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Dice Pierre de Lancre (1553–1631), uno de los más terribles cazadores de brujas de la Edad Moderna: “He aquí la caldera sobre el fuego para fabricar todo tipo de venenos, ya sea a fin de causar la muerte y maleficiar al hombre, ya sea para dañar al ganado; una sujeta las serpientes y los sapos en la mano, y la otra les corta la cabeza y los despelleja, y después los echa en la caldera”.

¿Se puede ser feminista y falangista? Si te llamas Mercedes Fórmica la respuesta es: rotundamente sí.

En octubre de 1898 el káiser Guillermo II de Alemania realizó una visita de Estado al Imperio Turco. Se entrevistó con el sultán y después se dirigió, en el yate Hohenzollern, a Jerusalén; desembarcó en Jaffa (Haifa) e inmediatamente viajó a Ramala (a 15 kilómetros de su destino), donde se instaló. El viaje tenía como finalidad establecer lazos diplomáticos con los turcos, y la excusa de inaugurar la Iglesia luterana del Redentor.

Peter Watson en Historia intelectual del siglo XX dice, al final de un capítulo dedicado a la Francia de finales de la década de 1950, que aquel momento era "... la última ocasión en que pudo decirse que la cultura elevada dominaba una civilización de relieve."

Empecé leyendo esa dedicatoria que Borges escribió a la que fue compañera de vida:

Juan de Goyeneche. Navarro. Del valle de Baztán. Educado en el Colegio Imperial de Madrid, donde los jesuitas formaban a las élites cortesanas barrocas. A finales del XVII fue nombrado tesorero de gastos secretos de Carlos II. Cargo que mantuvo con Felipe V. Porque Goyeneche, por supuesto, perteneció al bando borbónico.

Siguiendo con la tradición inaugurada por Emily Dickinson, Siri Hustvedt habla de “mi Louise Bourgeois”, en referencia a su comunión particular con la artista francesa.

Desde White Zombie, un filme estadounidense de 1932 con el inolvidable Bela Lugosi en el papel de hechicero vudú, los muertos vivos del folklore haitiano no han dejado de acecharnos desde el celuloide, llegando a cobrar dimensiones de pandemia global.

La factoría de superproducciones de épicas medievales no descansa ni un instante: después de El Señor de los Anillos y Juego de Tronos, de su cadena de montaje llegó en 2017 la enésima puesta en escena de las proezas de los caballeros de la Mesa Redonda: Rey Arturo: La leyenda de Excalibur.

Bajo las tierras del Viejo Continente, los objetos preciosos de la Edad de Bronce que afloran por doquier son vestigios de una práctica prehistórica que inspiró las leyendas de la espada Excalibur, de los Nibelungos y de los tesoros moros, así como las sagas de Tolkien. ¿Ofrendas a los dioses? ¿Estrategias para controlar el valor de los metales o medidas de protección en tiempos revueltos?

En el Kunsthistorisches Museum de Viena se conserva un curiosísimo bajorrelieve del siglo XVI, obra del artista alemán Severin Brachmann, que representa, con toda probabilidad, la primera casa de fieras vienesa, antecedente de los actuales zoológicos. Una antigua fortificación medieval, reconstruida por Maximiliano I como pabellón de caza, que su bisnieto Maximiliano II transformó en residencia de Süleyman, el elefante indio que, desde el lejano reino de Kotte, en Ceilán, había llegado a la corte lisboeta en 1542.

Una vez culminada la primera circunnavegación de la Tierra, una vez que aquellos primeros dieciocho hombres desembarcaron en las arenas sanluqueñas, una vez que la noticia se expandió como la pólvora por todas aquellas tierras europeas abiertas, por primera vez, al mundo, fueron muchas las naciones que se afanaron en intentar encontrar una ruta alternativa para llegar a las islas de las especias.

Pues me acabo de enterar que uno de los herbarios medievales más famosos lleva por título Ex herbis femeninis. Se trata, según cuentan los expertos, de un tratado tardorromano o alto medieval basado en el De materia medica de Dioscórides, el más célebre de cuantos sobre medicina vegetal se hayan escrito nunca.

Volver a una novela como Drácula tras años de olvido, equivale a caer de nuevo en el asombro… y en el escalofrío. No en balde, su autor, Bram Stoker, cambió el rumbo de un género que, gracias a él, llegó a la edad adulta. Con todo, en casos como éste, quien triunfa es el personaje, no el escritor.

La cuestión no consiste en si las personas hacen o no una interpretación errónea. La mayoría de la gente no es capaz de formarse ninguna opinión. Una vez un perro le ladró a una máscara que hice;  ése fue el comentario más honorable  que jamás he recibido.

Será en View, en el monográfico que esta revista dedicó a Max Ernst (marzo/abril de 1942) donde Leonora reúna, por última vez, la iconografía que ambos amantes habían tomado como suya propia.

