Error
  • JUser: :_load: No se ha podido cargar al usuario con 'ID': 159
El arte de comunicar

El arte de comunicar (20)

Miércoles, 21 Enero 2015 18:56

A Lucas, por fandangos

Escrito por

Antonio Lucas tiene trazas de cantaor elegante, de poeta flamencólogo. Lleva la poesía, el Arte, en las habitaciones últimas de la sangre. Es joven y ya ha creado escuela, que sabe uno, intruso y picalagartos, que le admiran jóvenes talentos letraheridos de Cieza (hablo de Antonio Liberato), y hasta esas estudiantinas de Salamanca que quieren cambiar el mundo y que van de asamblea a asamblea pablemas envueltas en una minifalda sugestiva.

Su columnismo –el de Antonio Lucas– tiene nervio y tiene prosa, y un fondo zurdo que es lo que le va a esto del género total del periódico si no lo queremos dejar en mero floripondio lírico. Sus columnas, a veces, parecen labradas con el fuego gitano de la herrería, pero otras veces vienen imantadas por un estilo que, efectivamente, hace de la prosa otra cosa. Durante su infancia gateaba entre los maestros del duende y la musa, pues su padre, el gran Pepe Lucas, lo arrejuntó familiarmente en esa nómina de los genios que fueron o pasaron por el Café Gijón. Yo a Antonio Lucas lo conocí el primer día que llegué, con nombre cambiado, al Gijón; era una conferencia sobre Umbral y las nuevas generaciones , y supe gracias a Lucas que la admiración a Umbral puede estar, precisamente, en evitar el  calco.

Antonio Lucas, junto al autor, en el Café Gijón

Los textos de Lucas son gritos de sentido común en los que aparece el brochazo de Benedetti y esa sonoridad de la palabra que tiene el que cuadra maqueta con la muñeca del verso. Porque Lucas es Loewe y periodista (y una enciclopedia del cante, me cuentan), y esta doble condición –si no es la misma– lo dota de un halo que eleva el Periodismo español a algo distinto al mamotreto burocrático que se estila por otras partes del orbe plumilla. Sólo unos cuantos escogidos tienen su calidad de página en el reporterismo cultural, pero este texto va sobre el Lucas columnista (ya hablaremos del Lucas reportero), cabo suelto que se dirige a “a la peña” como esa inmensa minoría cabreada y leída que se bajó El País del sobaco por endogámico y que vio que con El Mundo –y con Lucas y cía.– había aire y talento más allá de Millás y Vicent.

Copyright © Jesús Nieto Jurado. Reservados todos los derechos.

Miércoles, 31 Diciembre 2014 13:34

Raúl del Pozo o la columna como portada

Escrito por

Imagen superior © La Esfera de los Libros

Lo vieron hace poco en el Gijón, ensimismado en una entrevista columneada. Llevaba una libretita donde iba anotando lo que decía el entrevistado (creo que era de Podemos) y hasta la luz velazqueña que entraba por los ventanales de Recoletos en estos días azules y con este sol de la infamia.

Y allí estaba Raúl del Pozo, genio de la columna, demostrando que la responsabilidad de la contraportada es múltiple y diversa. Ya hemos escrito aquí que la columna es el género total, pues cada día puede tirar el escribiente por el soneto, por la crónica, por la crítica literaria o por el canto a un olmo viejo o a un ciprés de Silos: según vaya la musa y la hora de cierre. Pero Raúl del Pozo rinde homenaje diario a la excelencia en su columna de El Mundo; nunca desfallece, nunca cae en el lugar común y la frase hecha. Va y viene de donde está la noticia (Bárcenas, Podemos…) con la voluntad del reportero joven (yo nunca fui ni reportero ni joven), y con el nervio del escritor que tiene “que contar cosas” y un compromiso con el ruido de la calle. Yo podría escribir un tratado sobre Raúl, que, además de maestro, es mi mejor amigo, pero entre la hagiografía y el interés del lector, voy a tirar por el camino de en medio, que es el de la virtud, o eso dicen.

Imagen superior: Raúl del Pozo junto al autor

Raúl del Pozo, Raúl Júcar, tiene el rostro galán y bello donde las canas son de plata y la mirada de noble hidalgo. Moreno de verde luna, de Cuenca, viste una sonrisa que es casi una herramienta de prospección periodística. Siendo ya la leyenda de este oficio de juntar letras al albur de lo que pasa, Raúl del Pozo toma al joven y lo sitúa en el mundo y en la prosa, y así se lo cruzan estudiantes de Valladolid que vuelven a estudiar Periodismo por él y por esa obra diaria suya que cabalga a la actualidad en el mejor castellano. En este oficio de caníbales que venden a su hijo por una portada, Raúl brilla por su bonhomía. Es arcangélico y da exclusivas, lo cual es meritorio de narices.

Lleva el que ha vivido, y Raúl del Pozo lo ha vivido todo. Conoció el París más literario cuando joven, pero también las acertadas bravuconadas de Cela, las pedorretas endogámicas y poéticas del Café, y hasta una ciudad, Madrid, tomada por las ratas. Él desató el caso Bárcenas para la opinión pública, abrió portadas con columna, y demostró que el articulismo anda muy lejos de ese lugar marginal que dicen estos gerifaltes ignaros de la prensa a los que tanto les pone el dato concreto y frío.

Conquense universal, Raúl del Pozo podría haberse quedado con el sonido edénico del castellano de su serranía y ponerse en modo Virgilio, pero no, se nos vino a Madrid, hace ya un tiempo, a comerse la noche y a amanecer en Barajas –y a escribirlo– si se sabía que iba a aterrizar alguna jaquetona de Hollywood con ganas de Chicote y Dominguín. Hizo la crónica, aún la hace, de un Madrid en el que había gitanos que chuleaban a marquesas, un Madrid nocherniego en el que se cruzaban toreros que se jugaban la temporada en el pitón de los naipes, e incluso ministros que cambiaron la camisa vieja por la pana del consenso. Historia. Periodismo

Ahora le ven de nuevo en el Gijón, aunque ya no esté Paco Rabal en la compaña y sea el centenario local del Paseo de Recoletos un museo con menú del día de lo que fue.

Raúl es la pluma más joven de este oficio del Periodismo y, quizá, la demostración más palpable de que hay vida y columna cuando caiga el papel, cuando se sequen los bosques.

Copyright © Jesús Nieto Jurado. Reservados todos los derechos.

Viernes, 26 Diciembre 2014 18:11

“El Norte de Castilla”

Escrito por

No hablo hoy del autor, sino de su casa encendida. No del poema suelto y sí del ecosistema.

