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Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: Madrid, España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

El estío es vago, como decía Ortega. De contornos inciertos, haragán, presto a la divagación. Me echo a andar por la ciudad hacia el atardecer. Carguemos las tintas: el anochecer. Ya en plena tarde, al volver de mi empleo, he visto las calles inusualmente despejadas.

He visto, en medio siglo, pasar el humo del tabaco del castigo al castigo, dejando en el centro una época de “permisionismo” que, más o menos, coincide con mi juventud.

A Josep Pla, el escritor ampurdanés, le tocó morir en 1981, el 23 de abril, mismos día y mes en que lo hicieron Cervantes y Shakespeare, en envidiable coincidencia. Más de uno quisiéramos repetir esa fecha, aún a costa de la vida, puesto que, de todas maneras, la tenemos que entregar alguna vez.

Parcialmente, la obra de Vicente López (1772 - 1850), pintor de cámara del rey en tiempos de Fernando VII, coincide con la de Goya. Algunos de sus modelos son comunes. Rasgos y jerarquías se reconocen con facilidad en la coincidencia de las modas.

La evocación que sigue tiene una fecha: noviembre de 1988. Es entonces cuando pasa fugazmente por Madrid Alberto Moravia, que morirá no mucho después, el 26 de septiembre de 1990.

El azar, complicado con viejas costumbres, ha hecho que me cayeran en las manos dos relecturas: los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega (¿reales de realidad, de realeza?) y las Lecciones sobre la filosofía de la historia universal de Hegel. He tenido la impresión de que el Inca era un hegeliano antes de tiempo (unos trescientos años).

Hablando con mi amigo el catedrático, es curioso comprobar que, pese a la distancia geográfica (Buenos Aires y Madrid), la coincidencia generacional hace que parte de nuestras memorias coincidan. El punto más agudo de coincidencia está vacío: el París de mayo del 68. Allí no estuvimos ni mi amigo ni yo.

Desde su inauguración, el 8 de octubre de 1992, la colección Thyssen completa los agujeros del coleccionismo madrileño.

Con esto de los negocios sucios pactados en el Canal de Isabel II ‚Äí¿aguas potables, aguas negras, grifos o cloacas?– recordé un viejo filme del realismo social argentino, dirigido por Hugo del Carril en los años cincuenta del siglo pasado: Las aguas bajan turbias. Siguiendo con la figura hídrica llegué a las lágrimas de Esperanza Aguirre declarando en una sede judicial.

Stefan Zweig y Robert Musil: dos típicos austriacos de fines de siglo y, al mismo tiempo, dos opciones estéticas y sociales alejadísimas entre sí. Eran polos opuestos (¿los hay que no lo sean?) y, por ello mismo, de necesaria correspondencia. Se me ocurrió ocuparme de ambos en un solo texto, como el presente. Ofrecí, en vano, a varios periódicos de Madrid, la nota. En algunos casos, me parece que el jefe de página confundía a Musil con un modelo de coches Opel.

Que nadie tema una disertación sobre literatura rusa del siglo XIX. No, algo más cercano: el desarme, real o ficticio, de la ETA. Hay un discurso que propende a una paz justa y duradera, sin humillados ni resentidos. La guerra ha terminado y ETA, movimiento nacido del pueblo vasco, devuelve al pueblo vasco las armas que de él recibió.

Hace medio siglo que murió Azorín. Es pertinente hablar de siglos cuando se trata del escritor alicantino afincado en Madrid. Nació en el XIX, llegó mozo al comienzo del XX y murió en su segunda mitad.

En el número 801 de Cuadernos Hispanoamericanos publica Patricio Pron “Trayéndolo todo de regreso a casa”, un texto inteligente y certero que merece una apostilla. Su tema es claro: la pertenencia/impertinencia a la literatura argentina de los escritores nacidos en tal país pero que viven fuera de él.

Es habitual considerar que la miscelánea es un género subalterno de la literatura, cuando no un cajón de sastre que rehúsa ser un género. Un recopilador hacendoso busca y rebusca textos sueltos y dispersos y encuaderna con ellos un volumen.

En 1888, las conferencias de Georg Brandes en Copenhague empiezan a poner de moda la obra de un filósofo ignorado, un profesor de filología aficionado a la música que edita sus opúsculos en tiradas ínfimas para repartir entre los amigos y someter a la indiferencia de los libreros: Federico Nietzsche.

