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Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: Madrid, España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

En 2015, llegó a las pantallas Mañana, un documental codirigido por Cyril Dion y por la actriz Mélanie Laurent. La película, centrada en los protagonistas de ese cambio social que se enfrenta a los grandes retos de la educación, la economía y el medio ambiente, fue un éxito sin precedentes en Francia, y también logró una óptima carrera comercial en otros países europeos.

La lectura de este libro ha de resultar placentera ‒y emotiva‒ para todo amante de la vida salvaje. Resulta sumamente evocador el modo en que Nick Jans desgrana esta historia con cierto tono de fábula, protagonizada por un imponente lobo negro, de prodigioso comportamiento.

“Dos generaciones de españoles, al menos, van a trabajar más y a ganar menos que otros europeos para pagar un sobrecoste de financiación cuyas causas carecen de explicación racional, fuera de los prejuicios protestantes y de la propaganda financiera bien urdida a partir del anticatolicismo y la hispanofobia. Y puesto que nuestros hijos y nietos van a cargar con estos sobrecostes de manera casi irremediable, estaría bien que les contáramos el porqué. Sin negar nunca la amarga verdad: que la culpa mayor la tenemos nosotros, porque no fuimos capaces de defender nuestros intereses y los suyos. Para eso, para ayudar a poner en claro no el pasado, sino el futuro, se ha escrito este libro.”

Entre las rutinas de un científico e ingeniero, no suele figurar la explicación de la cambiante naturaleza de los materiales que pasan por sus manos. Por suerte, Mark Andrew Miodownik está acostumbrado a comprender el punto de vista ajeno, y como divulgador, no tiene inconveniente en mitigar nuestra curiosidad ‒y nuestra ignorancia‒ cuando arqueamos las cejas al oír hablar sobre un lingote de tungsteno o el aerogel de sílice.

Pese a todos los elogios que merecen su genialidad y su técnica asombrosa como pianista, el canadiense Glenn Gould (1932-1982) ha pasado a la intrahistoria de la música como protagonista de un sinnúmero de anécdotas que ha hecho de él un modelo del artista excéntrico.

El budismo, pese a su popularidad en Occidente, continúa siendo un sistema religioso y filosófico que sólo conocemos de forma superficial, y muchas veces, a través de síntesis superficiales y de escaso vigor académico, a veces limitadas a cuatro palabras sobre el yoga. De ahí que la palabra necesario le cuadre tan bien a este ensayo de Juan Arnau (Valencia, 1968), uno de nuestros principales y más prestigiosos divulgadores en el ámbito de la cultura espiritual de Oriente.

George R.R. Martin no es sólo un autor de fantasía, sobre todo si lo interpretamos en la faceta artesana que adquiere este oficio. Es, además, un escritor de asombrosa versatilidad, conocedor de los mil y un nombres que los diccionarios dan a la palabra literatura.

La ciencia, como la vida, hay que tomarla como viene. Manejando las hipótesis de los visionarios con esa duda feliz que impone el método científico. Emocionándonos ante cada hallazgo, o tras la repetición positiva de un experimento. Soñando con la proyección futura de una innovación... Al fin y al cabo, sin conocer todo aquello que la ciencia explica, el conocimiento y la cultura ceden bajo unos cimientos que las humanidades no pueden sostener en solitario.

En la conversación que titularon Solo a dos voces (1973), Julián Ríos planteaba a Octavio Paz una analogía entre el tantrismo y el protestantismo, a la que el escritor mexicano respondía señalando que la oposición entre ambas expresiones religiosas es radical. Pese a ello, Paz hacía este anuncio: "No pienso que vamos a repetir las experiencias espirituales de las religiones y las filosofías de Oriente, pero es evidente que estamos a punto de descubrir ciertas verdades análogas ‒no semejantes‒ a las descubiertas hace dos mil años por los orientales".

Con el hombre de por medio, la situación del medio ambiente se mueve en un equilibrio frágil y los riesgos crecen. Y no hay forma de distinguir entre esas extinciones que tardaron milenios en verificarse y las que, de forma súbita, provoca nuestra especie con un desdén asombroso. La biodiversidad se convierte entonces en la meta de una carrera contra reloj: la que protagonizan, en paralelo, quienes desean salvar el planeta y quienes ignoran todo el daño que nuestra especie puede llegar a causar.

Los más veteranos saben que cuando uno habla de vampiros, lo más importante es contar con un experto que sepa cómo detenerlos. Y esto, créanme, ocurre tanto en la ficción como en ese tipo de pesadillas que contaminan nuestra vigilia. A falta de un Van Helsing dispuesto a afilar su estaca, no se me ocurre mejor compañía, a la hora de entender el vampirismo, que el erudito Augustin Calmet (1672-1757).