La columna es un género periodístico, y el periódico es un producto tan industrial como un queso o un condón: tan de factoría como una bombilla o un mondadientes. Y sin embargo, entre linotipias y rotativas, entre la borrachera de la tinta y máquinas engrasadas, florece la poesía diaria del artículo.

El Periodismo literario, que en España ha calentado la barriga de muchos (Galdós, Azorín, Umbral, Ruano...) es, sin embargo, una rara avis en el ecosistema de la prensa anglosajona. Dicho lo cual, lo que interesa aquí, en esta sección de columnistas idos o presentes, es defender este género por el cual los periódicos empiezan a leerse de culo, y la última página es la primera que nos llega al alma junto al café y al churro. El columnismo consiste en el arrebato de ser un héroe de la contraportada, pero también en reivindicar, por contraste, el discurso solemne, formativo e informativo de un periódico.

Sepan aquí que El Norte de Castilla es mi casa, mi templo, y que mucho le debo a Carlos Aganzo, su director, y a Chema Cillero, su jefe de Opinión. Porque Carlos Aganzo lo mismo lleva a primera corruptelas ignoradas por la masa crítica, que te gana el "Ciudad de Salamanca" de poesía o recuerda cierto garito de jazz en NYC.

Mientras Chema Cillero edita y controla con tino y paciencia los egos de muchos (el mío el primero, claro) y esta diletancia impresa que es el columnismo, Carlos Aganzo reivindica a Santa Teresa, controla el periódico y sus secciones, y te habla de una cantiga desconocida, nevada de tiempo, que anda perdida en algún convento de Palencia. Es ésta la magia de este periódico, El Norte de Castilla, del que escribo ahora que se cierra el año de sus 160 años (esto es un giro y una redundancia de Gabo en Memoria de mis putas tristes, no vayamos a buscar el yerro, leches).

El Norte de Castilla ha visto pasar a Santiago Alba y a Delibes, a Jiménez Lozano y hasta el Umbral que se supo querido y leído, y que sabiendo que existía El Norte de Castilla se fue a Madrid a por la gloria de la noche entre pensiones y sablazos. Cumple este periódico 160 años, y se han ido referentes como Leguineche o el propio Pacumbral, pero bien sabe Carlos Aganzo que el legado del periódico no es de este mundo, y así nos regala un suplemento como La sombra del ciprés que es, medio parafraseando a Cela, orgullo de pucelanos y espejo de suplementos culturales.

Verán que no personalizo, pero uno es columnista gracias a El Norte de Castilla, y eso que vino a nacer en la punta Sur de Castilla (Málaga), y se bate el cobre desde un piso patera de la calle de Fuencarral de Madrid. Nadie sabe los designios que le aguardan al nuevo, novísimo, periodismo: en todo caso, El Norte de Castilla está ahí, remozado e histórico, como una catedral que resiste al nevazo y a las hordas analfabetas que defenestran, por moda, el papel del papel.

Copyright del artículo © Jesús Nieto Jurado. Reservados todos los derechos.

Imagen superior: Miguel Delibes examina un ejemplar de 1913. Fuente: El Norte de Castilla.

Lunes, 22 Diciembre 2014 13:56

Cuba, la gran desconocida

Escrito por

Imagen superior: Jaume Escofet, CC

Un buen amigo judío me dijo en cierta ocasión refiriéndose con ironía a los cubanos en Estados Unidos: “se creen el pueblo elegido y no se enteran de que en el mundo no cabe más que un pueblo elegido”. Su observación se refería al desparpajo y seguridad con el que los cubanos se mueven en el mundo de los negocios. Se les ha podido encontrar hasta en la presidencia de Coca-Cola, y no serán el pueblo elegido pero sí hay que reconocerles una personalidad muy especial. Son los chinos del Caribe.

Paradójicamente, a pesar de su conspicua presencia, los cubanos siguen siendo unos grandes desconocidos para quienes mejor tendrían que conocerlos: los norteamericanos por razones bastantes obvias que hemos visto últimamente, y los españoles por haber sido Cuba su última colonia a la que aún miran con una mezcla de fascinación y nostalgia; muchas familias españolas, del rey para abajo, cuentan aún hoy con algún familiar más o menos próximo con vínculos en esa isla del Caribe cuya arrolladora personalidad ha llegado a poner al mundo al borde de una guerra en la década de los años 1960.

Y un personaje como Fidel Castro, que no deja indiferente a nadie, no podría haber nacido en otro país que no fuera Cuba. A Castro se le podrá detestar o admirar pero nadie puede dejar de reconocer que ha sido un gigante político, el único vivo en el mundo de una talla de estadistas de los que ya no se dan. Hoy, donde quiera que uno mire no encuentra más que naciones en manos de líderes con una falta de cuajo que, dicho sea entre paréntesis, así nos va. Y no cabe la menor duda de que detrás del reciente acuerdo para normalizar las relaciones con Estados Unidos la palabra final por el lado cubano fue de Fidel Castro.

Dicho acuerdo, que ha hecho correr ríos de tinta y que se ha convertido en una de las noticias del siglo, ha alegrado a todo mundo, desde papa Francisco hacia abajo, menos –como era previsible– a los cubanoamericanos.

Y para explicar esta tremenda paradoja hay que partir de uno de los datos más destacados de ese desconocimiento al que hacía alusión antes: el pueblo cubano es el más hispánico de América, para bien y para mal. Tienen la generosidad, el ingenio y la alegría de vivir, y también el cainismo y la mala leche de que pueden ser capaces los españoles.

Imagen superior: Bryan Ledgard, CC

Dos conversaciones con diplomáticos en la década de 1990, me reafirmaron en esta vieja convicción: no conoce Cuba quien no conoce España y a los españoles.

Luis Ortiz Monasterio, uno de los embajadores más prestigiosos y respetados de la cancillería mexicana, me contó cómo, queriendo saber qué preparación recibían los funcionarios norteamericanos destinados a la Oficina de Asuntos Cubanos del Departamento de Estado, interrogó a uno de ellos sobre los países a donde había sido destinado previamente. “A Costa Rica y Uruguay”, fue la respuesta. “¿No conoce usted España?", preguntó de nuevo Ortiz Monasterio? “No”, “Pues con todo respeto –dijo el diplomático mexicano–, aún le faltan elementos para tratar a los cubanos".

Y un antiguo ministro de Asuntos Exteriores de Cuba, Roberto Robaina, durante una larga charla, me dio la clave de este misterio caribe. “El problema de Cuba –me dijo– son los cubanos de dentro y los cubanos de fuera”. Efectivamente, cuando se ve la visceralidad de cubanos como Marcos Rubio –nada menos que aspirante a la presidencia norteamericana– con la que reciben la noticia de la normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, no puede uno menos que pensar en la visceralidad de los españoles de dentro y los españoles de fuera durante la dictadura de Franco.