Han ido apareciendo en algunos puntos de Europa unos prostíbulos que, en lugar de pupilas de carne y hueso, ofrecen a sus clientes una suerte de muñecas de materiales sintéticos. Tienen la consistencia, la temperatura, la tersura y la flexibilidad del mejor organismo estándar de nuestra especie.

Alejamiento del mundo, ensimismamiento, sospecha de que la realidad aparente de las cosas no sea su verdad última, son rasgos de comportamiento que, sin excesiva dificultad, permiten apuntalar una ideología religiosa.

Goethe cumplió ya sus primeros 260 años. Aunque su soporte físico haya muerto hace más de un siglo y medio, el constante retorno a sus libros autoriza a celebrar su aniversario.

En 1771, el joven Goethe había terminado Götz van Berlinchingen, el de la mano de hierro. No halló editor para esta temprana novela dramática, que se publicó en 1773 sin nombre de autor ni pie de imprenta.

La vieja costumbre de dividir el tiempo histórico en unidades regulares y adjudicar a cada una de ellas un sentido predominante, nos hace admitir con facilidad, por ejemplo, que el siglo XVI fue el del humanismo; el XVII, del barroco; el XVIII, el de las Luces; el XIX, de la revolución y la reacción, etc.

El viaje de San Brandán, de Benedeit, es un texto de principios del siglo XII, perteneciente al área de cultura anglonormanda, tiempo y lugar de donde surge el moderno roman, narración en verso o en prosa que utiliza la lengua vulgar como literaria y señala el fin de la lingua franca y el comienzo de las culturas nacionales europeas. Si se quiere optar por el rigor: culturas protonacionales.

De los múltiples géneros y tópicos del periodismo, uno muy especial es el de la necrológica. Es un tipo de nota en que un vivo intenta señalar que sigue vivo frente a un congénere que ya no lo es. Es decir que el protagonista de la prosa es el superviviente y no, como sería del caso, el occiso.

Hace cien años Marcel Duchamp expuso en una muestra de objetos artísticos un pissoir (léase meadero) destinado a dar que hablar, tanto que la Revista de Occidente acaba de dedicar una sección monográfica al secular evento.

Una casualidad editorial me ha permitido leer a la vez un par de libros temáticamente ligados: Der deutsche Glaubenskrieg. Martin Luther, der  Papst und die Folgen, de Tillmann Bendikovski (Bertelsmann, Munich) y Los numerosos altares de la modernidad. En busca de un paradigma para la religión en una época pluralista, de Peter L. Berger (traducción de Francisco Javier Molina de la Torre, Sígueme, Salamanca).

Un poco de todo hay en Volar en círculos. Historias de mi vida de John Le Carré que, traducido por Claudia Conde, ha editado Planeta en Barcelona. A una serie de crónicas  sueltas, mayormente prescindibles, se añade un par de capítulos de autoanálisis, imprescindibles. No sólo guardan al fino y encarnizado investigador de sí mismo sino que permiten pensar acerca de la calidad vocacional de cierto tipo de escritor, el que podríamos llamar escritor espía. Me atrevo a pensar que es generalizable y decir que cualquier escritor lo es.

Fue famoso el tópico de que España eludió ambas guerras mundiales. En parte, se lo derogó al considerar que la guerra civil fue una suerte de primer episodio de la segunda. Pero queda en el aire considerar en qué medida, oblicua pero efectiva, la llamada en un principio Guerra Grande o Guerra Europea no ocurrió asimismo en España.

Recorriendo la exposición de los pintores fovistas franceses y suizos que ofrece la Fundación Mapfre, un amigo insistió en el tema de la inmediata expresividad de los colores.

Soy aficionado a la ópera y concurro a este tipo de espectáculo desde mediados de los años cincuenta del pasado siglo. La primera vez que vi una ópera fue en el teatro Colón de Buenos Aires. Era Mefistofele de Arrigo Boito. Me desilusionó el Demonio porque noté que no se hundía en la tierra, sino que abrían una trampilla cuadrada y bajaba por un ascensor oculto. En cambio, en la escena de la feria me encantó ver pasar un asno conducido a pie por un chico y un monje montado del revés y arrojando monedas a la plebe. Quiero decir que exhibir el artilugio me decepcionó y la verdad del animal me persuadió.