Trestesauros500

Hubo un tiempo, digamos a mitad del siglo pasado, en que los espectadores infantiles íbamos a los cines de barrio con un código estricto de géneros. Las películas eran de tiros, de época, de aventuras, de santos, de romanos, de risas y de llorar.

En estos últimos doscientos años, Marx ha gozado de una popularidad cercana al folclore, es decir que ha terminado padeciéndola. Hoy, el adjetivo marxista es sólo traslúcido para los miembros de una determinada secta que se declara tal o para la policía de algún país que pretenda librarnos del marxismo. Por lo demás, internarse en Marx y sus derivas es una fascinante exploración, aunque la densidad de sus vegetaciones resulte a menudo asfixiante.

La obra de Antonio Machado lleva más de un siglo de lecturas y este ejercicio temporal sigue armonizando con su visión el mundo, una multiplicidad en movimiento, hecha, según decían los músicos antiguos, de tientos y diferencias. Ha sido objeto de memorialistas (Pérez Ferrero), de documentados biógrafos (Sesé, Gibson), de innúmeros tratadistas, profesores y monógrafos, y hasta de cantautores que se atrevieron a melodizar sus versos. Faltaba un lector que fuera, a la vez, poeta y ensayista, es decir un tentador de saberes. Es el hueco que llena el reciente libro de Juan Malpartida Antonio Machado. Vida y pensamiento de un poeta (Fórcola, Madrid, 2018, 196 páginas).

Hace medio siglo ocurrió el Mayo del 68. Umberto Eco lo definió como un enorme happening callejero. Hay, por el contrario, quien señala su importancia histórica, su carácter de punto de inflexión entre un antes y un después, sobre todo por su relevancia política.

Hace mucho tiempo que los adversarios de la modernidad vienen proponiendo un retorno a las religiones como remedio a los males del progreso. Desde luego, negar el progreso nos calma los nervios porque el progreso es cambio constante y la religión nos asegura el viaje porque apela a lo inmutable. Dicho así, de modo tan esquemático y malamente didáctico, el partido acaba en empate. Llega el tiempo de los penaltis, metafóricamente: de los cañonazos.

Esperaba con curiosidad el estreno de la zarzuela Vigilantes y ladrones, obra de dos amigos, el músico Tomás Marco y el escritor Álvaro del Amo, que sabe bastante de música porque, entre otros géneros, practica el de la crítica.

Carezco de toda autoridad para decir algo sobre Hawking como científico. Tampoco me atrae glosar su biografía, con orillos de inverosímil, un dechado de triunfo inteligente sobre la fatalidad material. Pero he leído un par de libros suyos y los he disfrutado desde el panel de inquietudes y problemas filosóficos que hacen a la condición humana como la imaginó siempre él, como condición cósmica.

Dábamos por desaparecido a Gillo Dorfles cuando nos enteramos de que se acababa de morir a punto de cumplir sus primeros 108 años.

Cada opción ideológica tiene su mito fundante. El conservatismo, por ejemplo, parte de dos certezas: hay un solo Dios (el mismo para todas las religiones) y una sola naturaleza, que es su creación. La sociedad es natural, tan natural como una planta o un organismo animal, incluida la aristocracia primate conocida como humanidad. Entonces: gobernar bien es obedecer a la naturaleza pues todo cuanto la contradiga será contraproducente, conseguirá lo contrario de lo propuesto. No regar el jardín con agua de mar, por sabrosa que sea, pues las plantas se secarán. El valor más destacado del político es la eficacia. Dios lo premia con el buen éxito.

En una vieja película de los años cuarenta, Celia Gámez rogaba desde el título: Secuéstreme usted, por favor. Viene fácilmente a la memoria la imploración de la cantora en estos días propicios a ventilar el tema de la censura. Hay quienes ruegan ser censurados. Los mueven propósitos enaltecedores. Uno es la libertad de expresión. Otro, la bondad. En efecto, quien defiende la libertad contra opresión siempre cae del lado bueno, exhibe su carnet de afiliado al Partido Benevolente.

La convulsa experiencia musical del siglo XX nos ha dejado, al menos, algunas herencias muy válidas. Hoy disponemos de música grabada, prácticamente, de todos las épocas y todos los lugares del mundo.

Hace un siglo, día más o menos, que Paul Valéry dirigió lo que él llamaba “miradas sobre el mundo actual”. Señalo la figura del intelectual que echa una mirada sobre eso que está ahí afuera como si su posición normal fuese de ensimismamiento y reflexión. A menudo, leyendo o escuchando las opiniones similares de otros colegas de Monsieur Valéry, la imagen se repite en mi memoria.

Decía Hipócrates que el cuerpo humano estaba formado por cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. El cuerpo estaba sano cuando los cuatro humores estaban en equilibrio (crasis) y enfermo, cuando se producía el desequilibrio (crisis). Y también decía Hipócrates que el predominio de un humor sobre otro determinaba el temperamento de la persona.

La palabra filosofía está siendo tan usada que corre el peligro de significarlo todo, cualquier cosa y nada. Un modisto muestra su nueva línea de ropa y explica la filosofía de sus diseños y sus costuras. El director técnico de un equipo de fútbol describe sus tácticas y estrategias y las llama su filosofía. El consejero delegado de una entidad bancaria desarrolla su filosofía crediticia y sus planes de ahorro social, igualmente filosóficos.

Es un tema inmenso, lo admito. Por eso no caben aquí más que unos pocos esbozos para que cada quien se arme su tratado. Lo cierto es que hay cientos de ejemplos de novelas que han servido de cañamazo a películas y que, en términos generales, siempre resulta más hacedero recurrir a obras realistas por la cantidad de datos visuales que contienen.

