cuadros de Botticelli. La posteridad ha consagrado sus ojos de almendra, su pelo rubio y ensortijado, su boca perfecta, su mirada lánguida, sus gestos silenciosos...

Mary Ann Evans había nacido en las Midlands, esa zona del Reino Unido de la que habla en sus libros D. H. Lawrence, el escritor que descubrí con pocos años y del que aprendí algunas cosas imposibles de explicar. 

Jane Austen nació en el pueblo de Hampshire, concretamente en la rectoría de la aldea de Steventon, el 16 de diciembre de 1775. Su madre (de soltera, Cassandra Leigh) tenía treinta y seis años y su padre era el párroco y tenía cuarenta y cuatro años. Jane fue la séptima hija y la segunda niña. James, George, Edward, Henry, Cassandra, Francis y Jane fueron los siete hijos de los señores Austen, de Steventon.

La prensa del corazón, la llamada también prensa “rosa”, es la gran denostada entre los medios. Siendo el periodismo tan corporativista o más que otras profesiones, no hay piedad para aquellos que, alcachofa en mano, persiguen con denuedo a un famoso de tres al cuarto, a la hija de una tonadillera enclaustrada o a un tronista de evidentes atributos amatorios.

Generalizar no es científico. Eso nos dicen siempre. Pero resulta difícil escabullirse a la atención de clasificar, organizar, definir, ciertas características que pueden aplicarse a más de una persona.

La democracia es un ejercicio de reflexión y una elección entre diversas posibilidades. Si a las distintas contiendas electorales solamente se presentara un partido, no tendría sentido votar. Por suerte, el arco político tiene siempre, al menos, dos propuestas.

Eran las seis de la tarde de un verano especialmente caluroso. Una ciudad costera. A esa hora todavía la brisa atlántica no refrescaba la calle. En el número 46 alguien abre el portón, gris oscuro y con una mano de brillante latón como llamador, y arrastra pesadamente una enorme caja de cartón hacia fuera.

Jane Austen tenía un alto sentido de la familia y de su importancia. Fue la séptima de una familia de ocho hijos, de los cuales solamente dos eran chicas, ella y su hermana Cassandra, con la que formaría un tándem que sólo se disolvió con su temprana muerte, a los cuarenta y un años, cuando estaba en plena madurez creativa.

¿Sabes esas veces en las que todo se aleja? Las palabras se esconden en la lámpara de Aladino y el genio ha huido. Los sonidos de las palabras se oscurecen, no hay tictac de relojes que anuncien nada, tampoco el tiempo significa alborozo. Se suceden las horas como si fueran una fila de hormigas andando encima de un trozo de papel blanco y liso.

Dedicado a Carmen Pinedo Herrero, en el comienzo de lo que espero sea una hermosa y larga amistad...

Eran los días previos a la Navidad del año 1815. En la antesala del despacho del Príncipe Regente, el futuro rey Jorge IV, había un paquete envuelto con cuidado, aunque con un papel algo deslucido, basto, poco regio. El paquete había sido depositado allí por uno de los ayudas de cámara del Príncipe y llevaba algunas horas en el mismo sitio sin que nadie aparentemente se percatara de su existencia.

Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos que gobernó en el período comprendido entre 1801 y 1809, cuando se retiró de la política y se fue a vivir a Monticello, su mansión virginiana, dejó escrito en su Correspondencia que, aunque todavía se sulfuraba cuando pensaba en "esos malandrines" (y aquí incluía a todos aquellos que criticaban sus modos políticos, incluyendo a la prensa, por supuesto), procuraba hacerlo lo menos posible porque "prefería contemplar el crecimiento de su alfalfa y sus patatas".

Mi deuda de gratitud con Henry James es impagable. No solamente por las obras que escribió, sino por el magisterio que ejerció sobre escritores (y escritoras) que forman parte de mi universo literario. Dicho así suena trascendente y un poco cursi, pero así soy yo, demasiado trascendente y un punto cursi, en honor a mi tierra de origen, donde parece que se originó la palabrita.

Quizá el personaje femenino que más desaires amorosos recibe de todas las mujeres del universo Austen es Harriet Smith. No creo que haya en esta elección ningún elemento discriminatorio, aunque quizá la vida y los antecedentes de Harriet la convierten en una presa fácil para estos desafueros.

