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Manuel Machado (1874–1947) es un poeta que ha pasado a lo largo de casi cien años por muchos momentos, desde el encumbramiento al olvido. Nacido en Sevilla, estudió en la Institución Libre de Enseñanza, pasó dos años en París (1898– 1900) y publica, para comenzar el siglo, uno de los libros más importante de nuestra poesía modernista con ecos parnasianos: Alma (1902), donde ya es visible algunos de los tonos que luego aparecerían en El mal poema (1909).

Un fantasma recorre las televisiones, como si la televisión misma no fuera una colección de fantasmas: los programas que juegan a reality show y reúnen en un espacio cerrado a un grupo de personas seleccionadas por escrutinio, que deben convivir cierto tiempo y ser suprimidas del conjunto por voto de la audiencia, una por una. Finalmente, el solitario persistente gana el concurso.

En una conferencia madrileña, Claudio Magris recordó la siguiente escena: durante cierta clase, mencionó el nombre de Marilyn Monroe y una alumna le preguntó quién era la mencionada. «Me sentí desconcertado» comentó Magris «porque para mí la Monroe es como Don Quijote, una referencia ineludible».

El almanaque reunió, no sin razones, las fechas de nacimiento de dos músicos americanos en 1899. En Buenos Aires, Julio De Caro; en Washington, Edward Kennedy Ellington, para siempre rebautizado Duke.

El renacentista Pedro Mexía nació en 1497. Poco importan las precisiones de las fechas. En este caso, es relevante otra precisión, la de época.

La aparición del cine sonoro fue musical, con El cantor de jazz protagonizado por Al Jolson. La nueva modalidad del arte luminoso, que abandonaba para siempre la mudez, exigió el concurso de actores que fueran cantantes, tomados del mundo de la ópera y la opereta, la comedia musical y la zarzuela. Debían ser fotogénicos, eventualmente bellos, tener técnica vocal aunque no necesariamente unos medios generosos.

En abril de 1847 y en Santiago de Chile apareció la primera edición de Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos de Andrés Bello. No faltan especialistas que la consideran, a pesar de su siglo y medio de rodaje, la mejor gramática de nuestra lengua.

Kanon llamaban los griegos a un tallo, una varita y también a la regla y la norma, porque las varitas sirven para medir, para regular. Los latinos extendieron las acepciones y llamaron canon a las contribuciones, leyes y tributos. Un tubo de máquina hidráulica era, en Roma, algo canónico,como después fue el tubo del cañón. En la música, el canon es la repetición fugada de una frase melódica.

Con cierta parsimonia pero también con regularidad, se reponen algunos títulos del teatro de Alejandro Casona (1903–1965). Siempre fue un mimado de los públicos. En los años de la República, con La sirena varada y Nuestra Natacha (filmada en España y en la Argentina) y, luego, en el exilio al cual lo obligó su actuación en las Misiones Pedagógicas.

En las décadas de 1930 y 1940, Eduardo Mallea era lo que hoy se suele denominar un escritor de culto. No concitaba grandes públicos pero tenía fama de grave y hondo meditador sobre el ser nacional argentino y hasta consiguió ser conocido fuera de su país, extremo infrecuente para un letrado sudamericano. Luego, su estrella perdió luminosidad y actualmente, más que a la literatura, pertenece a la historia de la literatura, como dice su contemporáneo Borges.

Escribió José Ortega y Gasset en 1932, prologando una edición de sus obras: «Toda vida es secreto y jeroglífico. De aquí que la biografía sea siempre un albur de la intuición. No hay método seguro para acertar con la clave arcana de una existencia ajena».

En su libro sobre Shakespeare (Shakespeare. La invención de lo humano, traducción de Tomás Segovia, Anagrama, Barcelona) Harold Bloom intenta redefinir el humanismo, situando al escritor inglés en la caracterización esencial de nuestro concepto de lo humano.

A Émile Zola (1840–1902) le tocó morir cien años después del nacimiento de Víctor Hugo. Los reúnen no sólo las fechas sino también esa suerte de apostolado laico, muy francés de otros tiempos, que hace del intelectual un servidor de la verdad intemporal, la verdad que intentamos saber sin acabar de saberla. Por ello, la verdad se va haciendo historia. Pero mientras Hugo, hijo de un general de Napoleón, tiende a la conciliación bonapartista y su gran enemigo es el sobrino del Emperador en cuanto se cree un nuevo Emperador, Zola nos propone la disidencia como vocación y como rasgo del intelectual.

