"Como a todos los hombres ‒decía Borges sobre un antepasado‒, le tocaron malos tiempos por vivir". En esas épocas de zozobra, que siempre coinciden con las que conocemos de cerca, son imprescindibles los intelectuales que modifican nuestro enfoque, evitan los lugares comunes como si fueran un residuo envenenado y aluden al quid de cada problema tratando de no perder los nervios.

Un relato histórico del cristianismo implica la revisión de sus vicisitudes a lo largo de los siglos, y en particular, de las relaciones que sus discípulos e intérpretes tuvieron con el Jesús que aparece en el Nuevo Testamento. El filósofo Jesús Mosterín afronta esta formidable labor con inteligencia, claridad y amplitud de referencias.

El árbol genealógico que enlaza a los tiranos y a los genocidas nos permite detenernos en una figura esencial para su auge y consolidación: su propagandistas. Los ha habido mediocres, voluntariosos y eficaces, pero pocos se han adentrado en el territorio de la genialidad. Leni Riefenstahl figura entre estos últimos.

Aunque el volumen que nos ocupa incluye otras piezas magistrales de Henry James, la más conocida y prestigiosa de todas ellas es Los papeles de Aspern (1888).

Hay un sino inquietante en nuestra modernidad digital, que convierte la cultura en un bien consumible ‒en el sentido de la comida rápida‒ tan pasajero y volátil como una de tantas apps que se alojan en nuestros dispositivos móviles.

La novela de David Gistau nos conduce hasta los márgenes de una doble frontera: la que separa los barrios altos de las zonas menos prósperas de Madrid, y la que se alza por culpa de la pantalla televisiva, distanciando a la vida real de esa telerrealidad frívola, engañosa y pasajera.

Si existe un Valhalla de los aviadores, Saint-Exupéry estará sobrevolándolo con su prestigio intacto. Al fin y al cabo, pocos narradores acceden a esa gloria que consiste en ser ellos mismos un personaje novelesco.

Uno siente como si conociese de toda la vida a Jane Austen, cuyo bicentenario, por cierto, conmemoramos en 2017. Ella, como bien sabe la legión de seguidores que cita una y otra vez su nombre, es esa escritora sutil, inteligente, perspicaz y elegante, a la que siempre volvemos cuando el mundo parece perder su cordura.

La editorial Renacimiento ha rescatado una rara avis. Una de esas recuperaciones que suponen una aportación más allá de la propia literatura. Que resultan explicativas de momentos históricos y de formas de vida que ahora ya nos parecen lejanos e imposibles.

Todos los estudiosos de las abejas, incluidos los entomólogos, tienen la costumbre de hablarnos de ellas como si fueran personajes de una saga.

Podemos entender la historia de Argentina como una saga: una sucesión de acontecimientos y una genealogía de personajes que evolucionan en una línea de continuidad. Sin embargo, uno sale de este libro excepcional con cierta sospecha de que la crónica argentina tiene algo de eso que el matemático francés René Thom definió, allá por los años cincuenta, como la teoría de las catástrofes.

En Invitación al baile Rosamond Lehmann se detiene en la historia de Olivia cuando esta tiene diecisiete años y va a asistir a su primer baile. Cualquiera que haya tenido diecisiete años y haya tenido que lidiar con los preparativos, el desarrollo y las consecuencias de algo así sabe lo que se siente y lo que se anticipa. Los deseos que no se cumplen y las esperanzas que se terminan la misma noche en la que nacen. Pero también las extrañezas y el nacimiento de emociones que no esperabas y que existían agazapadas dentro de ti.

Uno de los acontecimientos históricos más fascinantes es, sin duda, la revolución rusa de 1917. Precisamente este próximo octubre se conmemora un siglo, y por ello van a empezar a surgir textos de toda clase para acercarnos los hechos y para interpretarlos.

Quién sabe cuántos usuarios son conscientes del lado oscuro de internet. Han pasado más de cuarenta años desde que pisamos la Luna, y ahora resulta que, en lugar de situar nuestra última frontera en el espacio, hemos decidido que la navegación más anhelada se realice a golpe de ratón, descendiendo por esas capas que se superponen en el universo digital.

En el siglo XX ha habido enseñanzas de la historia que han cambiado el rumbo del mundo, no sólo en un aspecto material o geoestratégico, sino desde una perspectiva ética y moral. La caída del muro fue una de esas lecciones, precedida por un largo, sinuoso y doliente trayecto que comenzó en 1917.