Esa, por una parte, es la clave para los que del lado norteamericano no comprenden la reacción de la influyente colonia cubanoamericana, que está calificando hoy a Obama de traidor y comunista por normalizar las relaciones con Cuba.

Del lado español, Cuba seguirá siendo una gran desconocida mientras muchos en la antigua metrópoli, sobre todo dentro la militancia de izquierda, continúen pensando que el problema de Cuba es Estados Unidos. Los cubanos, tanto los de dentro como los de fuera, se sienten más cercanos afectivamente a Norteamérica de lo que los españoles suponen. De hecho, poquísimos españoles saben lo que cualquier cubanito con uso de razón conoce: que si tienes tres stikes estás out.

Copyright © Juan Restrepo. Reservados todos los derechos.

 

Martes, 18 Noviembre 2014 19:08

Ignacio Camacho o el lírico sosiego

Escrito por

Hay veces que las torrenteras líricas van a premio por columna. Otras veces es el azahar florecido en Sevilla, o un cuento por Pascuas, lo que le da corporeidad a su pieza en ABC.

En ocasiones se vuelve editorialista y decimonónico, sobriamente sevillano, pero siempre acaba con un bamboleo de humor, de educada retranca, que le viene seguro de ese liberalismo que tanto aporta a los debates intelectuales que –milagro– aún se dan al calor de un diario y un carajillo.

Ignacio Camacho es un columnista que lo mismo te dirige un periódico que te perfila a los españoles del año o te anima un debate noctívago que se estaba enlagunando en los temas presupuestarios. No es su escritura la que viene de la furia del español cabreado, ni del lirismo vacuo, ni de ese género tontorrón que es el "análisis político". No.

En Ignacio Camacho converge una larga genealogía de columnistas, de los que antes se llamaban ensayistas de periódico; en la jungla diversa de ABC en la que se airean las ventosidades preconciliares de Prada, la lucidez pugilística de Gistau y mi apreciado "en torno al casticismo madriles" de Ruiz Quintano, Ignacio Camacho –diariamente– nos sorprende con la variedad y el argumento. Bien sabe que el aplauso de lo que él denomina "masa crítica" le puede venir del tendido de los lectores más poéticos, o también de esa tipología de lector sesudo que busca una mayéutica diaria e impresa en la hora no del todo encabronada del primer café.

Jesús Nieto, Pepe Bárcena e Ignacio Camacho en el Café Gijón

Ignacio Camacho tiene tono y prosa, argumento y socarronería, editorialismo y hasta una cierta apostura de patricio bético y romano que pasó con gloria por la mili del reporterismo en aquel añorado Diario 16. Fue de los primeros en darle Literatura y meneo periodístico al enjuague del hermanísimo de Alfonso Guerra (El huerto del asistente, Planeta 1990). La cosa es que a pesar de sus estudios de Filología es un hombre de acción que se va al Foro entre semana, que pasa el día del Señor en Sevilla y que nos da en su columna la "tercera España" que precisa este oficio nuestro del columnismo donde más que por el pensamiento, aquí nos matamos por una ocurrencia o por un chiste que nos aguante el folio.

Lo llamo en ocasiones, y siempre coincidimos al calor de un libro o de un bolo de algo del Madrid, que los genios acostumbran a ser merengones.

Copyright © Jesús Nieto Jurado. Reservados todos los derechos.

Martes, 04 Noviembre 2014 00:01

Lladó, coetáneo y dietarista

Escrito por

Tiene el verbo florido, pulso de poeta y el ánima apátrida que se les pone a quienes escriben desde Barcelona, o Trieste, o Argel o Montevideo. Albert Lladó va lo mismo del pensamiento (va pensiero) al politiqueo, de Bécquer a la barretina diaria de su Cataluña, pero siempre, siempre, con el respeto sacrosanto al verbo y a la sintaxis.

Su libro La Fábrica (La Garúa, 2014) tiene mucho de lirismo en prosa y de realidades que queman. Es una recopilación de artículos, columnas, aforismos, pero es más. Lladó (Barcelona, 1980) tiene el sostén memorialista de una generación que tiró hacia la poesía cuando el ladrillo visto y el extrarradio pedían otros futuros, quizás más prosaicos.

Digo que es una colección de columnas, de textos extraídos de esa bitácora viva que es el Periodismo personal; pero digo que es, también, un tratado de humanismo de un hombre de su tiempo que se nos abre en canal. Albert Lladó escribe desde una Cataluña sin estridencias a la que enfrenta al espejo del sentido común. En el imaginario de Albert Lladó se intercalan Ortega y Camus, Azaña y Gómez de la Serna; hasta Ibsen y Delibes en incesante debatir. En su escritura está el urbanita apasionado que desconfía que de la acidez de los principios inmutables, pero su verbo encarna en melancólica cadencia ese pesimismo gélido del escribidor: "la prosa es un fracaso de brocha gorda".

El pesimismo de Lladó es tolerable y lúcido, lo que no le impide mostrar una confianza algo escondida en la Humanidad: esa Humanidad que aguarda la nada en los aeropuertos, o la misma Humanidad que bien sabe Lladó diseccionar en un café de Bucarest o en una pagoda del Sur de Asia o en el bullicio de Corrientes (BS).

Y Lladó se moja, claro; periodista cultural de La Vanguardia, conoce de primera las falacias y las medias verdades de la bipolaridad que un día enriqueció a Barcelona. Para este columnista joven, llamado a la gloria de la contraportada diaria, la política, en este caso la catalana, "se mete sin avisar en los portales de lo cotidiano, reivindica su pasillo, y ya se ha acabado de esconder bajo la moqueta el falso dilema de la bolsa o la vida".

Lladó, insistimos, lleva dentro la música del castellano (también lo suele bordar en catalán) y su libro acaba devorando gratamente al lector, pues es un dietario vivo, ancho en geografías, muy lejos del sobrevalorado mamotreto de su paisano Josep Pla, El cuaderno gris. Quiere decirse que Albert Lladó ha venido a este oficio de matarse las metáforas en los periódicos con la vocación y el magisterio de quien hunde tecla para "comunicar algo que, en esencia, es intransferible". Todo sea que la escritura, esta errada profesión de nos, es "una botella llena de agujeros por los que se derrama el líquido oro de la memoria".

Brillante.

Copyright © Jesús Nieto Jurado. Reservados todos los derechos.

