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Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

El malditismo es uno de esos rasgos que soportan bien el paso del tiempo, quizá porque la naturaleza humana aprecia mejor a los genios cuando estos concilian su imponente legado con una vida pública deplorable.

Leí por vez primera a Alexéi Konstantinovich Tolstói (1817-1875) por casualidad, que es la manera en que uno acaba descubriendo siempre a los escritores de culto. Se lo debo a aquella magnífica antología en dos volúmenes que J.A. Molina Foix reunió bajo el título de Horrorscope: mitos básicos del cine de terror (Madrid, Nostromo, 1974).

Leyendo a Anthony Ashley-Cooper, tercer conde de Shaftesbury (1671–1713), uno confirma lo que destacan sus estudiosos: un claro interés por el pensamiento clásico y, en el ámbito ensayístico, una clara afinidad con ese buen criterio que definieron y pusieron en práctica los filósofos estoicos.

En aquellos años en los que aún coleccionábamos elepés, el libro Gödel, Escher, Bach. Un eterno y grácil bucle, de Douglas R. Hofstadter, nos descubrió que la música podía ser estudiada desde un ángulo multidisciplinar, con un efecto aún más satisfactorio si la ciencia contribuía a dicho análisis.

A la manera de Salgari, Karl May brindó a los europeos de varias generaciones un sinfín de fantasías exóticas en las que cada aventura venía a ser un soplo de libertad. De su extensa bibliografía, lo que mejor ha perdurado han sido sus novelas del Oeste: un Far West germánico, animado por todos esos tópicos de la frontera que tanto fascinaron a los alemanes del XIX.

La ciencia tiene innumerables conceptos, pero también tiene una historia. Una historia con muchas fases y niveles de observación. En cada nivel, descubrimos leyes largamente meditadas y hallazgos fortuitos, pero siempre, en cada escala, sus reglas quedan descritas y probadas gracias a ese maravilloso filtro que es el método científico.

Los clásicos... Quién puede negarse a leerlos. Me imagino que si les hablo de una edición bilingüe de los comentarios sobre la Guerra de las Galias, ustedes tendrán que recordar su trayectoria escolar. Quizá una de las muchas líneas que dividen el mundo sea ésta que separa a quienes hojearon ‒o siguen hojeando‒ De bello Gallico con el diccionario de latín sobre la mesa, y quienes han oído hablar de dicha obra pero no han sentido aún el impulso o la obligación de adentrarse en ella.

A todos los lectores de Calvino nos sucede alguna vez. Uno llega a esta o aquella página, con la tranquilidad de estar acompañado por un escritor amable, siempre cordial, pero con la sospecha de que, bajo esa amenidad, se esconde una búsqueda del Grial o una complicada geometría intelectual.

Del mismo modo en que el tiempo va del pasado al futuro, las ilusiones más tenaces van prosperando en el imaginario colectivo, convenciéndonos de que la utopía puede adoptar muchas formas, aunque de momento no terminen de salirnos las cuentas y sigamos convencidos de que el ideal ‒ese ideal utópico‒ aún está muy lejano.

Comienzo estas líneas sin saber qué elogiar primero: si la brillantez divulgativa de Mauricio-José Schwarz o su talento para inocularnos una buena dosis de sentido común.

Si yo les digo que un pensador admirado por Gandhi, León Tolstoi, Frank Lloyd Wright y Martin Luther King, autor de títulos que siguen vendiéndose generación tras generación, fue prácticamente ignorado en su época, es muy probable que ustedes quieran saber el motivo de esa fama póstuma.

Si uno pasa mucho tiempo leyendo a Henry David Thoreau (1817-1862), cosa que les recomiendo, es normal que acabe soñando con la posibilidad de romper ataduras, prescindir de las obligaciones y alcanzar la libertad en lo más profundo de la naturaleza.

¿Qué nos dice hoy Jane Austen? Más que enviarnos un mensaje ‒como esos escritores que aspiran a ser citados en libros de aforismos‒, lo que Austen nos plantea, sin mayores aspavientos, son vislumbres de su realidad. Una realidad marcada por los convencionalismos de su tiempo, pero observada por ella con inteligencia, frescura y generosidad.

Traducidos impecablemente por Susana Carral, los mejores cuentos de Poe reclaman de nuevo nuestra atención, convenciéndonos de que los contraluces, los portones oscuros y los visillos entrecerrados son la mejor invitación que un lector puede recibir.