Cuando uno lee American Noir, siente que acaban de presentarse los testigos de un crimen, y que un nervioso taquígrafo transcribe sus declaraciones al pie de la letra. En esta antología hallará el aficionado todo aquello que hace grande al género negro. Para empezar, literatura destilada bajo presión y retratos sociológicos dignos de un periodista de sucesos.

El árbol genealógico que enlaza y ordena a los grandes o pequeños cineastas ha ido ramificándose desde 1895, generando una industria poderosa y un culto que se ha convertido en mitología para todos aquellos que citan la cinefilia como parte de su personalidad.

Esa epopeya científica que es ‒y será‒ la exploración del cerebro debería convertirse en una obsesión pública e institucional. Lo merece por sus prometedoras consecuencias en ámbitos como la salud y la educación, y también por el modo en que sus conclusiones irán influyendo en terrenos que van más allá de la ciencia y que atañen a las humanidades y a las ciencias sociales.

La idolatría contemporánea por el presentismo, por ese momento fugaz al que llamamos actualidad y que en tantas ocasiones sólo es un engaño pasajero, nos impide comprender el verdadero sentido y significado del ser humano en el flujo del tiempo, inserto en ese circuito de doble vía que forman la naturaleza y la cultura.

Quizá el lector lo haya comprobado con otras obras. Cada vez es menos anecdótico encontrarse con científicos que superan esa asfixiante ley del embudo que nos condena a una sola especialidad. Se trata de investigadores que, además de mostrar su talento en el laboratorio, acreditan que son unos escritores magníficos.

Nadie duda de que España se inscribe, por lo que tiene que ver con su tradición, con su religiosidad y con su folclore más ancestrales, en ese relato misterioso que explica, con ecos de cripta e interpretaciones heterodoxas, la historia secreta de Europa.

"Como a todos los hombres ‒decía Borges sobre un antepasado‒, le tocaron malos tiempos por vivir". En esas épocas de zozobra, que siempre coinciden con las que conocemos de cerca, son imprescindibles los intelectuales que modifican nuestro enfoque, evitan los lugares comunes como si fueran un residuo envenenado y aluden al quid de cada problema tratando de no perder los nervios.

Un relato histórico del cristianismo implica la revisión de sus vicisitudes a lo largo de los siglos, y en particular, de las relaciones que sus discípulos e intérpretes tuvieron con el Jesús que aparece en el Nuevo Testamento. El filósofo Jesús Mosterín afronta esta formidable labor con inteligencia, claridad y amplitud de referencias.

El árbol genealógico que enlaza a los tiranos y a los genocidas nos permite detenernos en una figura esencial para su auge y consolidación: su propagandistas. Los ha habido mediocres, voluntariosos y eficaces, pero pocos se han adentrado en el territorio de la genialidad. Leni Riefenstahl figura entre estos últimos.

Aunque el volumen que nos ocupa incluye otras piezas magistrales de Henry James, la más conocida y prestigiosa de todas ellas es Los papeles de Aspern (1888).

Hay un sino inquietante en nuestra modernidad digital, que convierte la cultura en un bien consumible ‒en el sentido de la comida rápida‒ tan pasajero y volátil como una de tantas apps que se alojan en nuestros dispositivos móviles.

La novela de David Gistau nos conduce hasta los márgenes de una doble frontera: la que separa los barrios altos de las zonas menos prósperas de Madrid, y la que se alza por culpa de la pantalla televisiva, distanciando a la vida real de esa telerrealidad frívola, engañosa y pasajera.

Si existe un Valhalla de los aviadores, Saint-Exupéry estará sobrevolándolo con su prestigio intacto. Al fin y al cabo, pocos narradores acceden a esa gloria que consiste en ser ellos mismos un personaje novelesco.

Uno siente como si conociese de toda la vida a Jane Austen, cuyo bicentenario, por cierto, conmemoramos en 2017. Ella, como bien sabe la legión de seguidores que cita una y otra vez su nombre, es esa escritora sutil, inteligente, perspicaz y elegante, a la que siempre volvemos cuando el mundo parece perder su cordura.

La editorial Renacimiento ha rescatado una rara avis. Una de esas recuperaciones que suponen una aportación más allá de la propia literatura. Que resultan explicativas de momentos históricos y de formas de vida que ahora ya nos parecen lejanos e imposibles.

Todos los estudiosos de las abejas, incluidos los entomólogos, tienen la costumbre de hablarnos de ellas como si fueran personajes de una saga.

Podemos entender la historia de Argentina como una saga: una sucesión de acontecimientos y una genealogía de personajes que evolucionan en una línea de continuidad. Sin embargo, uno sale de este libro excepcional con cierta sospecha de que la crónica argentina tiene algo de eso que el matemático francés René Thom definió, allá por los años cincuenta, como la teoría de las catástrofes.