Fotografía cedida por el autor.

Viernes, 31 Octubre 2014 12:28

Decálogo de desperfectos del cuentista

Escrito por

John O'Nolan: "The Harvest Writer" (CC)

Muy por debajo de las grandes firmas literarias, los certámenes de renombre, los libros con tiradas millonarias, el oficio y las fechas de entrega, hay una enorme tribu urbana de escritores que no escriben y a los que no se les conoce obra alguna. Personas que sin embargo, afirman dedicarse a la escritura pese a no haber publicado nada jamás, ganado un céntimo con ella o ser leído por nadie más allá del segundo grado de consanguinidad.

Si te sientes reconocido en alguno de estos apartados, es muy posible que seas todo un ghost writer; un escritor que no es que sea el negro de nadie, sino uno cuyas fantasmadas y delirios de grandeza son mucho más potentes que su pluma.

Así pues, repasemos algunas de sus características más comunes, a fin de conocer un poco mejor este submundo.

Párame si ya te las sabes:

I. El que tiene más tipos de interés que tu banco

Todo libro fue antes árbol, y estos amigos de lo ajeno siempre están buscando una buena sombra en la que cobijarse. Es un caso muy común; elige tus amistades, literarias o no, por afinidad, no por interés. Porque os guste la misma marca de cerveza, porque animéis al mismo equipo de waterpolo, o porque los dos sintáis una inenarrable atracción hacia la literatura ciberpunk. Pero no seas interesado. No te acerques a los demás con la intención de obtener algo de ellos; se darán cuenta y no querrán tenerte cerca. Busques contactos, tablas, o una recomendación, no lo hagas. No buitrees. En el mundillo de las letras, puede vislumbrarse el éxito de un escritor sobre la base de los buitres que se pueden contar planeando en círculo sobre su cabeza. Y de verdad que algunos están más que acostumbrados a ello y te verán venir de lejos. Notarán que te pegas tanto a ellos que pareces su sombra, y no precisamente por lo mucho que los admiras. El quiero ser califa en lugar del califa está muy bien, pero no le toques el turbante a la gente. Búscate tú el tuyo.

II. Deja que otro sea el presidente de tu club de fans

Es muy probable que si eres uno de estos figurantes de las letras, en algún momento tengas que admitir que lo tuyo no es escribir. Que sí, que las comas parecen estar donde deben y todo está correctamente acentuado, pero las palabras que enlazas transcurren con la versatilidad y fluidez de una locomotora oxidada, y eras tan capaz de construir una buena historia como de empezar a mover los brazos y echar a volar. A todos puede costarnos analizarnos a nosotros mismos con objetividad si es que existe, y podemos ser a veces muy negativos sin ninguna razón, pero peor aún es ser extremadamente benévolos con nuestro trabajo. Que prives a los demás de tu talento puede ser una gran injusticia, pero que los castigues con él, es incluso peor. Así que en lo posible, trata de ser objetivo contigo mismo. Cuida lo que escribes, y sé justo al evaluarte. No pienses que todo lo que sale de tus dedos es oro, y que haces un enorme favor al mundo ofreciendo tu talento al mismo. Ya llegarán las animadoras a corear tu nombre si lo haces bien. Suelta los pompones.

III. El gran pez del vaso de agua

Así que has sacado una antología preciosa junto con setenta personas más a las que no conocen ni en su casa... Bien, magnífico. Oye, es muy posible que alguna de ellas incluso merezca la pena, y desde luego es un ejercicio sano y divertido, pero lo que es poco probable es que tu actual estatus te haya erigido ya como el próximo mesías cultural venido a salvar la literatura después de escribir cuatro páginas. Si ya es ridículo que alguien esté pagado de sí mismo hasta el punto de hablar de sí mismo en tercera persona, sea cual sea su talento, imagínate el bochorno cuando encima no tiene ningún logro real que reseñar. Escuchar a alguien darse aires, cuando detrás no hay ningún trabajo que justifique la buena impresión que tiene de sí mismo, es un ejercicio de vergüenza ajena capaz de insuflar color a las mejillas de Casper. Y para fantasma ya tenemos bastante contigo.

IV. El relaciones públicas

Lo mismo piensas que esa gran novela sobre vampiros espaciales que se te ocurrió entre paseo y paseo al váter es una de las grandes obras pérdidas de nuestro siglo y que la humanidad merece conocerla, por lo que todos estarán deseosos de ayudarte a promocionarla. Pero lo cierto es que no. La verdad es que muchos no tendrán tiempo ni ganas de ayudarte en esa sacrosanta misión; mucho menos de perder un par de tardes en leerla. Queda mal que bombardees a la gente con tu mierda, sobre todo si son desconocidos o personas con las que no tengas una relación de cierta confianza.

Tú puedes pensar que le estás haciendo un enorme favor al publicar en sus redes sociales sin permiso tu último artículo, novela o etiqueta de champú, pero lo cierto es que a esa persona ni le interesa ni te lo ha pedido. Es el equivalente a pegarle un cartel con la portada de tu novela en la espalda a alguien por la calle. Publicidad gratis, sí, pero preguntar antes nunca ha estado de más.

V. No seas el pequeño Nicolás

Las amistades no publican libros. Bueno, algunas sí, pero te aseguro que no es el caso. Presumir de que eres colega de los sillones A a la Z de la RAE, o que Ken Follett te manda los borradores para que tú se los revises, no va a hacer que tu trabajo sea mejor. Nadie se va a interesar por ti en base a quien hayas saludado en una sesión de firmas, o porque te echaras unas fotos con el último premio Barbate de novela. Queda mal, y lo peor, suena desesperado y poco profesional, que alguien esté siempre hablando de este, el otro o el de la moto, y de lo amigos que son, cuando se le están pidiendo referencias directas que avalen su trabajo, no un quién es quién literario.

VI. Acepta tus fracasos y no seas cansino

Si hay algo que realmente te descarte, ya de entrada, como profesional, no para una oportunidad puntual, sino para los siglos de los siglos, hasta que los ebooks hayan adquirido conciencia propia y se hayan rebelado contra nosotros esclavizándonos, son los pataleos y los llantos indignados porque los demás no son capaces de ver la evidente calidad que hay en tu obra.

Nada hay peor que ver a una persona adulta pataleando, quejándose, llorando, mendigando y envidiando, porque otros consiguen lo que él o ella es incapaz de lograr. Siempre tiene que haber una mano negra, una discriminación, una injusticia cósmica o un flagrante error. Es imposible completamente que te manden a por comino porque lo que hayas escrito sea digno de una convención anual de vacas con laxante. Lo primero en cualquier ámbito profesional, es aceptar las cosas con sensatez; ¿no has sido uno de los elegidos? ¿Te ha rechazado esa editorial, jurado, concurso, revista, editor? Pues rico; ajo y agua. Ya habrá otras.

