Leí en 2003 el mítico libro de Nik Cohn Awopbopaloobop Alopbamboom, publicado en 1969. Se considera que es la primera obra dedicada a la música pop y rock.

En La improbable verosimilitud de Shakespeare me referí a la regla de las tres unidades (lugar, tiempo y acción), atribuida a Aristóteles por los preceptistas del Renacimiento y adoptada por los clasicistas franceses.

Daniel Goleman se refiere en El punto ciego a una zona de sombra que nos afecta a todos. Un punto ciego, un vacío que carece de existencia.

Walter Murch es un editor y técnico de sonido que ha trabajado con Coppola, Zimmerman y Minghela. Es la persona que admiro más últimamente desde el punto de vista intelectual.

Acaba de morir por segunda vez y ya está aquí de nuevo. Freud había sido tirado a la basura en los últimos años, por culpa de los avances médicos, de las nuevas terapias y del tesón de sus discípulos.

Para sacar la contraria y mostrar cierta imparcialidad en estos momentos de felicidad tras unos días horribles, me permitiré citar a un Papa, a Juan Pablo I.

En uno de mis diarios digitales, hablaba del poema If de Rudyard Kipling. Allí me refería de pasada a las ideas de Kipling como abanderado del Imperio Británico y a su caída en desgracia precisamente debido al declive del Imperio: tras la etapa descolonizadora, las ideas de Kipling se consideraron cosa del pasado.

Aparte de los problemas técnicos, el diseño y todo eso, el riesgo es escribir para la galería: es decir, para quedar bien. No equivocarse, no decir nada de lo que uno pueda arrepentirse, no cometer errores de bulto, complacer a todos y especialmente a los expertos o entendidos.

He dedicado al tema de lo superfluo un libro sin duda innecesario llamado Lo único que importa es lo superfluo. En él explico que el avance de la civilización consiste en gran medida  en prestar una atención cada vez mayor hacia lo superfluo, hacia lo innecesario.

Cuando en el artículo Entre el corazón y el cerebro visitaron esta página algunos de los mayores asesinos de masas del siglo 20 (Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot), me pregunté si esos cuatro personajes actuaron movidos por el cerebro y la razón o por el corazón o la pasión.

Jan Kott hace un interesante análisis de la escena de El rey Lear en la que Edgar guía al ciego Gloucester (su padre) hacia un precipicio. No existe tal precipicio, pero Edgar cree que puede curar de su locura al anciano si lo conduce hacia una falsa muerte. Se van arrastrando hasta el precipicio y, finalmente, el anciano se lanza al abismo. Cae y muere. O eso parece, porque, en realidad no hay tal caída.

A William Shakespeare los críticos de su época le acusaban de inverosimilitud porque no respetaba la regla de las tres unidades. La regla de las tres unidades exigía que una obra debía desarrollarse en el mismo lugar, en un espacio de tiempo limitado, un día como máximo, y con una única acción fundamental.

En el artículo de “La línea de sombra”, Patria, me referí a la supuesta grandeza de algunos personajes históricos que, más que en los libros de historia al uso, deberían aparecer en la Enciclopedia del crimen o en la Historia Universal de la infamia que propusiera Borges. Hablé de muchos de esos grandes hombres y de alguna gran mujer que ocasionalmente ha contribuido a esa historia de la ignominia. Una lectora se sintió ofendida y comentó en mi página de Facebook:

Muchos autores han señalado que las crónicas que nos proporciona Tucídides son un antecedente de los reportajes enviados por los periodistas actuales desde la zona en conflicto.

Los expertos no sólo discuten acerca de la verdadera identidad del autor de las aventuras de Sherlock Holmes, sino que también intentan resolver los enigmas relacionados con la vida del detective. Lo hacen con verdadero rigor científico, sin dudar ni por un instante de su existencia, como aquellos turistas que acuden a visitar la casa de Holmes en Londres y preguntan dónde se alojaba la señora Hudson.

El libro de William S. Baring-Gould Sherlock Holmes de Baker Street, pero también otras investigaciones prodigiosas, como la edición de las aventuras del detective atribuidas a Conan Doyle, cuidadosamente anotadas por el propio Baring Gould, o más recientemente por Leslie Klinger, son imprescindibles para cualquiera que desee resolver los misterios planteados por las peripecias de Holmes.

Actuar siguiendo los dictados del cerebro o los del corazón es una dicotomía a la que recurren muchas personas.

Existe alrededor de Sherlock Holmes un terreno para la investigación tan complejo y caótico que resulta difícil presentarlo de manera coherente. Se trata de todas las novelas y relatos en los que aparece Sherlock Holmes pero que no se atribuyen a Arthur Conan Doyle.

En cierto modo, se puede decir que la visión de la historia de Tucídides es más de delante hacia atrás que de atrás hacia adelante:

Se suele decir que la originalidad de Tucídides como historiador reside en que es un autor ‘serio’, ‘riguroso’ o ‘científico’, pero habría que deshacer este malentendido. Dice Strassburger:

En la película de Woody Allen, Balas sobre Broadway (Bullets Over Broadway, 1994), el dramaturgo David Shayne (John Cusack) y sus amigos conversan en una terraza de Greenwich Village. Uno de ellos, Flender (Rob Reiner), propone un dilema clásico:

Los arqueólogos o los historiadores tal vez logren algún día descubrir el origen de esa extraña religión que se conservó en varias decenas de relatos que los hebreos llaman Tanaj y los cristianos Antiguo Testamento.

Cualquier cosa que digamos acerca del mundo supone, necesariamente, una selección y es, por tanto, una simplificación.

Izumi KyŇćka es un escritor japonés que vivió entre 1873 y 1939. Influyó directamente en Kawabata y fue muy admirado por Yukio Mishima.

Enrique José Varona (Camagüey, 13 de abril de 1849 - La Habana, 19 noviembre de 1933) es un filósofo y pedagogo cubano al que no creo que nadie conozca, excepto en las escuelas de filosofía de Cuba. Yo lo encontré por pura casualidad en una de mis búsquedas azarosas en la base de datos de la Biblioteca Nacional.

Al leer un ensayo de David Lodge, supe que la novela favorita de Proust era Un par de ojos azules (1873), de Thomas Hardy. Quiso algún dios generoso que se produjera la feliz coincidencia de que mi hermana tuviera ese libro. Así que lo he leído.

Cuando los lectores se enteraron de la muerte de Holmes al caer junto a Moriarty por las cataratas de Reichenbach, tal como se contaba en El problema final, se negaron a aceptarlo.