Tengo edad suficiente como para haber atravesado y poder recordar tres sucesivos postismos y manifestarme parte de esa humanidad a la cual dichas filosofías nos la han definido como póstuma. Diré unas cositas levemente filosóficas por lo que el lector poco entusiasta de tal disciplina está a tiempo para cambiar de columna.

Diría Ortega y Gasset que la historia es lo que nos pasa a todos, lo que pasa y se vuelve pasado. En ella la vida se convierte en relato y la podemos pensar, si es que se deja. Entonces ¿por qué decimos que ciertos acontecimientos y ciertos personajes son históricos como si los demás no lo fuéramos? La respuesta simple, la que ahora propongo, es: porque no cabemos todos en la memoria histórica y hemos de seleccionar los materiales que se han de salvar del gran constructor del recuerdo, que es el olvido.

La carroza con alguna drag queen en una cabalgata de Reyes madrileña ya ha dado que hablar cuanto había que hablar. El hecho es en sí mismo banal aunque, si yo tuviera que optar, diría que no era el lugar ni el momento, no por respeto a los Reyes Magos sino a muchas familias para las que la cabalgata excluye ciertas imágenes. Añadiría por mi cuenta, las publicitarias, que a veces las ilustran y contra cuya inoportunidad nadie protesta.

Una ciudad es un organismo, generalmente creciente, a veces decadente. Las ciudades europeas desaparecieron por docenas a comienzos del medievo. En todo caso, se van haciendo o deshaciendo por grados, a lo largo de un tiempo digamos que lento. Así es como tienen historia. Por excepción, algunas se hacen todas de golpe, con regla y compás, en un terreno pelado, sin historia. En América del Norte, Washington. En la del Sur, Brasilia en Brasil y La Plata en la Argentina. Tienen un aire de maqueta, al principio para ver y no tocar. Luego, los días les regalan su pátina.

Es sabido que la denominación de Santa Alianza tiene un carácter literario aprovechado por sus adversarios pero que sus partidarios nunca admitieron. La costumbre, madre de la historia, acabó imponiéndose y hoy cualquier historiador designa como tal a la reunión de las potencias que derrotaron definitivamente a Napoleón en 1815.

En dos libros densamente documentados pero de fluida narrativa –Historia cultural del dolor y Promesas incumplidas. Una historia cultural de las pasiones, ambos editados por Taurus en Madrid– Javier Moscoso ha cumplido una deriva por la historia de cuanto se ha dicho y, a veces, pensado acerca de la vida sentimental de los humanos. Norbert Elias en un libro señero como El proceso de la civilización propone definir las civilizaciones según los códigos que admiten y prohiben decir algo sobre los afectos. En fin, una retórica del corazón. Desde luego, una vez establecida la norma, se la puede violar, de modo que aparecen discursos áureos pero también negros.

Nunca sabremos qué música escucharon los griegos. Sin embargo, sí sabemos la importancia que a la música concedían, ya que sus saberes, personificados por las Musas, invocaban el mismo vocablo para ambas cosas, la música que suena y la palabra que dice y que piensa y se piensa mientras dice lo que dice.

Cada tanto, el cine insiste en lo que los franceses llaman un filme à vedettes, es decir una película donde todos los papeles están desempeñados por primeras figuras. Recuerdo, al azar, lo hecho en Francia misma (Sacha Guitry: Las perlas de la Corona), Estados Unidos (Julien Duvivier: Seis destinos) y Argentina (Luis Saslavsky: Cenizas al viento  y Daniel Tinayre: La cigarra no es un bicho). Me volvieron a la memoria al ver Asesinato en el Orient Express de Kenneth Branagh. Con su habitual narcisismo y su habitual talento, él inventa, dirige, actúa, dialoga y monologa a cámara abierta y en off. Lo sabe hacer, vaya que sí.

Unas curiosas superposiciones concéntricas muestra la película de Martín Cuenca El autor, cuyo coguionista es Alejandro Hernández. No haré crónica de cine sino una reflexión veloz sobre lo que el título anuncia, la autoría.

La puesta en el Teatro Real de El gallo de oro, de Rimski-Korsakov, permitió repensar en la relación, aparentemente incongruente, entre lo serio y lo cómico. Un rey que se pasa la vida en la cama mientras tiene el enemigo a las puertas, que cuenta como consejero áulico a un astrólogo que le regala un gallo de oro como fetiche mágico y se viste, quijotescamente, con una armadura abollada y herrumbrosa para encabezar una tropa de pacotilla, todo eso hace reír.

A veces vale la pena atravesar las oscuridades, afectaciones y pedanterías de Theodor W. Adorno para hallar ocultas perlas de su pensamiento, como él podría haber dicho. Recupero una de ellas: “Toda gran obra aguarda”. Comento: toda gran obra está al acecho y así se mantiene a lo largo del tiempo. ¿Cuánto de largo? Pongamos que unos cuantos siglos. ¿La eternidad? Nadie la ha experimentado aunque, en ocasiones, ciertas músicas nos sugieren, fugaz y paradójicamente, que la hay. No que existe, porque existir sólo se existe en el tiempo y la eternidad, es de suponer, está fuera de él. Ni antes ni después sino fuera.

El Siglo de las Luces dispersó claridades por donde pudo. Las hubo de la ilustración, pero también del iluminismo. Tal es el caso del sueco Swedenborg, un hombre de ciencia que decidió retirarse de los laboratorios y excavaciones para visitar el Cielo y el Infierno con el auxilio del éxtasis.

El periodista francés Rolin decidió, en 1999, ocuparse de cinco escritores nacidos cien años antes y que, por decisión de la Historia o el azar él consideraba definitorios del siglo XX: Ernest Hemingway, Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges, Henri Michaux y Yasunari Kawabata.