Por increíble que te parezca, a todos nos han dado con la puerta en las narices alguna vez, a pesar de que, como no nos cansamos de repetir, estamos aquí para salvar la literatura. Pero chico, hay gente que todavía no se ha enterado. Encaja el golpe con dignidad y sigue trabajando. Eso es lo que distingue a un profesional, a un artesano, a alguien que se toma en serio lo que hace, de un ego maníaco torturado que ha visto en la literatura la salvación para todos sus complejos.

VII. Sal un poquito del mundo literario

Por más que algunos afirmemos que no podemos vivir sin ella, no todo en esta vida es literatura. Desconfía de quien es incapaz de cambiar de tema siquiera durante cinco minutos, y aún más si el único tema es él o ella en el 99% de los casos. Personas que se empeñan en hablar exclusivamente de ellos y de lo que están haciendo, han hecho o van hacer, aburren. También existen el cine, la música, los viajes, la gastronomía…y sí, millones de personas más en este planeta. En fin, miles de razones para no tener la cabeza siempre metida en lo mismo; tú. Ya lo decía la canción; “se llama obsesión”. Pues lo mismo, pero sin ritmo de bachata.

VIII. No seas envidioso

Por favor, no seas un triste. No te dediques a poner vestido de limpio a todos los demás por lo poco o mucho que consigan. Dedícate a lo tuyo, y si puedes, alégrate de que los otros consigan sus metas, porque eso significa que, con la actitud y el talento adecuados, tú también podrías conseguirlo. Sé empático. Esa energía negativa, malsana y falsa (porque matarías a tu abuela por estar en el lugar de al que criticas) no te va a llevar a ninguna parte, ni va a hacer que escribas mejor. A no ser que te sirva para que escribas un libro sobre ti mismo. Mira, ahí hay una buena historia.

IX. Tómatelo en serio

A no ser que escribas como el que hace ganchillo o construye maquetas, lo cual es fantástico si tienes claro que escribir para ti es solo un hobby, si vas de escritor prima donna, al menos empieza a comportarte como tal. No hagas una encuesta a tu público para que te ayuden a elegir si tal personaje se lía con este o con el otro. No hagas una subasta pública de los títulos a ver cuál gusta más. No lances hipótesis sobre cómo creen los demás que debería terminar la historia si A ha traicionado a B en el capítulo cuatro. Se supone que estás escribiendo un libro, no haciendo una encuesta de tele marketing. Escríbelo tú. Tómate en serio a ti mismo, y así los demás empezarán a hacer lo mismo.

X. Y al final, es solo literatura

¿Qué sé yo, ni sabe nadie en última instancia? Podrías dar positivo en todos estos aspectos y sin embargo ser el próximo mesías cultural enviado a la tierra. Todos somos una parte pequeña e intrascendente de algo que solo deberíamos hacer por pasión y para disfrutar de ello, así que sobre todo, disfruta de lo que hagas.

Da igual que tengas un blog y te dediques a las críticas literarias, de cine o de empanadillas, que escribas en revistas de medio pelo, que publiques una antología tras otra, que vayas por tu decimonovena novela en formato digital con menos de diez descargas, siendo tres de ellas de tu abuela. Si es tuyo, has hecho lo que querías hacer y te gusta el resultado, siéntete orgulloso de ti mismo. Si eres capaz de tener la cabeza fría y consigues ser feliz y consciente del valor de cada cosa, disfruta. A la escala que sea, con los pies en la tierra y sin perder el norte. Pero disfrútalo.

No te tomes la literatura como una meta inalcanzable, una cuestión de vida o muerte en la que vale todo y que te hace sufrir a diario por lo que no has conseguido, por lo que querías que pasara y no ha pasado. Vive el momento, y cada tramo del recorrido. Todo llegará si tiene que llegar, y si no, es que no era para ti.

Y sobre todo, no hagas caso de los junta letras de medio pelo que se dedican a escribir artículos como este.

Esos son los peores.

Copyright © David Hernández Ortega. Reservados todos los derechos.

Miércoles, 29 Octubre 2014 07:32

El cambio mínimo necesario

Escrito por

Una de las innumerables razones por las que me gusta la ciencia ficción es porque permite crear un entorno en el que un contexto social real se pueda llevar hasta el extremo, experimentando mentalmente con sus consecuencias. La aparentemente idílica utopía en la que viven los protagonistas no suele requerir una justificación, pero la naturaleza de algunos autores les lleva a buscarla de muchas maneras.

Una de ellas es el universo alternativo, patrocinado en los últimos años por los textos de divulgadores científicos como Mlodinow (El gran diseño, firmado también por Stephen Hawking ya que en el libro hay unas cien líneas que pueden haber sido escritas por él). Para llegar a este universo, hay dos caminos: cruzar a una de esas dimensiones paralelas o suponer que un acontecimiento de la historia sucedió de una manera distinta.

En Delenda Est, Poul Anderson lleva a un viajero del tiempo a la batalla del Tesino, donde mata a los Escipiones. El resultado en el siglo XXI es una sociedad de raíces célticas y cartaginesas, ya que sin la oposición de los generales romanos, Aníbal logró conquistar Roma. El agente Everard de la Patrulla del Tiempo tiene que decidir si debe reconducir el curso de la historia que alguien alteró a su conveniencia. Everard duda; porque, aunque tiene otros problemas, el mundo al que despierta (con elefantes por las calles) es bastante más justo que el mundo en el que se durmió.

Los autores juegan mucho con lo mínimo que sería el cambio para producir un desequilibrio radical. El padre de estas criaturas es, probablemente, Ray Bradbury con El sonido de un trueno. Eckels, un cazador que ha viajado al Cretácico pisa una mariposa durante la partida de caza y al regresar a su tiempo, se encuentra que las elecciones las ha ganado el fascista “Deutscher” cuando antes de su viaje lo había hecho el demócrata “Keith”.

"El sonido de un trueno", ilustrado por Moebius para "Histoires de Dinosaures" (Gallimard)

Sin llegar a la ciencia ficción, todos sabemos reconocer los cambios mínimos que habrían transformado nuestras vidas: ese momento en que no te atreviste a darle un beso, esa entrevista en la que no supiste demostrar lo que valías, ese último bar al que no teníais que haber ido… Puede que haya muchos de los que nos arrepintamos o que no haya ninguno, pero sabemos reconocer esos momentos críticos de nuestro pasado. Si esa misma visión la tuviéramos en nuestro día a día, sería mucho más fácil tomar las decisiones correctas como individuos o, al menos, tomar las decisiones incorrectas de forma consciente.