Nacido en Honduras pero mexicano de hecho, pues desde México hizo toda su carrera literaria, Augusto Monterroso (1921–2003) es, tópicamente, uno de los maestros del cuento breve en nuestra lengua.

Ya no podemos leer a Verne como ficción científica. Sus cálculos y prospecciones han sido contradichos o confirmados por la ciencia moderna y sus tecnologías. En el primer caso, han resultado fantásticos; en el segundo, trivializados por la realidad.

Hace años, se pudo recorrer en la Biblioteca Nacional de Madrid una exposición compuesta de 146 grabados, un libro y un par de planchas de cobre debidos a la mano de Rembrandt. Las piezas fueron cedidas por la institución homónima de París.

Pedro Berruguete pintó en alguna fecha del siglo XV el cuadro Santo Domingo de Guzmán y los albigenses. El santo comparece en su mitad izquierda, coronado por la pertinente aureola y señalando una hoguera alimentada por unos libros, suponemos que heréticos.

Dijo Heráclito hace algunos siglos que «todo sucede según discordia». Demos por bueno que lo dijo con estas palabras castellanas. La herencia filosófica de Occidente les debe mucho.

Toulouse-Lautrec, aunque evoque, con cierta puntualidad, unos ambientes lejanos en el tiempo, parece, como dice el entusiasmo del espectador capaz de entusiasmarse, «recién pintado».

La noticia de la muerte de Maurice Blanchot (1907–2003), casi centenario, dejó perplejo a más de uno. ¿Con que estaba vivo? En efecto, nunca supimos si el escritor pertenecía aún al mundo del tiempo, tan exquisita y eficaz fue su manera de existir sin estar.

Robert Craft, amigo y colaborador de Stravinsky en las últimas décadas de su vida, formuló una doble batería de preguntas que el maestro contestó meditada y cuidadosamente, y que aparecieron reunidas en un solo texto: Conversaciones con Igor Stravinsky (Alianza, Madrid, 1991).

"Leyendo y releyendo, a lo largo de los años, a Wilde, noto un hecho que sus panegiristas no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde, casi siempre, tiene razón”. Son palabras de Borges, uno de los innumerables admiradores del dramaturgo, poeta y ensayista Oscar Wilde (Dublín, 16 de octubre de 1854 – París, 30 de noviembre de 1900). Figura esencial de la Inglaterra victoriana, Wilde fue un esteta de compleja personalidad, cuya vida dio un peso añadido a su obra. Pero ¿quién era, realmente, ese Oscar Wilde que ha pasado a la historia como dandy y como mártir?

Pionero de la novela policiaca y de la ciencia-ficción, renovador de la literatura de horror y maestro del relato. Esos, entre otros, son los méritos que distinguen a Edgar Allan Poe (Boston, 19 de enero de 1809 - Baltimore, 7 de octubre de 1849).

Como toda biografía barroca, la de Diego Velázquez parece pintada por un tenebrista. Abundan en ella las oscuridades y los embozos, y poco se sabe en cuanto a personajes y momentos esenciales de su vida.

Para unos cuantos millones de niños dispersos por el mundo y concentrados en las salas cinematográficas, la música empezó siendo Korngold. Sin prestar apenas atención a su nombre, porque en los créditos de las películas, normalmente, sólo se buscaba la constelación de las estrellas.

En 1868, el general Juan de la Pezuela, conde de Cheste, acabó una traducción en verso rimado de la Divina Comedia. Por razones probablemente políticas, no se publicó hasta 1879, con un prólogo de Mariano Roca de Togores, marqués de Molíns.

En uno de los habituales deslizamientos semánticos frecuentes en su profesión, ciertos periodistas han tomado por sinónimos el multiculturalismo y el pluralismo cultural, propio éste último de las sociedades donde existe un estatuto de las libertades públicas.

La vieja costumbre de dividir el tiempo histórico en unidades regulares y adjudicar a cada una de ellas un sentido predominante, nos hace admitir con facilidad, por ejemplo, que el siglo XVI fue el del humanismo; el XVII, del barroco; el XVIII, el de las Luces; el XIX, de la revolución y la reacción, etc.