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Entre las tantas costumbres que nos identifican, los animales humanos tenemos el simbolismo y la guerra. Emitimos símbolos que se transmiten de boca en boca, se escriben, se tallan, se edifican y se esculpen. Tienden a perdurar. La guerra, a la vez, propende a destruir y aniquilar. Esta extraña y despareja pareja ha llevado a Toni Montesinos a escribir No habrá muerte. Letras del Gulag y el nazismo de Boris Pasternak a Imre Kertèsz (Fórcola, Madrid, 2018, 241 páginas).

En su libro sobre Rahel Varnhagen (Historia de vida de una judía alemana en el romanticismo) Hannah Arendt deja caer una reflexión sobre el Quijote que puede incorporarse, en carácter de contrafaz, al espacio romántico germánico ocupado por la novela cervantina.

María Lavalle ha demostrado largamente su dominio de lenguas y estilos. Baste recordar memorables versiones suyas del fado portugués y la canción francesa. Ahora, en este compacto Canto al Sur (VOLCAN 132), con acompañamiento y dirección musical de Rafael Fernández Andújar y dirección artística de Rafael Flores Montenegro, se concentra en el castellano. Hay una curiosa excepción, el Tango griego, con la pertinente letra de Haris Alexiou. Es que el Sur que señala María Lavalle no es sólo el de América sino el de Europa: España y Grecia.

La vida de Héctor Tizón (1929-2012) empezó y terminó en la provincia de Jujuy, tierra de confín, donde la Quebrada argentina se orienta hacia el Altiplano de Bolivia o la alta meseta boliviana se abre en la Quebrada jujeña. Más concretamente, fue una vida en la que salió y volvió al punto nativo, el pueblo de Yala.

Un cierto doctor Guillotine fue el inventor de este aparato luego identificado con el Terror jacobino durante cierta fase de la revolución francesa. Lo consideró más humanitario porque aliviaba el dolor de la muerte violenta.

Se atribuye a Nietzsche esta advertencia: “Gusano, te han crecido alas y te has convertido en mariposa, pero sigues siendo un gusano.” La evoco para discurrir velozmente sobre algún aspecto de la política contemporánea y, a propósito de este adjetivo, recordar lo que Ortega y Gasset juzgaba sobre el siglo pasado: una época muy contemporánea y muy poco moderna. Parece que la corriente centuria ha decidido insistir en esa dicotomía.

Ya se lo ha etiquetado como “el asesino de Pioz”. Es Patrick Nogueira, brasileño, de 22 años, que asesinó a dos tíos y dos primos. Lo hizo tras convidar a unos con pizzas y al otro con una conversación nocturna en la puerta de su casa.

Los antiguos decían que la verdad es un acuerdo entre los hechos y la inteligencia, rei et intellectus. Más didácticamente: entre las cosas y las palabras. Con esta simple propuesta se llegó muy lejos, tan lejos que hasta nuestros días intentamos descifrarla. Por lo que he podido averiguar de los que más saben, la idea de verdad no es unívoca. Más bien parece una población que, vista a la distancia, es homogénea y, de cerca, se la comprueba dividida en tribus.

Era necesaria una biografía exhaustiva de Concepción Arenal (1820-1893) tras la recuperación de su memoria y buena parte de su obra, a veces de manera ecuánime, otras a favor del localismo gallego o cantábrico.

Alguna vez, Ortega y Gasset llamó la atención sobre el hecho de que las palabras inteligencia y elegancia tienen una raíz común: la eligentia latina, la cualidad de quien sabe elegir.

El tema del suicidio ha patrocinado numerosísimos estudios que, en su mayor parte, recurren a fuentes occidentales, especialmente europeas. Pero suicidas ha habido siempre y por todas partes. De ahí la utilidad del libro de Maurice Pinguet La muerte voluntaria en el Japón (traducción de Antonio Oviedo, editado por Adriana Hidalgo, 2017, 504 páginas).

La historia española de las décadas más recientes viene siendo pródiga en cambios bruscos, difíciles de asimilar y matizar, que por el contrario fácilmente producen pequeñas indigestiones culturales.

El canadiense Glenn Gould (1932-1982) es uno de los mayores pianistas del siglo XX y este es un juicio que me atrevo a adjetivar de unánime aún entre quienes cuestionan tal o cual velocidad, tal o cual alternancia de fraseo en tal o cual de sus interpretaciones. No es exagerado considerarlo un genio, en el estricto sentido de creador de géneros, de ser un ejecutor de la música que la toca como si nadie antes lo hubiera hecho.

Sarah Bakewell publicó en 2016 En el café de los existencialistas (At the Existentialist Cafe: Freedom, Being, and Apricot Cocktails). Se trata de un ensayo biográfico muy bien estructurado, y a veces divertido, en el que repasa las figuras de los filósofos existencialistas y las de sus antecesores.

