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Toda la obra de Edna O'Brien (Tuamgraney, Irlanda, 1930) está impregnada de los paisajes de su infancia, del eco de su tierra, de sus padres, sus vecinos y amigos, su vida entera. Es una obra autobiográfica en el mayor, y mejor, sentido de la palabra. En sus libros vuelve a repetir a veces algunos acontecimientos que le han dejado huella, de forma que, sencillamente, sin alharacas, conocemos a la niña Edna, a la adolescente, a la joven y, sobre todo en su último libro Chica de campo, a la mujer y a la anciana. 

Aunque en el mundo occidental nos rige el libre acuerdo entre ciudadanos, expresado en constituciones democráticas, se advierte en muchos votantes un entumecimiento de la sensibilidad, sobre todo entre aquellos que desconocen los cimientos de la política ‒la historia, el derecho, la filosofía...‒ y que, sin embargo, se han acostumbrado a hablar a la altura del experto, entregándose a la charla interminable de internet con un buen arsenal de tópicos, confusiones y noticias falsas.

La tensión entre la curiosidad y el mito, entre lo imprevisible y el estereotipo, o entre la espontaneidad y la estatuaria no supone una contradicción para el cinéfilo. Al contrario. Entre un punto y el otro, dialogan en la pantalla esos personajes que, simple y misteriosamente, parecen reales, y que acaban incorporándose a nuestros recuerdos con mayor intensidad que figuras auténticas.

Lo cierto es que este trío de investigadores ‒Alba Vicente, Ferran Llorens y Àngel H. Luján‒ sabe trazar con meridiana claridad y con mucha gracia la arquitectura de la evolución, desde los cimientos teóricos hasta sus penúltimas bifurcaciones en la naturaleza.

Los lectores tenemos puntos de vista diferentes en relación con Lem. Ninguno de sus admiradores lleva en los bolsillos los mismos adjetivos para valorar su obra. Ese criterio, en muchas ocasiones, depende de la biografía de quien devora sus libros.

En demasiadas ocasiones, lo que leemos acerca de nuestra historia es una consecuencia o subproducto de la leyenda negra. Y esto equivale a observar nuestro pasado por medio de ese denso filtro que viene a ser el prejuicio. Así, cuando le toca el turno a las grandes figuras de la historia militar española, esa épica que se permiten los historiadores franceses o anglosajones desaparece del panorama y queda sustituida por la más colorida de las autocríticas.

Con un criterio estricto, la época victoriana ocupa el reinado de Victoria I, que subió al trono con 18 años en 1837 y murió en 1901, después de llevar la corona durante más de 63 años.

Es un atrevido ejercicio literario tomar una obra maestra y construir una secuela. En el cine esto nunca suele traer buenas noticias, salvo que hablemos de El Padrino, cuya segunda entrega no desmerece de la primera (hay gente que la prefiere) e, incluso, la tercera podría ser considerada obra maestra si se analizara aparte.

En 2004, Patricia Almarcegui nos decía desde las páginas de Revista de Occidente que "la mirada del viajero le ha permitido establecer la relación con el mundo exterior, y esa relación ha modificado su identidad". En opinión de la escritora, el acto de viajar no es tanto un simple nomadeo, sino el establecimiento de "una conexión entre el mundo exterior y la identidad del que se traslada".

El concepto de inmortalidad, ejemplarmente explorado por Alejandro Navarro Yáñez en este magnífico libro, se nos antoja fascinante. Sobre todo, desde el punto de vista de aquellos lectores que recorremos estas páginas con unas cuantas décadas en la mochila.

Este es el segundo libro que la editorial Impedimenta publica de los escritos por Penelope Mortimer (1918-1999). La vida de esta autora es tan interesante como sus propias novelas. Es más, podríamos decir que en esa vida encontró el principal vivero de temas de su literatura. Esos temas se resumen en las relaciones entre parejas y todo lo que circula alrededor. Hay una visión pesimista que es un reflejo de lo que Mortimer había vivido. Ese desánimo bien podía venir, incluso, de su infancia, con un padre escasamente protector, más bien todo lo contrario.

Nada es lo que parece. Si eres uno de esos lectores curiosos que sucumben a la tentación de darse una vueltecita por las últimas páginas antes de terminar... no lo hagas. Te perderías lo mejor. Las vueltas de tuerca de Henry James son peccata minuta comparada con estas.

Delicadeza. Esa es la palabra que me sugiere este libro. Ese es el concepto. Algo delicado pero no exento de verdad, de realidades no siempre aceptadas o entrevistas. El corazón de las nueve estancias tiene en su centro a una mujer y, en derredor, a nueve personas que la han habitado, que la han poseído, entendido o amado de alguna manera. Es un largo poema biográfico con sentido filosófico.

Helen Phillips (Colorado, USA, 1983) es una de las nuevas voces de la narrativa americana. Vive en Nueva York e imparte clases en el Brooklyn College. Este es su primer libro publicado en castellano y antes de él publicó en inglés dos colecciones de relatos.

