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Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

Allá por mediados de los años 1950 triunfó una opereta norteamericana así llamada. Era una exaltación de la vida aldeana donde la existencia era simple y, por ello, maravillosa. Desde luego, no padecía las complejidades seductoras y problemáticas de la gran ciudad.

Un tema obsesivo parece recorrer la primorosa telaraña de tensiones y juegos de manos que es la obra de Alfred Hitchcock: un hombre se ve metido en la identidad de otro y acaba siendo devorado por esa segunda identidad, extraña, que resulta ser la suya propia.

Rememora Nabokov un sueño recurrente de su infancia donde era capaz de ver un paisaje de espaldas, cuando normalmente se lo ve de cara. Ha conseguido escribirlo y concluye que tal sueño ya no es suyo, que se ha vuelto ajeno y común, compartido.

Un lejano amigo, alemán y musicólogo, me dijo cierta vez que esperaba vivir lo suficiente como para asistir a la canonización por la Iglesia de San Martín Lutero. No sé si el Papa Bergoglio llegará tan lejos, aunque parece estar en camino. Es cierto que Lutero fue excomulgado, pero Juana de Arco murió en la hoguera por bruja relapsa y llegó a la santidad.

Soy aficionado al cine de barracón, el de los efectos especiales, capaz de convertir un terremoto en un objeto portátil que se guarda en un bolsillo de la chaqueta. De los cineclubs donde tantos aprendimos el lenguaje cinematográfico elemental, conservé y conservamos la expectativa de ver cómo se inunda Metrópolis, cómo se abre el Mar Rojo, cómo un manto de ceniza desfonda y sofoca Pompeya.

Se puede leer en El País del 15 de julio pasado un inteligente y ameno artículo de la ensayista argentina Beatriz Sarlo: El mundo será Tlön.

Examen de ingenios para la ciencia  es un clásico del ensayismo español del siglo XVI, cuyo autor, Huarte de San Juan, se vio honrado por la censura eclesiástica y una íntegra traducción alemana del siglo XVIII, ilustremente firmada por Lessing. Caballero B. rescata el título (Examen de ingenios, Seix Barral, Barcelona, 2017), eco diferido a una forma literaria en la que España fue cofundadora junto con Montaigne pero que debió esperar siglos para retomar la iniciativa.

Matteo Salvini, el dirigente de la Liga Norte italiana, es el político que más me ha impresionado por la suciedad de su lenguaje y la ufanía con que lo muestra, esperando ser considerado un convincente seductor. Recuerdo un mitin veraniego en que, ante un público donde abundaban niños y mujeres, se la pasó aludiendo a sus erecciones y pidiendo a los hombres que hicieran lo mismo.

A propósito de estas líneas, he repasado algunas cartas manuscritas de Manuel Mujica Láinez (1910–1984). Están escritas con una letra diseñada y caligráfica, como anunciando su perduración documental.

Un amigo periodista me contó –respondo de su veracidad, no sabiendo si él haría lo mismo – que en una conferencia madrileña de Zizek, un muchacho de Albacete que esperaba incorporarse a la vecina cola de quienes esperaban ser examinados en un casting, se equivocó de fila y se metió en la cercana de los jóvenes que aguardaban por Zizek. Resultado: se pasó tres horas sentado en el suelo, sin entender ni palote de lo que el maestro farfullaba en un inglés perfectamente escolar y perdió el turno del casting y, con él, un brillante futuro en el espectáculo.

Pocos hombres son capaces, como Chesterton, de ensalzar la infancia como la única época verdaderamente verdadera y felizmente feliz de su vida, hasta el punto de ponerla como ejemplo de la conducta humana.

La decadencia de la profesión política es un lugar común y no merece exponerse. Sí, en cambio, las incontables teorías que pretenden explicarla. La más fuerte apunta a una decadencia de nuestra especie como tal, o sea como aristocracia primate. La decrepitud y otras lindezas suelen ser la cosecha de los siglos y los milenios. Entonces: de Pericles a Trump la cosa ha empeorado.

La primera serie de estas lecturas abarca desde el año 1974 hasta 1989 y fue publicada por Ediciones Cultura Hispánica (Madrid, 1990).

Los griegos sabían reír. Lo habían aprendido de sus dioses, a quienes no les importaba reírse. Más aún: cierto tipo de risa olímpica era uno de los rasgos de su divinidad. Pero, entrecerrando un poco los labios, una consideración irónica de las cosas alcanzaba, para la sabiduría griega, cierta calidad del saber.

En estas páginas, a medias documentales y autobiográficas, examino un fenómeno que todavía carece de cierre, cual es la emigración de escritores argentinos a España, a partir de la dictadura militar de 1976–1983. Digo emigración y no exilio porque, si bien el origen fue compulsivo, no puede hablarse de exilio desde que se restauró la legalidad democrática.

El tango cantado es casi tan antiguo como el tango a secas, descontada la oscuridad que cubre buena parte de sus orígenes, como ocurre siempre en este tipo de música que pasa de la etnografía al folclore y de éste a la música profesional. Pero, a pesar de esta antigüedad, cabe aceptar que no hay un tango cantado antes del canónico “Mi noche triste” de Pascual Contursi, divulgado por Carlos Gardel, quien se lo apropia y lo transforma, añadiendo a su preparación escolástica de cantante la prosodia del habla rioplatense.

