Cuando pensamos en virus, la mayoría de nosotros tendemos a imaginarlos simplemente como “bichos” microscópicos que nos enferman.

Una de las obligaciones del divulgador científico es estar actualizado. Sin embargo, hoy que la ciencia adelanta que es una barbaridad, tal pretensión se torna punto menos que imposible. Incluso cuando los divulgadores logramos estar al día en cuanto a los avances más recientes, un artículo publicado en una revista, periódico o (peor aún) libro quedan rebasados en cuestión de días, cuando se publica en los journals especializados el último detalle sobre el tema.

Rigor científico, por un lado, y amenidad e interés para el lector, por el otro. He ahí los dos escollos que, como Escila y Caribdis, acechan al divulgador científico.

¿Qué es arte y qué no? ¿Cómo distinguir una obra de arte de algo que no lo es? Los posibles criterios son innumerables, y todos dejan algo qué desear.

Es sabido que uno de los problemas de la divulgación científica ‒y de muchas disciplinas jóvenes‒ es que no cuenta con una definición única y universalmente aceptada.

A riesgo de sobresimplificar, puede afirmarse que cuando la mayoría de los investigadores científicos –con honrosas excepciones– se refieren a la divulgación, lo hacen pensando en uno de dos modelos extremos: la cápsula tipo “un minuto de ciencia”, y el artículo amplio y detallado estilo Scientific American.

“Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, es el lema del Hombre Araña. Y pocas cosas hay en el mundo moderno que sean más poderosas que la ciencia y la tecnología.

Siempre será un misterio para mí la razón de que mucha gente confíe, de manera tan plena y con tanta facilidad, en cualquier tipo de remedio milagro que les ofrezca el primer estafador que aparezca, ya sea en anuncios en revistas, radio o televisión. Cristales, perfumes, imanes, pulseras, pastillas, cápsulas de “ajo negro estrella” o de ajonjolí… la lista puede ser infinita y cambia con las modas.

¿Qué tienen en común tres enfermedades poco conocidas que llevan los extraños nombres de leishmaniasis, mal de Chagas y tripanosomiasis africana?

Vengo de una familia de maestros. Quizá en parte debido a eso, siempre he pensado que el principal problema de México es la educación. O, mejor dicho, que la educación es el primer paso para solucionar todos nuestros problemas.

Lee Sedol, gran maestro y campeón sudcoreano del antiguo juego chino de go, sintió que una gota de sudor escurría por su frente. A pesar de poseer el noveno dan –máximo grado del juego –salvo el décimo dan, que sólo se otorga a título honorario–, a pesar de sus 18 títulos internacionales y de tener el segundo lugar a nivel mundial, estaba perdiendo.

El 24 de enero de 2016 por la noche falleció, debido a una hemorragia cerebral, Marvin Minsky: sin duda una de las mentes científico–tecnológicas más brillantes de los últimos 100 años. Es triste la poca atención que se le prestó al hecho en la prensa.
Minsky (1927–2016) fue un genio que, además de ser el principal impulsor del desarrollo del área de investigación conocida como “inteligencia artificial”, participó en muchos otros campos. Construyó sistemas de reconocimiento visual y brazos robóticos sensibles al tacto.

Cualquiera que tenga un mínimo conocimiento sobre cómo trabaja la medicina moderna sabe que, a pesar de su popularidad, la homeopatía no sirve: pese a los innumerables informes anecdóticos sobre su utilidad (“dirán misa, pero a mí me funcionó”) todos los ensayos clínicos controlados que se han hecho para evaluar su utilidad terapéutica revelan que no es más efectiva que un placebo (es decir, es totalmente inútil). 

Las redes sociales son algo que nunca antes había existido en la historia de la humanidad. Son, como he dicho en otras ocasiones, lo más parecido que tenemos a la telepatía: comunicación instantánea (a veces tan instantánea que tuiteamos o publicamos antes de pensar), sin filtros y de largo alcance… y que puede salirse de control y volverse “viral”.