En la preocupación por la identidad nacional, y salvando los focos de disidencia que suponen los nacionalismos periféricos, el español de hoy tiende a no cargar las tintas. En privado, eso sí, la palabra España se colorea con todo tipo de connotaciones y clichés, positivos o negativos, incluyendo curiosas amnesias que se superan creyendo aquello que sobre nosotros dicen los demás, incluidas leyendas más o menos pintorescas.

Sophia. Sapientia Dei. La Diosa creadora alimentando, de sus pechos, a dos hombres sabios. La Diosa coronada, en quien reside la sabiduría, acogiendo en su seno a aquellos que quieren acceder al conocimiento.

Había una vez una mujer que, a pesar de que en su tiempo se movía airosa de una ocupación a otra, con firmeza, elegancia y talento, pasó desapercibida con el paso de los años, opacada por el brillo del hombre con el que se casó por segunda vez.

Junichiro Tanizaki (1886-1965), es el autor de esta colección de siete cuentos que la editorial Atalanta ha rescatado. Sus obras se caracterizan por la confrontación entre lo tradicional y lo moderno, en primer lugar, algo que es muy usual en los escritores japoneses de su tiempo. Y lo hace del mismo modo en que D. H. Lawrence contraponía en sus novelas y cuentos la civilización de la máquina y la tradición de la naturaleza, añadiéndole un elemento de pureza, de autenticidad, representado en el erotismo y la sensualidad.

Rachel, Pierre y Christine forman un triángulo aparentemente sencillo pero que encierra muchas imperfecciones. Rachel es la muchacha de familia sencilla, con un padre ausente y una madre luchadora, que trabaja desde siempre como secretaria y que ansía una vida mejor.

Imposible decir si en los dos breves encuentros de Franz Kafka y Milena estalló el aleteo que distingue la atracción entre hombres y mujeres. Sus cartas parecen indicar que entre ellos había un lazo más fuerte que la propia contingencia de la vida, pero también nos dicen que ninguno de los dos supo luchar por lo que amaban, o no lograron saber lo que querían o no pudieron huir de ellos mismos.

Si eres una señora de la limpieza inglesa y dedicas tres años de tu vida a ahorrar libra a libra para comprarte un vestido en Chez Dior... es que tu mente es extraordinaria y tu personalidad única.

Una vez yo paseaba por la carretera de la Estación y encontré en un lateral una especie de establecimiento que vendía cosas, un poco de todo. Al exterior se separaba por una cortina de cuentas de colores, de esas que suenan cuando las mueves. Eran colores fastuosos, brillantes, alegres, algunas cuentas parecían perlas y otras tenían un aire oriental muy llamativo.

En la edición de Salamandra de esta novela de Margaret Atwood (Ottawa, 1939), con la traducción de Elsa Mateo Blanco, la autora revela los pormenores de su creación y algunas de sus intenciones últimas. También, y esto es especialmente interesante, responde a algunas preguntas que se han formulado acerca del libro desde la primera vez que vio la luz.

Nos encontramos ante una publicación que supone una aportación original dentro de la literatura musical. Ted Gioia nos muestra una labor de recolección que sienta precedente para la historiografía del repertorio jazzístico.

Al señalar en el mapa ‒un mapa histórico, se entiende‒ los territorios que constituyeron el Imperio de los Césares, surge una certeza. Se trata del convencimiento de que Roma alcanzó su apogeo con una maquinaria militar, cultural y burocrática perfectamente engrasada.

A diferencia de lo que sucede con otros autores de su tiempo, uno lee a Jane Austen con naturalidad, sin desprenderse de la sensibilidad actual, y sobre todo, sin esa sensación de que hemos de pasar las páginas con un quinqué encendido y con la mano agarrada a la solapa de la levita.

"Cuando murió Diana ‒leemos al comienzo de El mago manco‒, Manuel el Cubano, a quien conocíamos por don Manuelito, cerró la puerta de la casa y se refugió en la última planta del Hotel Las Sibilas. Era un forastero y no tenía amigos. Aun así hubo quien echó de menos sus idas y venidas por la calle de Hurones con el traje de lino impoluto, la corbata de hebilla y un habano entre los dedos. Añoraban su estampa estival y caribeña que le convertía en un viandante improbable en una ciudad de inviernos extremados.

La experiencia soviética emprendió su camino como un estallido libertador y luminoso que, al cabo de los años, reveló su naturaleza liberticida y opresiva. El mito revolucionario y la carnicería del gulag fueron las dos caras de un fenómeno sociopolítico que define al siglo XX, y que dividió irremediablemente a sus intelectuales.