A partir de la década de 1930, cierta zona de la literatura argentina empieza a ser frecuentada por los fantasmas. No se trata de los fantasmas de la novela gótica ni de las apariciones de la ficción modernista. Tampoco, de las alucinaciones mórbidas que cruzan muchas páginas de las novelas naturalistas dedicadas a la observación del genio y la locura, el crimen y el delirio. Los fantasmas góticos asustan desde una zona intermedia de cadáver insepulto, donde la carne descompuesta se niega a ganar la quietud de la muerte.

Con cierto hartazgo, los argentinos que andamos dispersos por el mundo –eventualmente, también concentrados– recibimos la machacona pregunta: ¿Cómo es posible que un país de tantos recursos ande tan mal? ¿Cuál es su anomalía?

Moriencia, aparte de ser un título definitivo en la cuentística de Augusto Roa Bastos, es un concepto plural que permite organizar toda una zona de su obra. Aún más, habilita para trazar algunas líneas de constancia en su trabajo de narrador.

Los ríos profundos de José María Arguedas es, a la vez, una novela de iniciación y la descripción de un duelo. La primera es visible –se cuenta el paso de la niñez a la juventud a través de la adolescencia, la relación entre el educando, su padre y sus maestros–; la segunda está implícita y es de carácter ambiguo.

Octavio Paz escribió dos textos sobre Marcel Duchamp, reunidos bajo el título de Apariencia desnuda: El castillo de la pureza (1966) y Water writes always in plural (1973). Varias sugestiones octavianas emanan estas páginas: la preferencia por Duchamp, que inserta en el surrealismo una cuña dadá, que le permite seguir experimentando y huir de los rigores eclesiales que atacan al fundador de la escuela, André Breton; la producción de un espacio octaviano donde se cruzan varias disciplinas con libertad epistemológica y rigor discursivo: las religiones comparadas, la metafísica del tiempo, la historia como proceso significante, la teoría del arte, la erótica del saber y la sabiduría erótica; observar cómo la lógica del ensayista, lógica del intento y del camino más que del fin y del objeto, se transfiere al lector, deviniendo una estética de la lectura como tanteo, como tiento; comprobar cómo, pasados muchos años, estos textos, sustraídos al contagio estructuralista de aquellos días, resultan legibles fuera de contexto, cuando hoy, tantos robustos ejercicios jergales de los sesenta yacen cuidadosamente expuestos en los gabinetes de arqueología del saber.

A lo largo del tiempo y a lo ancho de la historia, los hombres vamos pasando sin posibilidad de volver a pasar. Esto hace a la belleza del instante como único, ese instante que Fausto quería detener, sin advertir que su belleza dependía de su mortalidad. Pero, a la vez, los hombres podemos sustraernos a la historia y lo inexorable del tiempo, creando esos instantes absolutos que sirven de morada a la presencia. Pasamos de largo pero también insistimos

Una secreta afinidad parece reunir, en la palabra diván, al lenguaje y al cuerpo y, en consecuencia, recomendar que los divanes se utilicen para amueblar las consultas de los psicoanalistas. Pero la familiaridad viene de lejos en el tiempo y el espacio.

Octavio Paz nunca ha escrito un texto orgánico sobre literatura hispanoamericana. Muy excepcionalmente ha dedicado un libro a un autor determinado: Sor Juana Inés de la Cruz, Xavier Villaurrutia. Ello no le ha impedido tratar la materia, como se advierte recorriendo las Obras Completas que, desde 1991, ha venido publicando el Círculo de Lectores de Barcelona: los volúmenes tercero, Fundación y disidencia. Dominio hispánico, y cuarto, Generaciones y semblanzas. Dominio mexicano.

Se suele atribuir a Michel de Montaigne la invención –en el sentido de hallazgo de lo no buscado– del ensayo. Conviene acercarle una excelente compañía: Pedro Mexía y su sabrosa Silva de varia lección. Montaigne se autodefinió de muchas y variables maneras. Una de ellas engloba las demás: ser un filósofo impremeditado y fortuito, que habla inquiriendo e ignorando.

Cortázar ha proclamado en distintas épocas su deuda con el surrealismo. En 1949 escribió en una revista porteña llamada, por paradoja, Realidad: “El vasto experimento surrealista me parece la más alta empresa del hombre contemporáneo como previsión y tentativa de un humanismo integrado.

Cabe leer en paralelo El perseguidor (1959) de Julio Cortázar y Doktor Faustus (1947) de Thomas Mann, no en busca de improbables influencias sino de sugestivos parecidos.

¿Es la música un lenguaje? Si lo es, la relación con la escritura está servida. Mejor dicho: cantada. Los especialistas ya han desbrozado el tema. La música, como el lenguaje verbal, posee sintaxis, gramática y, de aquella manera, también semántica. Si admitimos que el discurso musical, muy esquematizado, tiene un elemento horizontal o melódico y un elemento vertical o armónico, podemos adjudicar al primero una índole sintáctica y al segundo, otra gramatical.