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Es raro que Verdi, que admiraba a Alessando Manzoni hasta la adoración y que tenía como lectura de cabecera su preciosa obra I promessi sposi (Los novios), no se planteara (¿atreviera?) pasar al pentagrama tan magna, movida y entretenida novela.

Canio, de Payasos, fue uno de los primeros papeles debutados por Corelli, en julio de 1953 en las Termas de Caracalla, es decir a apenas dos años de iniciar su profesión, y aunque no lo cantara tanto como cabría esperar, sí lo ofreció en dos escenarios de especial importancia: Scala de Milán (1957) y Metropolitan de Nueva York (1964), mientras en medio (1960) lo grababa en estudio para la EMI.

Goethe escribió en 1774 su novela epistolar Las desventuras del jovenWerther, un éxito inmediato que propició una serie de adaptaciones operísticas cuya más imperecedera consecuencia fue, como posiblemente nadie que se acerque a estas líneas ignore, la partitura de Jules Massenet, estrenada en Viena en 1892.

Con sus aires optimistas y cordiales llega un nuevo título de Paisiello, La Frascatana, estrenada en Venecia en 1774, algo antes de que Catalina la Grande llamara a Rusia al compositor, y pronto difundida por medio Europa, incluido Madrid donde se estrenó en el Teatro de los Caños del Peral (el precedente del Real) el 24 de noviembre de 1787, repuesta luego en 1807 en el mismo escenario.

La afición del pintor Ingres al violín, que tocaba a ratos perdidos, ha acuñado la expresión «violín de Ingres» para señalar la tarea secundaria que suele acompañar a la principal de determinados artistas.

Nacido en 1938 en Gert Town, Luisiana, y fallecido en Madrid, en 2015, el pianista y compositor Allen Toussaint creció entre músicos y maduró mientras encadenaba éxitos para artistas de rhythm and blues durante los años 60 y 70. Temas como "Fortune Teller" (que compuso bajo el seudónimo de Naomi Neville y fue grabado por Benny Spellman en 1962) llegaron a figurar el repertorio de los Rolling Stones y The Who.

El primer álbum de Anita Baker llevaba por título The Songstress. Fue editado por primera vez en 1983, y mostró el talento de esta gran vocalista en una serie de baladas, algunas de las cuales se convertirían en clásicos slow jams (es decir, temas románticos a medio camino entre el rhythm and blues y el soul).

La breve vida de Nikos Skalkottas (1904-1949) bastó para convertirlo en el músico nacional griego y para poner a Grecia en el escaparate de la música europea. Para ello debió sortear algunos desafíos, quiero decir comodidades que se convierten en obstáculo.

Adolf Busch (1891-1952) fue uno de los más importantes violinistas de su tiempo. Acaso, en el mundo germánico, el más considerado, porque unió al repertorio habitual el rescate de Bach y, a las actuaciones solistas, la orquesta de cámara.

La obra de Franco Alfano se vincula fácilmente con el teatro lírico, donde le ha tocado componer para una partitura ajena, la pucciniana Turandot, su música más difundida, el final de la ópera.

Rondando los cuarenta y con seis álbumes editados a lo largo de sus 15 años como líder en activo, [en 2013, fecha en que apareció este disco] ya no podía persistir la duda de que el bajista y compositor Kyle Eastwood había dejado atrás la formidable sombra de su padre.

El 150 aniversario del nacimiento de Puccini se celebró de diversas maneras. Una de ellas, bien sabrosa, fue la emprendida en plan individual por la soprano milanesa de nombre tan evocador, Amarilli Nizza, al registrar todas las arias escritas para soprano por el compositor luqués.

Conocido por su obra operística, que se codea largamente con Rossini y el belcantismo hasta el último Verdi, Saverio Mercadante (1795-1870) tiene también una semioculta obra instrumental.

Joseph Lanner (1801-1843) cubre de un salto el espacio que va desde los valses y Ländler de Schubert hasta los bailes animados por la familia Strauss (la de Viena, no nos confundamos).