Una de las piedras angulares del método científico, responsable en gran parte de su poder explicativo y predictivo, es el pensamiento crítico.

La ciencia suele dar sorpresas. Muchas veces nos revela cosas que van en contra de nuestro sentido común. A veces profundamente en contra, como cuando la física cuántica nos mostró que las partículas pueden ser al mismo tiempo ondas, que no podemos conocer su posición de manera precisa al mismo tiempo que su velocidad, o que pueden pasar de un punto a otro sin transitar por el espacio intermedio.

En su libro Los ojos de la mente (Anagrama, 2011), el magnífico escritor y neurólogo Oliver Sacks (1933-2015) plantea lo que denomina “el dilema de Wallace” (en referencia a Alfred Russell Wallace, que descubrió, independientemente de Charles Darwin, la teoría de la evolución por selección natural… “Pobrecito Wallace”, decía mi maestra de biología en la Preparatoria no. 6, Palmira de los Ángeles Gómez Gómez).

Había una vez un científico que quería conocer cómo era una célula: cómo estaba formada, cómo funcionaba, cómo se vería si pudiera uno estar dentro. Hasta esa época (los años 50 del siglo pasado) el enfoque más lógico era usar un microscopio; la aparición de los microscopios electrónicos abrió nuevas posibilidades a esta manera de entrar en la célula. 

En una democracia, la opinión del pueblo es soberana. Aunque no siempre las decisiones que se toman colectivamente son las mejores, se asume que muchas cabezas piensan mejor que una, y que llegan a las conclusiones, si no más sabias, sí más justas.

Una gran frustración de los químicos ha sido siempre no poder ver las moléculas con las que trabajan.

Hoy, al hablar de computadoras, todo mundo se refiere a “la nube”. Subir (y bajar) datos a la nube, computación en la nube, servicios en la nube. Pero no siempre queda claro qué qué es la dichosa “nube”. A primera vista parecería que es, simplemente, internet: la red de redes que conecta a las computadoras de todo el mundo.

En un ensayo publicado en 2002 en la Antología de la Divulgación de la Ciencia en México (DGDC-UNAM), el doctor Marcelino Cereijido, prestigiado investigador argentino-mexicano y querido amigo, que además ejerce admirablemente la divulgación científica, describía el proceso por el que los descubrimientos científicos pasan del laboratorio a las revistas especializadas, y de ahí a la prensa general, como una “cascada divulgatoria”.

Un dicho que detesto dice que “un pesimista es un optimista con experiencia”.

Un adulto le arroja una pelotita a un niño de 3 años y éste la atrapa sin mayor esfuerzo. Un mono ve una rama demasiado delgada y duda en saltar a ella desde un árbol cercano.

En una hoguera, una antorcha o una vela, la combustión del los compuestos de carbono e hidrógeno (celulosa de la madera, parafina) libera energía en forma de calor, principalmente, y también de luz: fotones. Es una forma de obtener iluminación, pero de forma muy ineficiente, y con humo y cenizas.

Hace unos días me atreví a publicar en Facebook una brevísima reflexión: “Hay gente para la que la ideología importa más que los hechos, por lo que si no coinciden con ésta deben «corregirse» o de plano negarse. Y hay gente para la que no. Una persona con verdadero pensamiento lógico y crítico debería pertenecer a la segunda clase.”

Tradicionalmente, el género de ciencia ficción se define por contener elementos científicos más o menos rigurosamente tratados, que mezcla con elementos ficticios para explorar las posibilidades narrativas de dicha combinación.

¿Qué es explicar? Un querido y admirado amigo, el biólogo, filósofo e historiador de la ciencia (además de poetaCarlos López Beltrán, dijo una vez que una explicación es “algo que nos deja satisfechos”. (“Epistémicamente satisfechos”, dirían sus colegas filósofos; una explicación es lo que satisface nuestro apetito por entender.)