Llevando esto a nuestra sociedad, parece fácil reconocer esos cambios mínimos en la historia. Son innumerables las especulaciones en las que Adolf Hitler, o sus padres, son asesinados por viajeros del tiempo. Pero los resultados divergen. Ese hipotético crimen podía haber llevado a que otro líder, menos mediocre y menos loco pero con las mismas habilidades para la oratoria, sintonizara igualmente el populismo para atraer al pueblo alemán agotado tras una larga y cruda posguerra. Y tal vez hubiera paseado por toda Europa, sin oposición, una variante más o menos ligera de fascismo que, con apoyo popular, se habría asentado durante décadas. La idea resulta terrible, desde luego, porque parece difícil pensar en algo que supere en maldad al propio nazismo. Pero más de un escritor la ha explotado en sus obras.

No hace falta viajar en el tiempo para cambiar el futuro. Además, ahora mismo es imposible y tiene pinta de que va a seguir siéndolo una eternidad. Tampoco hay que ser un escritor de ciencia ficción para especular con la evolución de nuestra sociedad si las circunstancias actuales se mantienen. Con estudiar la historia es suficiente. Y no estoy hablando de España. Somos una provincia de una civilización que presenta los mismos síntomas a nivel global. Como en todas las organizaciones, son aquellos que las dirigen quienes deberían tomar la responsabilidad de encontrar y gestionar el cambio. Pero, como en todas las organizaciones, el haber llegado a la dirección no garantiza que quien lo ha hecho esté preparado para dirigirla.

Esto sucede tanto en gobiernos de todos los tamaños como en empresas privadas grandes y pequeñas.

Kenneth L. Lay (Universidad de Houston, UH Digital Library).

Recuperemos la memoria de Enron en 2001. Su CEO, Kenneth Lay, había sido encumbrado a los altares empresariales llenando centenares de páginas con su nombre en los libros de estrategia. Lo que había detrás era una colección de malas decisiones disfrazadas contablemente. Otro Kenneth, Lewis en este caso, llevó a Bank of America a una espectacular quiebra propiciando al mismo tiempo la caída de Lehman Brothers. Su última adquisición estratégica (Merryl Lynch), encaminada a tapar los agujeros de adquisiciones estratégicas anteriores, estaba más envenenada que la manzana de Blancanieves y resultó ser la última manzana podrida que corrompió toda la cesta.

Podríamos decir que los accionistas de estas corporaciones sabrán lo que hacen con su dinero colocando a esta gente al frente. Pero de esta crisis hemos aprendido que esto no es del todo cierto. Incluso los más acérrimos liberales del GOP estuvieron de acuerdo en que la Reserva Federal saliera corriendo (como pollo sin cabeza, como luego se vio) a tapar con los lingotes públicos de Fort Knox los desmanes privados. Todos hemos visto que en toda Europa (excepto en Islandia) los gobiernos siguieron el ejemplo. Dejemos esto de lado porque no es el cambio que buscamos.

Lo que no podemos decir es que no nos preocupa que nuestros gobernantes o líderes políticos sean gente que ha llegado al gobierno sin tener la más mínima preparación. Ya no para gobernar, sino ni tan siquiera para mantener su propia casa en orden o llevar sus cuentas. Deberíamos preguntarnos todos los días qué es lo que lleva a esta gente ahí.

Y lo que hay que cambiar es eso. Toda esta proliferación de líderes incapaces ni tan siquiera de definir cual es el rumbo que hay que seguir, ya no de llevar el timón, la produce la moderna deriva del sistema de partidos. Porque los filtros que impone hoy para llegar al liderazgo requieren habilidades que no sirven para gobernar y que se imponen sobre las habilidades que sí servirían.

Si hay que promover un cambio mínimo necesario para que la evolución de nuestra sociedad nos lleve a un mundo más justo, más humano, más libre, para mí el cambio es evidente: debemos tener muy claro a quién elegimos para gobernarnos. Esto implica cambiar el sistema electoral para que cada uno de nosotros vote a un candidato que tenga que convencernos; preferentemente con ideas y méritos, y no con bocadillos ni consignas. 

Aunque puede que fuera un viajero del tiempo el que instauró el sistema actual. Porque, tal vez en un universo alternativo, la Patrulla del Tiempo ya ha comprobado que no queremos asumir la responsabilidad de nuestras decisiones democráticas y que preferimos delegarlas en la superficialidad de un logotipo. 

Copyright © Javier Sánchez Ventero. Reservados todos los derechos.

Jueves, 09 Octubre 2014 10:54

Prada, reinventando lo mismo

Escrito por

Imagen superior © Concha Casajús. Cortesía de Editorial Espasa, Grupo Planeta. Reservados todos los derechos.

Juan Manuel de Prada culteranista. Juan Manuel de Prada como arqueólogo de la gallofa literaria madrileña de principios del XX. Juan Manuel de Prada como un rotundo cinéfilo, exégeta del Eclesiastés que tiene a los escolásticos como otros tenemos la wikipedia. Sobre él caen parabienes y maledicencias a tenazón, pero Prada, zamorano de Baracaldo que desayuna entre las chacinas y la parroquia de "El Boni" –por detrás de la Gran Vía madrileña, y único reducto carpetovetónico en una calle tomada por los chinos y los guindillas de la decrépita comisaría–, es el animal literario de una época en la que empieza a consolidarse la mala escritura y a defenderse la pobreza expresiva como una virtud.

Es sabido que sobre el Prada escritor pesa una fama de "repelente niño Vicente" que no es otra cosa que la reacción pazguata de cierta crítica ante la precocidad de un genio que, con apenas un cuarto de siglo de residente en la Tierra, alcanzó la gloria con la monumental Las máscaras del héroe; quizá esa premura y su cierta propensión al barroquismo expresivo –en una España de prosa plana– lo llevaría a un desinflarse en pos de lo comercial (La tempestad, Las esquinas de aire...). Ciertamente críptico en un columnismo con grapa perfumado de incienso y de una ideología preconciliar que habrá que entender como boutade, es Prada el heredero de una genealogía literaria con enjundia que quizá arrancase con los paseos de Ramón Gómez de la Serna por El Rastro y se concretase, definitivamente, en uno de sus primeros maestros: Francisco Umbral (después lo mataría, ay Freud...). Digamos que Juan Manuel de Prada, amén de haber sido un preclaro "umbralito" en las mocedades de Coños, bebe del manadero diverso y lúdico de nuestra literatura: a veces lleva al exceso la escatología, otras es lírico como un JRJ enamorado, y siempre respeta el compromiso de hacer orfebrería con la frase.