Novela, sí. ¿Por qué no decirlo? No pienso ser como esos escritores que censuran un hecho al que ellos mismos contribuyen con sus obras, uniéndose a sus enemigos para vituperar este género de literatura, cubriendo de escarnio a las heroínas que su propia imaginación fabrica y calificando de sosas e insípidas las páginas que sus protagonistas hojean, según ellos, con disgusto. Si las heroínas no se respetan mutuamente, ¿cómo esperar de otros el aprecio y la estima debidos?...

Hay una lucha por la igualdad que está basada en medidas cosméticas, en lenguajes duplicados y en actitudes de cara a la galería. Hay otra que es más difícil de apreciar, porque se centra en esfuerzos individuales o de pequeños colectivos y consiste en no renunciar a nada por ser una mujer. Y hay una tercera, la más efectiva, que parte de un cambio estructural y legal y que se acompaña de una nueva mentalidad.

Ser cursi no tiene época, ni clase social, ni edad, ni sexo. Es una actitud que procede de la equivocada percepción de quien quiere ser sin poder, de quien olvida las virtudes que adornan al individuo auténtico: la verdad, la espontaneidad. En Orgullo y Prejuicio, el libro que Jane Austen escribió con veinte años y publicó mucho tiempo después, hay espléndidos ejemplos de cursilería. Para no ser exhaustivos, quedémonos con uno: las hermanas de Bingley.

Podría escribirse una historia del sentimiento amoroso a través de las cartas. La relación epistolar ha construido relaciones y las ha destrozado. Ha cerrado capítulos y ha mantenido la ilusión cuando la distancia se ha convertido en eje. Ahora, en nuestros días, esa distancia no tiene que ser física. Aposentados cada uno de nosotros delante del ordenador, en cualquier momento sale al aire de la Red un mensaje de correo electrónico (encantador anacronismo del tú a tú que está a punto de ser declarado especie a extinguir) y, por qué no, el aviso en forma de tuit o el intrigante post de Facebook, que se dirige al mundo aunque a ti se dirige.

Se piensa con razón que los libros de Jane Austen son “femeninos”. Nunca he entendido muy bien qué significa esto. Es verdad que están escritos por una mujer, seguidos y leídos por las mujeres y llenos de mujeres. Pero, si los hombres no los leen algo falla, y me temo que la educación sentimental de “ellos” tiene muchos huecos que rellenar si se apartan de su lectura. Quizá son los hombres los que más y mejor pueden aprovechar su lectura.

Este es el último artículo de la serie El Año de Emma, que inicié a principios de 2015. En diciembre de este año se publicó el libro, en tres tomos, como era habitual. Desde entonces, doscientos años, muchos lectores han tenido en sus manos la oportunidad de adentrarse en el universo Austen a través de la historia de Emma Woodhouse.

Al fin y al cabo, Emma, de Jane Austen, es un libro, una obra de ficción y, como todos ellos, ha de ser puesta a la consideración de los lectores y de la crítica. Ha de sufrir esa crítica tanto entre los que lo leen como entre aquellos que se dedican al mundo de la literatura. Y así fue.

Como solía ser, y a falta de críticos más profesionales, editores concienzudos o equipos de lectura editorial, Jane Austen pidió a sus familiares y amigos más cercanos que opinaran sobre el manuscrito de Emma.

Resulta muy interesante constatar que Emma la novela más perfecta de las austenianas, es también la que tiene como protagonista a la heroína menos intachable. La maestría de la obra reside en su perfecto acabado, sin fallos de argumento, con una línea de evolución clara y coherente, así como en el ambiente que describe cuidadosa y satisfactoriamente. Puede compararse a un drama de Racine, como han observado algunos críticos.

Las ciudades son, a veces, territorios inhóspitos; lugares habitados por sueños imposibles; reductos de la soledad; imperios de la sinrazón...Cada una de ellas presenta su cara a la consideración de sus habitantes o de aquellos que, circunstancialmente, las visitan. Son entes vivos, paraísos inopinados, lugares levíticos. Las ciudades generan una forma de vida que plantea continuos dilemas. Elecciones. Qué hacer, dónde ir, qué camino tomar. No son espacios únicos, sino polivalentes, llenos de posibilidades, de recovecos, de momentos diferentes.