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Aventureros al azar de los vientos o lobos sanguinarios que, gracias a las intrigas británicas, castigaron duramente a las plazas españolas en ultramar. De las dos maneras podemos juzgar a esa piratería caribeña que, impulsada por el cine y la literatura, saltó de la realidad histórica a los clichés y las fabulaciones.

Quien dice Venecia, dice arte y literatura. La ciudad no conoce apenas rivales como escenario de relatos y poemas inolvidables, y en este sentido, la percepción de lo veneciano ‒gracias sean dadas a los dioses‒ no depende de los folletos turísticos, sino de la estratificación de muchos recuerdos ilustres.

Ejercicio de agudeza lectora. Adivine cuál de estas dos virtudes corresponde a Impresiones de Irlanda: la corpulencia literaria e intelectual o ese ingenio que se expresa mediante chispeantes paradojas.

Se viene escuchando con frecuencia creciente la necesidad de evitar la interpretación androcéntrica de la historia. Esto apunta no solo a una urgencia ética o social, sino a un imperativo intelectual, sobre todo si tenemos en cuenta que la presencia femenina en los procesos históricos ha sido silenciada de forma lamentable. Hora es, pues, de ampliar el foco, reconociendo qué negativa ha sido esa distorsión del pasado en los textos académicos.

Idealización y realidad. Igual que Irlanda se disfraza de Yeats declamando un poema, de Cúchulainn aprendiendo a manejar la lanza con la druidesa Skatsha, o de Barry Fitzgerald (Michaeleen en El hombre tranquilo) repitiendo aquello de "¡Homérico!", usted o yo nos acercamos a lo irlandés para poner el foco en su poesía, en su épica o en su tradición.

Hay certezas que se publican con una intención pero que acaban consiguiendo el objetivo contrario. Pensemos en el evidente declive de la biodiversidad y en el impacto que sobre ella tiene la irresponsabilidad humana. Lo razonable sería aunar esfuerzos ‒sin fisura alguna‒ para evitar ese naufragio global. Y sin embargo..., bueno, creo que ya adivinan a qué me refiero.

Como cualquier momento es bueno para escuchar a Bowie, e igual tiene (o va a tener) varios de sus clásicos en su discoteca, estará pensando que voy a dedicar estas líneas a glosar sus mejores LPs y videoclips.

A la vista de su larga y colmada trayectoria, uno podría describir la obra del editor y ensayista José Esteban como la intersección entre el amor por los libros y el que demuestra por la cultura española, tanto en su franja más popular como en su aspecto académico.

El malditismo es uno de esos rasgos que soportan bien el paso del tiempo, quizá porque la naturaleza humana aprecia mejor a los genios cuando estos concilian su imponente legado con una vida pública deplorable.

Leí por vez primera a Alexéi Konstantinovich Tolstói (1817-1875) por casualidad, que es la manera en que uno acaba descubriendo siempre a los escritores de culto. Se lo debo a aquella magnífica antología en dos volúmenes que J.A. Molina Foix reunió bajo el título de Horrorscope: mitos básicos del cine de terror (Madrid, Nostromo, 1974).

Leyendo a Anthony Ashley-Cooper, tercer conde de Shaftesbury (1671–1713), uno confirma lo que destacan sus estudiosos: un claro interés por el pensamiento clásico y, en el ámbito ensayístico, una clara afinidad con ese buen criterio que definieron y pusieron en práctica los filósofos estoicos.

En aquellos años en los que aún coleccionábamos elepés, el libro Gödel, Escher, Bach. Un eterno y grácil bucle, de Douglas R. Hofstadter, nos descubrió que la música podía ser estudiada desde un ángulo multidisciplinar, con un efecto aún más satisfactorio si la ciencia contribuía a dicho análisis.

A la manera de Salgari, Karl May brindó a los europeos de varias generaciones un sinfín de fantasías exóticas en las que cada aventura venía a ser un soplo de libertad. De su extensa bibliografía, lo que mejor ha perdurado han sido sus novelas del Oeste: un Far West germánico, animado por todos esos tópicos de la frontera que tanto fascinaron a los alemanes del XIX.

La ciencia tiene innumerables conceptos, pero también tiene una historia. Una historia con muchas fases y niveles de observación. En cada nivel, descubrimos leyes largamente meditadas y hallazgos fortuitos, pero siempre, en cada escala, sus reglas quedan descritas y probadas gracias a ese maravilloso filtro que es el método científico.