Quiere decirse que Juan Manuel de Prada ha vuelto renacer como escritor merced a dos novelas, Me hallará la muerte y Morir bajo tu cielo. Si en la primera aborda los episodios olvidados (interesadamente) de quienes por miseria o por un patético anticomunismo revestido de patriotismo militaron en la División Azul, en la más reciente, en Morir bajo tu cielo, pone el objetivo sobre ese episodio vacío y glorioso de nuestra historia que fue el de los últimos de Filipinas. Y razón tiene Gimferrer cuando augura al lector que lo último de Prada mezcla a Conrad con John Ford, pues la novela es una gloriosa mixtura entre la novela de aventuras y la radiografía del heroísmo crepuscular de una España a la que se le había puesto definitivamente el sol. Su prosa no deja de ser barroca –meritoriamente barroca– en este libro: es más, se puede afirmar que la totalidad expresiva del Prada más reciente le permite variar los registros para mostrar un perfecto daguerrotipo de la condición humana. En todo caso, Morir bajo tu cielo cuenta la resistencia numantina/quijotera (no quijotesca) de unos españoles en la iglesia de una localidad perdida de Filipinas, Baler, ajenos por completo a la realidad de que la Independencia del archipiélago se había consumado.

Más allá del episodio histórico, la voluminosa novela nos regala una docena de personajes entrañables y bien perfumados; así como un tono novelístico en el que el humor y el patetismo, la poesía y la aventura, se van trenzando en la gramática particularísima de Prada: de un escritor que vuelve a los andurriales de la reducida y destetada gloria literaria.

Copyright © Jesús Nieto Jurado. Reservados todos los derechos.

 

Robin Williams murió ayer, 11 de agosto de 2014, a los 63 años, tras décadas de esfuerzos por mantenerse sobrio y de lucha contra la depresión. Algo ocurrió. Y probablemente nadie sepa nunca qué se le pudo pasar por la cabeza, ni si se podría haber evitado su muerte.

El actor alcanzó la popularidad a finales de los setenta, dando vida al alienígena Mork en la teleserie Mork & Mindy (1978–82). Esa fama le permitió desarrollar una larga carrera de comediante, tanto en los escenarios como en el cine. Su camaleónica trayectoria en la gran pantalla incluye títulos como El mundo según Garp (1982), Good Morning, Vietnam (1987), Despertares (1990), El Rey Pescador (1991), Hook (1991), Aladdin (1992), Sra. Doubtfire (1993), Jumanji (1995) y Noche en el museo (2006).

Williams protagonizó algunos de los papeles más icónicos de la historia del cine y consiguió hacerse con el favor y el cariño del público. Sé que muchos han dicho y dirán que El club de los poetas muertos (1989) o El increíble Will Hunting (1997) son melodramas, que no alcanzan la crudeza necesaria para ser buenas películas, igual que hay quien dice aborrecer El Principito. Aquí me limitaré a decir que pocas películas han sido tan influyentes, han calado tanto en la mente de todos los que crecimos viéndolas, y sobre todo, pocas han sido capaces de transmitir tanto optimismo. Y no seré yo quien quite ni el menor mérito a quien ha conseguido infundir ese sentimiento positivo en tiempos no siempre luminosos. Al contrario, el optimismo y la ilusión, a veces, son lo único que nos mantiene en pie.

No obstante, quizás de la tragedia podamos aprender algo. Robin Williams, una persona que aparentemente lo tenía todo para ser feliz, padecía depresión y fuentes oficiales apuntan a un suicidio.

¿Fue el acto de egoísmo de un drogadicto que no pensó en sus hijos? ¿Debemos juzgarlo y condenarlo? No, rotundamente, no. La depresión es una enfermedad mental. Y el suicidio puede ser el peor desenlace de esa enfermedad.

Los problemas de Robin Williams con el alcohol y otras drogas comenzaron muy pronto. En Wired: The Short Life and Fast Times of John Belushi (1984), Bob Woodward menciona cómo le impactó a Williams la muerte por sobredosis de Belushi en 1982. Su esposa estaba embarazada de su primer hijo, y Williams, temiendo que le esperase un final similar al de su colega, decidió desengancharse. Seis años después, en una entrevista con la revista People, relató esa experiencia: "La cocaína era para mí un lugar donde esconderme. A la mayoría de la gente, la coca le proporciona un subidón. A mí me bajaba el ritmo".

Para mantenerse sobrio, se centró en el trabajo. "Subir al escenario es una salvación", le confesó al cómico Marc Maron en 2010.

Sin embargo, el alcoholismo fue un fantasma difícil de vencer, seguramente porque era el síntoma de un problema bastante más profundo. Entrevistado en el programa Good Morning America en 2006, Williams describió cómo era su lucha diaria contra la bebida: "Estás en el borde de un precipicio y miras hacia abajo. Se oye una voz. Una voz tenue que te dice: Salta".

El humorista y presentador inglés Jason Manford ha dejado claro hasta qué punto el caso de Williams debe despertar ciertas alarmas: "Si la depresión puede (supuestamente) matar a Robin Williams, uno de los hombres más divertidos del mundo, lo cierto es que puede alcanzarnos a cualquiera de nosotros en cualquier momento. Si el Genio de Aladdin puede sufrirla y el DJ de Good Morning Vietnam puede verse afectado por ella, entonces también te puede pasar a ti, o a tu hijo o a tu amigo o a tu compañero de trabajo". Manford concluye con un llamamiento a quienes padezcan el mismo mal: "El mundo te necesita incluso aunque tú no lo creas. Te lo aseguro, te necesitamos aquí, ahora"

En palabras del cómico Jim Norton, "Robin luchó con la depresión y la adicción a lo largo de los años. Muchos comediantes que conozco parecen estar luchando con los demonios del odio y la autodestrucción. Aunque que mis tiempos autodestructivos concluyeron cuando conseguí estar sobrio, la idea del suicidio siempre ha estado ahí, como una opción, detrás de un vidrio que podría algún día romper en caso de emergencia. Yo mismo encontré atractiva la idea de construir mi propia salida".

Dejémoslo claro, nadie elige estar enfermo. Es decir, si entendemos que un diabético no elige ser diabético, debemos aceptar que alguien que padece una enfermedad mental, una depresión o un trastorno bipolar, tampoco lo elige ni lo decide.