Cenicienta del mundo germánico, Suiza da contadas e ilustres sorpresas a la cultura teutona. En el siglo XIX, los mayores prosistas de la lengua alemana, Conrad Ferdinand Mayer y Gottfried Keller, son suizos.

La sombra de Richard Wagner es alargada y no sólo cubre las salas teatrales sino también los demás dominios de la música. Uno de sus efectos tiene lugar en el mundo estructurado de la sonata y la sinfonía.

Alejado de cualquier divismo, protegido de la cultura del espectáculo por el proverbial comedimiento británico, John Ogdon ha dejado una obra relativamente breve cuanto indisputablemente sólida.

Los venecianos amantes de la tradición neoclásica tanto como de la ópera bufa, Goldoni y Galuppi, se unieron repetidamente para construir artefactos escénicos de variado talante.

Se sabe que Marilyn Horne sacó a la luz, recuperó, esa categoría vocal rossiniana que se conoce como la del contralto in travesti, aquella que de alguna manera venía a sustituir en la nomenclatura canora del compositor al castrado, por aquellos años en lógico periodo de extinción.

Tras Faust (1859) y Roméo et Juliette (1867), la partitura más popular de Gounod es Mireille (1864), aunque su difusión internacional viene algo lastrada por su argumento bastante localista, basado en el poema provenzal de Frédéric Mistral, apellido por cierto que se corresponde con el viento de ese nombre que azota intermitentemente el corazón de esa provincia como bien saben muchos espectadores del Festival de Orange, amén de sus cantantes, que lo han tenido que soportar.

Werther, originariamente escrito para tenor (lo estrenó en Viena y en alemán un wagneriano, el belga Ernest van Dyck, en 1892), fue adaptado por el propio Massenet para el célebre barítono Mattia Battistini.

Entre L’apoteosi d’Ercole (Nápoles, 1819) y Virginia (ídem, 1866), Mercadante escribió alrededor de 60 óperas que fueron triunfando (o menos) a lo largo y ancho de Italia y Europa, compitiendo con los mayores colegas nacionales, desde Rossini a Verdi.

Para cualquier estudiante de piano de estos dos siglos precedentes, el nombre de Friedrich Kuhlau (1786-1832) resulta más que familiar, ya que sus estudios han fatigado los atriles de incontables casas y conservatorios.

A pesar de que en su tiempo mereció ser elogiado y registrado en los libros de su especialidad, el bohemio Franz Anton Rössler, rebautizado en el mundo del arte como Antonio Rosetti (1750-1792), aparece escasamente en los programas de conciertos.

Ferdinando Carulli vivió entre 1770 y 1841, es decir que fue coetáneo de Beethoven y de muchos nombres forzosamente menores que el Gran Sordo. Eran tiempos ‒como casi todos‒ de transición.

A veces, la historia tiene un gusto dramático por las parábolas. Vaya como ejemplo de los más amables el de Vítezslav Novák (1870-1949), a quien tocó ser súbdito del Imperio Austrohúngaro durante un medio siglo, luego ciudadano de la flamante república de Checoslovaquia, aplastada por los nazis y finalmente incorporada al sistema solar soviético como satélite.

En 1736, sobre un texto de Stefano Pallavicini, el maestro barroco bohemio encaró esta obra, I Penitenti al Sepolcro del Redentore, que intento encuadrar sin forzar categorías.

Giovanni Paisiello fue un auténtico hijo de su época, músico errabundo que sabía impregnarse de las corrientes estéticas de su generación. En la postrera fase de su carrera, después de las fructíferas etapas rusa (El barbero de Sevilla), vienesa (El rey Teodoro en Venecia) o napolitana (La molinera) fue llamado por Napoleón a París (donde años atrás había triunfado con Nina, la loca por amor) para dar algo de impulso a la mortecina producción lírica francesa.