El Indio tenía cincuenta y dos años. El Manco, ocho menos. Entraba El Manco por las puertas de Montilla, Montilla de Córdoba, con el encargo de recaudar la saca del pan, trigo, cebada, garbanzos y habas para abastecer las Galeras del Imperio.

Se cumplía un año de mi viaje a Perú cuando mi amiga Rosa me regaló La tía Julia y el escribidor. Es el único libro que me he leído de Vargas Llosa. Se cumplía un año de aquel viaje iniciático...

Madrid, 21 de marzo de 1989. Esa es la fecha que reza en la primera página de mi ejemplar del Opus Nigrum, de la Yourcenar. Me lo leí con diecinueve años... Entonces, no sabía que iba a ser historiadora de la ciencia, no sabía que iba a especializarme en alquimia, no sabía nada de aquellos Paracelsos, Servets, Campanellas y daVincis que iban a servir de inspiración al Zenón de Marguerite.

Virago: mujer que tiene aspecto, ademanes y actitudes que se consideran propios de los hombres. Mujer que pretende vivir como un hombre. Cuando ese "vivir como un hombre" significa reclamar un espacio propio, un acceso al saber, una imagen exclusiva...

"Este caso ‒escriben José Antonio Marina y María Teresa Rodríguez de Castro en La conspiración de las lectoras‒ comenzó con un comentario que me hizo Carmen Martín Gaite una tarde que conversábamos en mi jardín. Carmiña era una estupenda conversadora, capaz de convertir cualquier cosa en una aventura excitante. Recuerdo el divertido pasmo con que le oí contar sus peripecias en un gélido Archivo de Simancas, mientras buscaba documentación para su libro sobre Macanaz. Hasta tal punto me interesó la historia, que la animé a escribir un relato y titularlo: El rastro del muerto. Había, sobre todo, un misterioso «asunto del chocolate», que ese personaje citaba varias veces en su copioso epistolario, y que tenía en la narración de Carmen un aura tragicómica intrigante".

Dicen, quienes saben, que La Celestina se nota que es una obra escrita por un hombre, porque incluye un conjuro que, al parecer, sólo es cosa de hombres, porque sólo los hombres sabían leer y eran los únicos capaces de practicar la llamada "magia erudita", es decir, aquella que leían en los grimorios, que eran los libros donde se enseñaban estas cosas de invocaciones y círculos mágicos trazados con cuchillos...

José Ramón tiene 46 años y es catedrático de Química en la Universidad de Barcelona. Marcelino tiene 15 y es un prometedor estudiante. Marcelino es hijo de su padre, el catedrático de Matemáticas Menéndez Pintado, que fue alcalde de Santander durante el bienio progresista. Marcelino padre y José Ramón son amigos, pasan los veranos juntos en Castropol. Cuando llega el momento de que Marcelino hijo vaya a la universidad, su padre se decanta por Barcelona y pone el destino de su hijo en manos de su amigo.

Dice Francisco Blasco de Lanuza que, en el mismo instante en que Dios cría su alma, cada ser humano cuenta con un ángel de la guarda que le protege pero, en su infinita magnanimidad, el mismo Dios permite a su ángel caído, al bello Lucifer, ponerle un demonio, para que siempre le persiga. Y así, ángel y demonio pugnan, a lo largo de toda la vida del ser humano, por hacerse dueños de sus decisiones. El hombre nace libre para decidir. El demonio es libre de tentar. La decisión última de caer o redimirse siempre está en la conciencia humana.

La primera vez que escribí sobre John Dee fue allá por el 2003, cuando estaba redactando mis Magos y Reyes, el sexto de mis libros. El bueno de John Dee, que ha pasado a la historia por sus supuestas conversaciones con ángeles. Unas conversaciones para las que necesitaba un intermediario, que no era otro que Edward Kelley, un ayudante de boticario que decía tener capacidad para entrar en trance y ponerse en contacto con toda suerte de espíritus.

Después de pasar unos días maravillosos en Rubielos de Mora, decidimos acercarnos hasta Albarracín, un punto pendiente en nuestra geografía como historiadores. Porque en Albarracín murió Bernardino Gómez Miedes, uno de esos españoles del XVI que tumba cualquier leyenda negra de medio pelo. Porque la leyenda negra, como tal, no existió. Es una invención más de los enemigos acérrimos del mayor imperio que había visto aquella Europa renacentista. Imperio, palabra maldita. Pero ese es otro tema, no el que hoy quiero contar.

Giacomo Boncompagni (1548-1612). Hijo natural de Ugo Boncompagni, futuro Gregorio XIII, el Papa que culminó la Reforma Católica emanada de Trento, el del Calendario Gregoriano.

El célebre Sacco di Roma (1527), la semana negra de mayo en la que Roma se transformó en un sindiós de horror, suele ser descrita como el acto de fuerza con el que Carlos I de España y V de Alemania demostró al Papa de Roma quién era el verdadero amo.