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Desde que en 1818 la escritora inglesa Mary Shelley publicó su novela Frankenstein o el moderno Prometeo, el mito del científico como un ser cuya ambición de conocimiento lo lleva a desencadenar fuerzas que salen de su control y acaban causando un desastre pasó a formar parte de nuestra cultura. (O quizá desde mucho antes: no olvidemos al propio Prometeo, que robó a los dioses el fuego sagrado y se lo dio a los hombres, ni a Eva, que come el fruto del árbol de conocimiento y condena así a la humanidad al sufrimiento.)

En su libro El gen egoísta, de 1976, el biólogo británico Richard Dawkins propuso un punto de vista novedoso en biología: los seres vivos no somos sino el medio que tienen los genes para reproducirse.

El intelecto humano es sin duda la mayor herramienta de supervivencia con que cuenta nuestra especie. Y es ese refinamiento del intelecto humano que conocemos como ciencia, junto con la aplicación del conocimiento que produce a través de la tecnología, lo nos ha permitido extendernos y prosperar a lo largo y ancho del mundo, hasta convertirnos no sólo en una de las especies más exitosas del planeta, sino también en una de las más peligrosas.

La idea de una “inteligencia artificial”, creada por el ser humano, siempre ha causado temor. Las raíces de este temor se remontan al Gólem de la mitología judía, y pasan por el monstruo de Frankenstein: el primero creado de arcilla y animado por uno de los nombres de Dios; el segundo, a partir de cadáveres y vuelto a la vida gracias a la ciencia, mediante la electricidad. Ambos se revelan contra sus creadores y causan caos y destrucción.

El superpoder de la ciencia ficción –la de excelencia– es poder, si no predecir, sí atisbar el futuro: proporcionarnos un vistazo de lo que podría llegar a ser, gracias al incesante progreso de la ciencia y la tecnología.

Vivimos en la era de las fake news, las noticias falsas, la posverdad. Es preocupante cuando se trata de información sobre temas políticos o sociales… aunque podría entenderse, porque en tales asuntos las interpretaciones, los sesgos y la ideología son prácticamente inseparables de lo que nos gusta llamar “los hechos”. Los hechos sociales, inevitablemente, se construyen.

Cuando pensamos en virus, la mayoría de nosotros tendemos a imaginarlos simplemente como “bichos” microscópicos que nos enferman.

Una de las obligaciones del divulgador científico es estar actualizado. Sin embargo, hoy que la ciencia adelanta que es una barbaridad, tal pretensión se torna punto menos que imposible. Incluso cuando los divulgadores logramos estar al día en cuanto a los avances más recientes, un artículo publicado en una revista, periódico o (peor aún) libro quedan rebasados en cuestión de días, cuando se publica en los journals especializados el último detalle sobre el tema.

Rigor científico, por un lado, y amenidad e interés para el lector, por el otro. He ahí los dos escollos que, como Escila y Caribdis, acechan al divulgador científico.

¿Qué es arte y qué no? ¿Cómo distinguir una obra de arte de algo que no lo es? Los posibles criterios son innumerables, y todos dejan algo qué desear.

Es sabido que uno de los problemas de la divulgación científica ‒y de muchas disciplinas jóvenes‒ es que no cuenta con una definición única y universalmente aceptada.

A riesgo de sobresimplificar, puede afirmarse que cuando la mayoría de los investigadores científicos –con honrosas excepciones– se refieren a la divulgación, lo hacen pensando en uno de dos modelos extremos: la cápsula tipo “un minuto de ciencia”, y el artículo amplio y detallado estilo Scientific American.

“Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, es el lema del Hombre Araña. Y pocas cosas hay en el mundo moderno que sean más poderosas que la ciencia y la tecnología.

Siempre será un misterio para mí la razón de que mucha gente confíe, de manera tan plena y con tanta facilidad, en cualquier tipo de remedio milagro que les ofrezca el primer estafador que aparezca, ya sea en anuncios en revistas, radio o televisión. Cristales, perfumes, imanes, pulseras, pastillas, cápsulas de “ajo negro estrella” o de ajonjolí… la lista puede ser infinita y cambia con las modas.

¿Qué tienen en común tres enfermedades poco conocidas que llevan los extraños nombres de leishmaniasis, mal de Chagas y tripanosomiasis africana?