Los clásicos... Quién puede negarse a leerlos. Me imagino que si les hablo de una edición bilingüe de los comentarios sobre la Guerra de las Galias, ustedes tendrán que recordar su trayectoria escolar. Quizá una de las muchas líneas que dividen el mundo sea ésta que separa a quienes hojearon ‒o siguen hojeando‒ De bello Gallico con el diccionario de latín sobre la mesa, y quienes han oído hablar de dicha obra pero no han sentido aún el impulso o la obligación de adentrarse en ella.

A todos los lectores de Calvino nos sucede alguna vez. Uno llega a esta o aquella página, con la tranquilidad de estar acompañado por un escritor amable, siempre cordial, pero con la sospecha de que, bajo esa amenidad, se esconde una búsqueda del Grial o una complicada geometría intelectual.

Del mismo modo en que el tiempo va del pasado al futuro, las ilusiones más tenaces van prosperando en el imaginario colectivo, convenciéndonos de que la utopía puede adoptar muchas formas, aunque de momento no terminen de salirnos las cuentas y sigamos convencidos de que el ideal ‒ese ideal utópico‒ aún está muy lejano.

Comienzo estas líneas sin saber qué elogiar primero: si la brillantez divulgativa de Mauricio-José Schwarz o su talento para inocularnos una buena dosis de sentido común.

Si yo les digo que un pensador admirado por Gandhi, León Tolstoi, Frank Lloyd Wright y Martin Luther King, autor de títulos que siguen vendiéndose generación tras generación, fue prácticamente ignorado en su época, es muy probable que ustedes quieran saber el motivo de esa fama póstuma.

Si uno pasa mucho tiempo leyendo a Henry David Thoreau (1817-1862), cosa que les recomiendo, es normal que acabe soñando con la posibilidad de romper ataduras, prescindir de las obligaciones y alcanzar la libertad en lo más profundo de la naturaleza.

¿Qué nos dice hoy Jane Austen? Más que enviarnos un mensaje ‒como esos escritores que aspiran a ser citados en libros de aforismos‒, lo que Austen nos plantea, sin mayores aspavientos, son vislumbres de su realidad. Una realidad marcada por los convencionalismos de su tiempo, pero observada por ella con inteligencia, frescura y generosidad.

Traducidos impecablemente por Susana Carral, los mejores cuentos de Poe reclaman de nuevo nuestra atención, convenciéndonos de que los contraluces, los portones oscuros y los visillos entrecerrados son la mejor invitación que un lector puede recibir.

En la preocupación por la identidad nacional, y salvando los focos de disidencia que suponen los nacionalismos periféricos, el español de hoy tiende a no cargar las tintas. En privado, eso sí, la palabra España se colorea con todo tipo de connotaciones y clichés, positivos o negativos, incluyendo curiosas amnesias que se superan creyendo aquello que sobre nosotros dicen los demás, incluidas leyendas más o menos pintorescas.

Sophia. Sapientia Dei. La Diosa creadora alimentando, de sus pechos, a dos hombres sabios. La Diosa coronada, en quien reside la sabiduría, acogiendo en su seno a aquellos que quieren acceder al conocimiento.

Había una vez una mujer que, a pesar de que en su tiempo se movía airosa de una ocupación a otra, con firmeza, elegancia y talento, pasó desapercibida con el paso de los años, opacada por el brillo del hombre con el que se casó por segunda vez.

Junichiro Tanizaki (1886-1965), es el autor de esta colección de siete cuentos que la editorial Atalanta ha rescatado. Sus obras se caracterizan por la confrontación entre lo tradicional y lo moderno, en primer lugar, algo que es muy usual en los escritores japoneses de su tiempo. Y lo hace del mismo modo en que D. H. Lawrence contraponía en sus novelas y cuentos la civilización de la máquina y la tradición de la naturaleza, añadiéndole un elemento de pureza, de autenticidad, representado en el erotismo y la sensualidad.

Rachel, Pierre y Christine forman un triángulo aparentemente sencillo pero que encierra muchas imperfecciones. Rachel es la muchacha de familia sencilla, con un padre ausente y una madre luchadora, que trabaja desde siempre como secretaria y que ansía una vida mejor.

Imposible decir si en los dos breves encuentros de Franz Kafka y Milena estalló el aleteo que distingue la atracción entre hombres y mujeres. Sus cartas parecen indicar que entre ellos había un lazo más fuerte que la propia contingencia de la vida, pero también nos dicen que ninguno de los dos supo luchar por lo que amaban, o no lograron saber lo que querían o no pudieron huir de ellos mismos.