A mí se me antoja que escribir una novela con la figura central de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, es un atrevimiento, un acto de valentía, un gesto kamikaze.

A pesar de que me considero un escéptico, y de que me empeño diariamente en distinguir la ciencia de la seudociencia y la historia de la seudohistoria, reconozco que mi adolescencia no hubiera sido la misma sin aquellos ensueños que me proporcionaron las películas de Indiana Jones ‒más cercanas al ocultismo que a la arqueología‒, los programas de Fernando Jiménez del Oso, y como postre, los mil y un libros que siguieron la estela de El retorno de los brujos (1960), de Louis Pauwels y Jacques Bergier.

No hay dos lugares iguales en la Tierra. Aunque haya paisajes similares, y la flora y la fauna tengan aires de familia en diversos territorios, los seres humanos que en ellos habitan acaban estableciendo las diferencias. Esa vinculación entre nuestra especie y el hábitat en el que vive es, sin duda, un material literario de primera categoría, como queda de manifiesto en esta soberbia novela que publicó Jim Harrison ‒el autor de Leyendas de pasión‒ en 1988.

A Martin Amis debo mi primera noticia sobre su padre, Kingsley, al que descubrí en su intimidad ‒con su infaltable dry martini y una solemne ironía en cada frase‒ tras leer Experiencia, la autobiografía de Martin. Y aunque algunas páginas de Experiencia parecen un ajuste de cuentas con el pasado, lo cierto es que el personaje de Kingsley acabó pareciéndome casi entrañable, a pesar de sus innumerables defectos.

Aproximar el nombre de Haviland Tuf al de su creador, George R.R. Martin, es, a primera vista, una posibilidad muy tentadora. Si uno lee varias de las muchas reseñas que llevan publicándose de Los viajes de Tuf desde que el libro salió de imprenta, en febrero de 1986, uno de los puntos en común es el paralelismo entre Tuf, corpulento, excéntrico y amante de los gatos, y el propio Martin, que comparte esas tres cualidades con su personaje.

Una escritora como J.K. Rowling puede ser elogiada por muchos motivos, empezando por el modo en que cautivó con sus obras a una generación de jóvenes lectores. Pero más allá de lo que representa en el gremio literario, hay una faceta suya que suele olvidarse: la tenacidad personal.

Este es el cuarto libro que leo de Elizabeth Strout. El primero de ellos fue Me llamo Lucy Barton. Es un libro de encuentros y desencuentros, de vuelta al pasado y de ajuste de cuentas.

Hemos copiado de los estadounidenses el formato de las bodas, esas cursilerías de los lazos, las tarjetas, los vestidos súper pomposos, el ritual de los banquetes..., pero tengo mis dudas de que las familias españolas respondan al mismo estereotipo que las familias medias norteamericanas.

En el prefacio de La conexión cósmica ‒su libro de 1973 que llegó hasta nosotros cinco años después‒ Carl Sagan dejaba clara su postura frente a esa ciencia a la que hemos acabado llamando exobiología o astrobiología, y que plantea la posibilidad de vida extraterrestre sin caer en los delirios anticientíficos de los cazadores de ovnis.

Para el melómano y para el cinéfilo, el repertorio wagneriano no es una simple preferencia sino un elemento imprescindible para comprender las relaciones entre música y cine. De hecho, si no se fijan los parámetros que permitan distinguir los hitos de ese territorio creativo, costará entender la trayectoria de eso que hoy llamamos, con cierta vaguedad, banda sonora.

Llega a las librerías un libro importante: Aforismos del no mundo, del poeta Juan Eduardo Cirlot (1916-1973), en edición de Antonio Rivero Taravillo. La lectura de esta obra comporta serios retos para el lector, sobre todo si, como es mi caso, aterrizó en el mundo de Cirlot a través del ensayo ‒sus escritos sobre arte o su prodigioso Diccionario de símbolos‒ antes de descubrir su obra poética ‒para empezar, los poemarios que constituyeron el ciclo Bronwyn‒. Y hablo de retos porque estos son los aforismos de un filósofo que no escribe con ligereza, o a favor de la marea, sino desde la intimidad de su sabiduría.

Nos hemos separado de la naturaleza y parece que no sabemos volver a ella. Obsesionados con los conceptos simples, la observamos de lejos y la mitificamos ‒a veces con una perspectiva digna de un cuento de hadas‒, evitando ir más a fondo.

Hay algo que convierte la literatura de Cixin Liu en una experiencia singular. Y ese algo pasa por la sofisticación y el trasfondo de su obra, insólita en el campo de la ciencia-ficción contemporánea.

El periodismo de sucesos nos conecta con la esencia oscura del ser humano. Lo notamos en cuanto leemos los detalles de un crimen. Lo notamos al escuchar el desenlace de un juicio o de una investigación forense. Lo notamos, en fin, cuando nos dicen que han tomado en la morgue las huellas de esa víctima que hubiéramos podido ser nosotros mismos.