Tras un cumplido examen sobre el Tercer Reich y un panorama utilísimo del siglo XIX europeo (La lucha por el poder), el historiador inglés Richard Evans ofrece Contrafactuales ¿Y si todo hubiera sido diferente? (traducción de Guillem Usandizaga, Turner, Madrid, 192 páginas). Es un texto de lectura fluida donde se tratan, por junto, problemas de epistemología y filosofía de la historia, y fantasías de pasados y futuros que pueden o pudieron ser históricos.

En un curioso y exhaustivo libro, Asco. Teoría e historia de un fuerte sentimiento (1999), Winfried Menninghaus ha abordado un tema que, tras su aparente levedad, esconde uno de los fenómenos culturales más importantes.

Eugenides ya nos había admirado en, al menos, tres de sus novelas. En Las vírgenes suicidas, por cómo hacía al narrador víctima de un delirio gótico promovido por unas encantadoras adolescentes. En La trama nupcial, por su descripción de una juventud lanzada desde unos padres revolucionarios y bohemios liberales de los sesenta, a un mundo posmoderno, liberal pero abstracto por su falta de proyecto manifiesto. En Middlesex, por la prueba de fuego de cualquier novelista: poner en pie a un hermafrodita, al cual los demás ven claramente como varón o mujer, y él debe aprender a identificarse ante ellos y ante sí mismo.

Es sabido que el relumbrón internacional de Bergman se originó en el Río de la Plata. Más concretamente, en el Uruguay y aún más concretamente por la obra pionera del crítico Homero Alsina Thevenet. Se dio a mediados del siglo pasado lo que, por reducir el momento a unos pocos datos, se puede caracterizar por el existencialismo de posguerra.

Paul Valéry dijo alguna vez que Europa era una península asiática administrada por una comisión americana. También dijo que las civilizaciones habíamos comprendido que somos mortales. Lo dijo después de la primera guerra mundial y antes de la segunda. ¿Han perdido actualidad estas miradas sobre el mundo actual, una fórmula también valéryana?

La novela goza en el mundo literario de una fama ambivalente. Por un lado, es el depósito de los mayores éxitos de venta, aunque reducido a una suave aristocracia de firmas. No todas las novelas son best sellers pero sí todos los best sellers son novelas o novelerías, periferias novelescas como las biografías noveladas o las memorias y autobiografías sugeridas por los firmantes y escritas por los amanuenses.

Hace dos siglos se publicó la novela de Mary Shelley Frankenstein o El moderno Prometeo. Con esto de los mixturados gabinetes de ministros, la palabra ha cobrado una inesperada actualidad, seguramente efímera como suelen ser las actualidades.

Pertenezco a la promoción de jovencitos que estudiábamos la secundaria en los años cincuenta del siglo pasado. Teníamos un pretérito, si se quiere, más sencillo que el actual. La humanización de los primates databa de medio millón de años y los antepasados del hombre eran el australopiteco, el pitecántropo erecto y el neandertal.

Entre muchas otras cosas, la historia es un edificio con airosos tejados al sol y cloacas soterradas, llenas de nuestras aguas negras. Así la ha visto el historiador Fernando Castillo, en enjundiosas investigaciones sobre el denso mundo de la Europa interbélica, en especial respecto a la Guerra Civil española. Lo ejemplifican sus títulos como Los años de Madridgrado, Noche y niebla en el París ocupado y Españoles en París.

Hubo un tiempo, digamos a mitad del siglo pasado, en que los espectadores infantiles íbamos a los cines de barrio con un código estricto de géneros. Las películas eran de tiros, de época, de aventuras, de santos, de romanos, de risas y de llorar.

En estos últimos doscientos años, Marx ha gozado de una popularidad cercana al folclore, es decir que ha terminado padeciéndola. Hoy, el adjetivo marxista es sólo traslúcido para los miembros de una determinada secta que se declara tal o para la policía de algún país que pretenda librarnos del marxismo. Por lo demás, internarse en Marx y sus derivas es una fascinante exploración, aunque la densidad de sus vegetaciones resulte a menudo asfixiante.

La obra de Antonio Machado lleva más de un siglo de lecturas y este ejercicio temporal sigue armonizando con su visión el mundo, una multiplicidad en movimiento, hecha, según decían los músicos antiguos, de tientos y diferencias. Ha sido objeto de memorialistas (Pérez Ferrero), de documentados biógrafos (Sesé, Gibson), de innúmeros tratadistas, profesores y monógrafos, y hasta de cantautores que se atrevieron a melodizar sus versos. Faltaba un lector que fuera, a la vez, poeta y ensayista, es decir un tentador de saberes. Es el hueco que llena el reciente libro de Juan Malpartida Antonio Machado. Vida y pensamiento de un poeta (Fórcola, Madrid, 2018, 196 páginas).

Hace medio siglo ocurrió el Mayo del 68. Umberto Eco lo definió como un enorme happening callejero. Hay, por el contrario, quien señala su importancia histórica, su carácter de punto de inflexión entre un antes y un después, sobre todo por su relevancia política.

Esperaba con curiosidad el estreno de la zarzuela Vigilantes y ladrones, obra de dos amigos, el músico Tomás Marco y el escritor Álvaro del Amo, que sabe bastante de música porque, entre otros géneros, practica el de la crítica.