Vengo de una familia de maestros. Quizá en parte debido a eso, siempre he pensado que el principal problema de México es la educación. O, mejor dicho, que la educación es el primer paso para solucionar todos nuestros problemas.

Lee Sedol, gran maestro y campeón sudcoreano del antiguo juego chino de go, sintió que una gota de sudor escurría por su frente. A pesar de poseer el noveno dan –máximo grado del juego –salvo el décimo dan, que sólo se otorga a título honorario–, a pesar de sus 18 títulos internacionales y de tener el segundo lugar a nivel mundial, estaba perdiendo.

El 24 de enero de 2016 por la noche falleció, debido a una hemorragia cerebral, Marvin Minsky: sin duda una de las mentes científico–tecnológicas más brillantes de los últimos 100 años. Es triste la poca atención que se le prestó al hecho en la prensa.
Minsky (1927–2016) fue un genio que, además de ser el principal impulsor del desarrollo del área de investigación conocida como “inteligencia artificial”, participó en muchos otros campos. Construyó sistemas de reconocimiento visual y brazos robóticos sensibles al tacto.

Cualquiera que tenga un mínimo conocimiento sobre cómo trabaja la medicina moderna sabe que, a pesar de su popularidad, la homeopatía no sirve: pese a los innumerables informes anecdóticos sobre su utilidad (“dirán misa, pero a mí me funcionó”) todos los ensayos clínicos controlados que se han hecho para evaluar su utilidad terapéutica revelan que no es más efectiva que un placebo (es decir, es totalmente inútil). 

Las redes sociales son algo que nunca antes había existido en la historia de la humanidad. Son, como he dicho en otras ocasiones, lo más parecido que tenemos a la telepatía: comunicación instantánea (a veces tan instantánea que tuiteamos o publicamos antes de pensar), sin filtros y de largo alcance… y que puede salirse de control y volverse “viral”.

Una de las piedras angulares del método científico, responsable en gran parte de su poder explicativo y predictivo, es el pensamiento crítico.

La ciencia suele dar sorpresas. Muchas veces nos revela cosas que van en contra de nuestro sentido común. A veces profundamente en contra, como cuando la física cuántica nos mostró que las partículas pueden ser al mismo tiempo ondas, que no podemos conocer su posición de manera precisa al mismo tiempo que su velocidad, o que pueden pasar de un punto a otro sin transitar por el espacio intermedio.

En su libro Los ojos de la mente (Anagrama, 2011), el magnífico escritor y neurólogo Oliver Sacks (1933-2015) plantea lo que denomina “el dilema de Wallace” (en referencia a Alfred Russell Wallace, que descubrió, independientemente de Charles Darwin, la teoría de la evolución por selección natural… “Pobrecito Wallace”, decía mi maestra de biología en la Preparatoria no. 6, Palmira de los Ángeles Gómez Gómez).

Había una vez un científico que quería conocer cómo era una célula: cómo estaba formada, cómo funcionaba, cómo se vería si pudiera uno estar dentro. Hasta esa época (los años 50 del siglo pasado) el enfoque más lógico era usar un microscopio; la aparición de los microscopios electrónicos abrió nuevas posibilidades a esta manera de entrar en la célula. 

En una democracia, la opinión del pueblo es soberana. Aunque no siempre las decisiones que se toman colectivamente son las mejores, se asume que muchas cabezas piensan mejor que una, y que llegan a las conclusiones, si no más sabias, sí más justas.

Una gran frustración de los químicos ha sido siempre no poder ver las moléculas con las que trabajan.

Hoy, al hablar de computadoras, todo mundo se refiere a “la nube”. Subir (y bajar) datos a la nube, computación en la nube, servicios en la nube. Pero no siempre queda claro qué qué es la dichosa “nube”. A primera vista parecería que es, simplemente, internet: la red de redes que conecta a las computadoras de todo el mundo.

En un ensayo publicado en 2002 en la Antología de la Divulgación de la Ciencia en México (DGDC-UNAM), el doctor Marcelino Cereijido, prestigiado investigador argentino-mexicano y querido amigo, que además ejerce admirablemente la divulgación científica, describía el proceso por el que los descubrimientos científicos pasan del laboratorio a las revistas especializadas, y de ahí a la prensa general, como una “cascada divulgatoria”.