Parece evidente pero no lo es. A la sociedad occidental le queda mucho que aprender sobre la salud mental, pues, pese a todos nuestros avances en otros ámbitos, las enfermedades de la mente siguen teniendo que cargar con un estigma que solo podrá eliminarse mediante la divulgación de qué son las enfermedades mentales, y para ello, sin duda, deben dejar de ser un tabú. La trágica desaparición de Robin Williams puede contribuir a ello.

Cuando una persona empieza a padecer los síntomas de una enfermedad mental, ha de superar varios obstáculos. En primer lugar, debe conseguir que alguien dé sentido a esos síntomas, y conseguir un diagnóstico puede suponer toda una peregrinación por diversos especialistas.

En el camino, pueden cruzarse adicciones, comportamientos socialmente autodestructivos y fracasos laborales. Comprender que detrás de muchos de los problemas colaterales existe un trastorno de salud puede llegar a resultar muy difícil. Y más aún, cuando el enfermo consigue un diagnóstico de un profesional, llega el momento de encontrar el tratamiento adecuado, cosa que puede resultar muy difícil.

Por ejemplo, a un paciente de depresión mental pueden servirle una serie de fármacos, mientras que otro necesitará un tratamiento con medicamentos distintos. Y hasta que se encuentra el equilibrio en la medicación, el paciente tiene que aguantar estoicamente los síntomas diarios de su enfermedad.

¿Dónde reside el problema? En el caso de una depresión no se puede hacer un cultivo para averiguar qué bacterias están causando la infección. El origen de la mayoría de enfermedades mentales todavía sigue siendo demasiado desconocido. Y a menudo, el tratamiento adecuado para cada enfermo se encuentra con el método de ensayo y error.

A partir del momento en que se encuentra un tratamiento, el enfermo debe ser constante y luchar contra los propios síntomas de la enfermedad que pueden llevarlo a dejar el tratamiento. Se trata de un círculo vicioso. Además, puede tener que luchar con enfermedades colaterales, como una adicción al alcohol y a las drogas, como le sucedía a Robin Williams.

Y lo que es peor, quien padece un trastorno mental es probablemente el que tenga que enfrentarse a la incomprensión de su círculo social y familiar. De manera que al sentimiento de desesperanza y tristeza que provoca la depresión, se añade la soledad e incomprensión que muy a menudo el enfermo encuentra en la sociedad, lo que acaba (o empieza) provocando también un sentimiento de culpabilidad en el enfermo por eso… Por estar enfermo.

¿Se imaginan la contradicción que suponía para Williams el hecho de ser considerado un personaje inmensamente divertido?

Repito, y aquí soy tajante: nadie elige estar enfermo. Y los enfermos mentales tampoco. La depresión se caracteriza, a grandes rasgos, por un sentimiento de tristeza insuperable, por una pérdida de interés en cualquier cosa que produzca placer, por trastornos en el sueño, por un sentimiento de culpa, una falta de energía, la incapacidad para concentrarse o por ideas de muerte o de hacerse daño.

Es posible que un día, alguien de su entorno le diga a usted, lector, que no puede levantarse de la cama o del sofá. Puede ser una manifestación de los síntomas enumerados más arriba.

Si se ve en una situación así no caiga en la tentación de apartarse de la tristeza, ni le reste importancia. Si un ser querido le dice que no encuentra motivos para levantarse de la cama, créalo. No es una forma de hablar. Ocurre. Es real.

¿Pediría a una persona con neumonía que hiciera vida normal? Pues quien padece una enfermedad mental tampoco puede. Si conoce a alguien que padece una adicción, no se quede en la superficie. A menudo las adicciones son formas, inadecuadas por supuesto, de acallar a enfermedad; de conseguir un estado de aturdimiento que permite seguir funcionando.

Solo me quedan dos cosas por decir: si cree que alguien cercano a usted padece una enfermedad mental, préstele su ayuda. Por supuesto, no diagnosticándolo, ni sugiriéndole que haga algo que a usted le levantaría el ánimo. Su amigo o familiar está enfermo.

No caiga en el error común de decirle “pero si la vida es muy bonita”, porque esa persona en ese momento es incapaz de verlo así, y aún peor, es probable que –como el propio Williams confesó alguna vez– se sienta culpable o estúpido por no ser capaz de ver las cosas buenas de su existencia.

Haga algo más sencillo, ayúdele a encontrar ayuda profesional. Solo debe convencer a esa persona de una cosa: de que acuda a un profesional. Y al mencionar a un profesional no me refiero a cualquiera que se haga llamar terapeuta, sino a un psiquiatra. ¿No acudiría a un cardiólogo si tiene problemas de arritmias? Pues aplique la misma pauta en la enfermedad mental.

Y si es usted quien no puede levantarse por las mañanas, quien ha perdido el rumbo, quien carece de objetivos o quien cree que se encuentra en una situación sin salida, solo hay una cosa que decir: busque también ayuda profesional. Acuda a un psiquiatra. El tratamiento es largo y duro, y requiere un compromiso firme por parte del paciente, que en ocasiones le parecerá inasumible, pero hay respuestas y soluciones. Las hay. No siempre funcionan a la primera, pero siempre hay otras opciones. Y no lo haga por responsabilidades con su familia, con sus amigos por su trabajo, sino por usted mismo. Busque ayuda profesional y apueste por usted.

Copyright © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

 

Página 1 de 2

logonegrolibros

Términos de uso y Aviso de privacidad. ISSN 2530-7169 (Ilustración: Kellepics, CC)

  • El asco como categoría moral
    Escrito por
    El asco como categoría moral El filósofo británico Simon Blackburn analiza en Ruling Pasions de qué manera una cuestión de gusto, como lo es aparentemente el asco, se convierte fácilmente en una categoría moral e ideológica. Veamos algunos ejemplos: Un enólogo…
  • Lo que el cine se llevó
    Escrito por
    Lo que el cine se llevó En mis garbeos por la ciudad, recuento heridas tras las huellas de ciertas cicatrices.No me refiero a las obras públicas con que damos todos los días sino a los centros comerciales, casas de viviendas y…

logonegrociencia

Comfreak, CC

Trestesauros500

Vlynn, CC

Cartelera

Cine clásico

logonegrofuturo2

Imagen © Richard Kingston (young rascal)

logonegrolibros

MystycArtDesign, CC

logonegromusica

Fradellafra, CC

  • La otra Gruberova
    Escrito por
    La otra Gruberova Asociamos normalmente a Edita Gruberova con el repertorio de la soprano lírico-ligera, donde luce un instrumento de carnoso esmalte, lejano del habitual pajarito mecánico de sus colegas tópicas. Con él, la cantante eslovaca hace todas…

logonegroecologia

Coffy, CC

etimologia