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Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: Madrid, España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

Juan Carlos Onetti se murió en 1994 cuando practicaba su sereno encierro de alcoba, leyendo novelas policiacas por las noches, durmiendo de día, bebiendo whiskies difíciles de contar, tomando esporádicos trozos de lemon pie y batidos de yogurt.

La pintora gerundense Remedios Varo vivió un largo exilio en México. España recupera a una figura casi desconocida aquí, a menudo confundida con la poderosa corriente del surrealismo femenino mexicano de Frida Kahlo y Leonora Carrington.

El tamaño de mi esperanza es una miscelánea que Borges dio a conocer en 1926 y cuya exhumación prohibió de por vida. Es discutible que se den póstumas las páginas que un escritor repudió. En cualquier caso, son parte de su historia y documentan acerca de su formación.

Hidalgos y samurais: España y Japón en los siglos XVI y XVII (Alianza, 1991), de Juan Gil, es un libro informadísimo, curioso y divertido que cuenta las relaciones hispanojaponesas en los siglos XVI y XVII.

En México y en 1953, Luis Buñuel dirigió una adaptación de Robinson Crusoe. La película, cuyos negativos originales se dan por perdidos, fue reconstruida, con las limitaciones pensables, por la Televisión Española (1989). Faltan fotogramas y, por momentos, las secuencias se tornan espasmódicas y tartamudas. El color vacila al cambiar de rollo, y esto es bueno, porque acentúa la gesticulación onírica que Buñuel esboza a ratos.

En El Dorado (1988), Carlos Saura parece cambiar bruscamente de talante, dejando a un lado el intimismo crítico de su primera época, ligada a la dictadura, y la exploración, en parte musical y coreográfica, de ciertos mitos españoles, de su segunda época. Con El Dorado entra de lleno en la superproducción histórica, tomando como asunto la aventura de Lope de Aguirre.

En la introducción a la primera parte del Quijote, Cervantes señala que el libro «...se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido hace su habitación.»

En abril libros mil, podríamos decir cambiando algo el refrán; o mejor: los mil y un libros. Ese uno final equivale a los días que se le suman a ciertas condenas: no son días, son la posibilidad infinita. Pero la condena de los libros es una liberación: la entrada es salida.

En la Fundación Juan March dictó Jean Canavaggio un cursillo sobre Cervantes (febrero de 1997). Canavaggio es, quizá, el único biógrafo moderno del escritor. Y no han faltado a Cervantes narradores, encabezados, en España, por Luzán.

El cine es, quizá, el único arte que, estrictamente, ha creado la cultura de la industria. Sería impensable sin ella, aunque los aportes de otras artes precedentes, de la pintura a la historieta, pasando por el teatro, la novela, el ballet y la ópera, fueron decisivos en cuanto al contenido de las imágenes.

Terminada la cena, papá decía: «Vamos al cine». Las mujeres de la casa retocaban sus peinados y todos enfilábamos hacia la calle. En mi recuerdo, siempre es una noche de primavera y caminamos bajo árboles recién rebrotados. Por entonces, en cualquier ciudad, a menos de un kilómetro se contaba con un cine de barrio.

Para la edición española de su libro de 1969 Styles of Radical Will (Estilos radicales, traducción de Eduardo Goligosky, Alfaguara), Susan Sontag (1933-2004) escribió un breve posfacio, donde defiende la radicalidad de los años sesenta frente a esta otra, radicalmente conformista década de los noventa.

Colón es un hombre del que no tenemos ni un solo retrato fidedigno. Un hombre sin “imagen”. Y no es porque su época se lo impidiera. Al contrario, el Renacimiento fue, entre tantas cosas, una cultura de la individualidad: la vida privada, lo interior, la diferencia entre sujetos individuales.

A mediados de los sesenta, cierta izquierda nacional argentina reivindicó la figura de Evita Duarte, la segunda mujer de Juan Perón: su jacobinismo, su rebeldía ante las convenciones, su tarea de beneficencia, su feminismo. Esta relectura de Evita coincidió, hacia 1970, con la moda camp que volvió su mirada enternecida a la moda de 1940.