A todas horas, en casi cualquier lugar, el escenario circular de la naturaleza se llena de vida y nos sorprende con su ferviente esperanza de futuro. En este sentido, uno de los fenómenos más llamativos ‒y acaso imperceptibles para la mayoría‒ es el de la especiación: el surgimiento de nuevas variedades animales o vegetales.

Hemos convenido que un cuento de hadas es, primordialmente, la suma de magia, inocencia infantil y moraleja. Ahora bien, ¿es así? Podríamos aceptar esa definición, pero lo más probable es que le encontremos defectos a los pocos segundos. Y cuando llegue ese momento, lo más sensato será recordar a Angela Carter.

En el mundo anglosajón, la figura de Richard Holmes posee un relieve extraordinario. Como historiador y biógrafo, Holmes ha acuñado un estilo propio, que podemos resumir con esta reflexión que él mismo citó a un entrevistador de The Guardian: si uno se limita a ser un erudito, el relato que cuente carecerá de vida, pero si se limita a ser un contador de historias, entonces resultará ridículo.

Calmado, intimista, profundo. Así es el relato de un narrador que nos interpela desde su soledad, con tres elementos que configuran la totalidad de su historia: el recuerdo de los familiares que ya no están, el amor por los libros y la presencia de un perro que cataliza todas esas emociones.

No quiero parecer melancólico, pero supongamos que figuras como Shakespeare, justamente por su profundidad, empiezan a ser desplazadas en la era de Twitter y YouTube. Lo sé: las nuevas tecnologías y la aceleración de sus estímulos no deberían ser ligadas a un menor interés literario, pero... En fin, aceptemos por un momento que, por esas cosas que tienen estos tiempos febriles, conviene subrayar de nuevo la importancia de ciertas obviedades.

Pese a que un lector convencional puede hojear este libro como una antología de ensayos, en realidad nos hallamos ante una obra con una línea de continuidad poderosa, profunda, que asume el arte y la deriva histórica de Occidente, y de paso, denuncia los aspectos más superficiales de esta civilización pueril, discordante y sumisa.

Poco más se ha podido añadir a la doble herencia de Tolkien y de Robert E. Howard ‒fundadores, con permiso de Lord Dunsany, de la fantasía heroica y del subgénero de espada y brujería‒ después de que ambos se instalasen en el panteón de los clásicos. Y aunque es cierto que otros cultivadores de ese legado como George R. R. Martin aspiran a la originalidad, lo cierto es que pocos, muy pocos escritores han alcanzado la calidad literaria en ese escenario de bárbaros, princesas y hechiceros.

Al señalar en un mapa imaginario el lugar que corresponde a Muhammad Ali, lo más fácil es poner el dedo sobre el Olimpo. En realidad, es lo más próximo a un mito viviente que ha producido, en los últimos tiempos, la cultura pop. Más allá de sus hazañas deportivas y al margen de ese carisma que conquistó a los intelectuales de su época, Ali vino a ser un titán que parecía salir de un tebeo de Marvel o DC.

Nadie se arriesga tanto en una autobiografía como el impostor cuando emplea la inteligencia para inventarse un pasado. Cuanto más fantasioso es este último, más se obliga el falsificador a ir atando todos los cabos de su historia. Una historia que los demás han de creerse de principio a fin.

Seguramente muchos serán capaces de recordar el modo en que Neil Gaiman se transformó en un autor de culto. Tendrán presente la primera vez que lo leyeron, como una revelación que traía densidad intelectual y magia al cómic superheroico. Y luego, su irrupción en el universo literario, con novelas como Stardust (1999), a medio camino entre el cuento de hadas victoriano y las elegantes fantasías de Lord Dunsany.

Por razones generacionales que muchos entenderán, esta excelente edición de México insurgente me lleva a un lugar de la memoria donde este libro cohabita con tres películas. Las tres llevaron a la figura romántica del periodista John Reed hasta nuevos horizontes.

¿Qué distingue a esta obra de una novela al uso o de una enciclopedia? En realidad, depende de la disposición del lector. Podemos adentrarnos en Leñador como si fuera una poderosa narración biográfica. También podemos disfrutarla como una reflexión vitalista e íntima en torno a los bosques y al oficio de la madera. Y ya puestos a la tarea, incluso podemos hojear el volumen en busca de determinadas entradas de tipo práctico, relativas al universo de los leñadores. Todo ello es válido, y todas esas posibilidades serán igualmente reveladoras para el lector.

He aquí una máxima ejemplar: "De la buena educación nacen los buenos ejemplos". Sigamos con otra: "En los gobiernos bien constituidos, las leyes se sancionan teniendo en cuenta el bien público y no la ambición de unos pocos". Decir que el autor de estas sentencias es Maquiavelo bastará para calibrar la importancia de este volumen.