Apunto unas sabrosas reflexiones de Italo Calvino, tomadas de una publicación de Tusquets (Por qué leer a los clásicos). De jóvenes, todo nos ocurre por primera vez, hasta el encuentro con los clásicos. Por eso, es normal que no los reconozcamos como tales.

Clásico es, para Calvino, un libro que no se lee, sino que se relee, pero con la sorprendente facultad de evitar toda prelectura profesoral. Así, la relectura es descubrimiento y el clásico produce la impresión de la juventud en obra, de lo «recién hecho».

Un artículo de George Steiner («¿El ocaso de las humanidades?» en Revista de Occidente, diciembre de 1999) remite, una vez más, al tema de la importancia que cobran las crisis en la historia de la cultura.

Febrero de 1992. Simposio de críticos y teóricos de la literatura en Granada. Como siempre, lo más jugoso ocurre en los pasillos: chismes, o sea relatos míticos, de cátedra y de cama. Varios profesores, orillando la indignación, me hablan de un libro de George Steiner, Presencias reales, que también estoy leyendo. La traducción de Enrique Lynch, incisiva, queda fuera de discusión.

El maestro de Monterrey pasó en Madrid los mejores diez años de su vida y contribuyó a descubrir una capital digna de la viñeta literaria, a recuperar a Góngora, a presentar a Chesterton, a releer al Cid y al Arcipreste, lejos de las contiendas europeas y mexicanas, en una España que prolongaba su bella época sin pensar en males mayores.

Una nutrida investigación de Juan Gil (Mitos y utopías del Descubrimiento, tres volúmenes coeditados en 1989 por Alianza y la Comisión del Quinto Centenario: Colón y su tiempo, El Pacífico y El Dorado) permite volver, por si no se hubiese hecho nunca, sobre las mitologías que alentaron los viajes a las Indias a partir de los tardíos años del Cuatrocientos.

Uno de los más fascinantes enigmas de la cultura occidental consiste en observar la escasez de datos biográficos que se conservan de tres protagonistas literarios como lo son Dante, Shakespeare y Cervantes.

No contamos con un retrato fiable de Cervantes. Pienso, enseguida, en un personaje coetáneo, un protagonista del barroco español: Diego Velázquez, el pintor que nunca se dejó retratar.

Salomé apasionó a los decadentes del XIX, y volvió en ese otro fin de siglo, el que va del XX al XXI, mucho menos provisto de decadencia que el otro. La decadencia es una manera de conocimiento, también, acaso vinculada con lo siniestro: decaer es ir a la profundidad, bucear en el abismo.

Muchas son las lecturas que provoca Salomé. No casualmente, han imaginado a la princesa de Judea pintores como Gustave Moreau, Tiziano, Henri Regnault, Federico Beltrán-Masses y Georges Rochegrosse.

Bertolt Brecht fue modelo y, a veces, ídolo del teatro vanguardista y revolucionario de los años cincuenta. Sus acciones habían caído junto con la caída de aquellas certezas; la vanguardia ha sido sustituida por el anacronismo y los revolucionarios se instruyen en marketing.

Josef von Sternberg (1894–1969), director aparentemente austrohúngaro (criado en Nueva York y que hablaba mal el alemán), nació más o menos cuando el cine mismo. Su firma se confunde con la imagen de Marlene Dietrich y tal vez haya un equívoco y una justificación en estos retratos sobreimpresos.

El mundo referencial de Borges es mínimo; su capacidad anecdótica, imperceptible; la ausencia de notas corporales en su literatura la empuja a la aridez del desierto que rodea al anacoreta; su obsesionante recaída en lo abstracto la dota de una imperturbable y confesa monotonía.

El 7 de enero, de 1839, François Arago presentaba el daguerrotipo como una novedad ante la Academia de Ciencias de París. España se agregó precozmente al invento, pues el primer ensayo se hizo el 10 de noviembre siguiente, en Barcelona. El 18 se “daguerrotipó” el Palacio Real madrileño, pero la pieza se ha perdido.