El estudio de ese año se centró en las ciencias como área principal de la evaluación. Las áreas secundarias fueron la lectura, las matemáticas y la resolución colaborativa de problemas. Asimismo, se incluye una evaluación de los conocimientos financieros de los jóvenes, aunque con carácter optativo.

Existen en todas las escuelas, más en las públicas, hay que decirlo. Se afanan y también se desesperan. A veces ya no aguantan más el olor del fracaso. Una y otra vez. Intentándolo. En ocasiones se convierten en disruptores. Las más, se aburren. Otras, los vemos mirando distraídos a un limbo que los conduce fuera de la clase.

La etapa primaria es, probablemente, la más necesitada de reformas de todas las que componen el sistema educativo. Su estructura y su contenido requieren reflexionar sobre algunas circunstancias y contradicciones que hacen que no cumpla su función educativa tal y como debiera.

Ni siquiera los nueve que dura la gestación de un niño. Seis meses bastan para construir un sistema educativo en este país de noveleros en el que lo primero que hace un gobierno es derribar una ley educativa y lo segundo dictar otra.

Una de las cuestiones más complejas de la escuela actual es discernir qué conocimientos deben adquirir los estudiantes. Dado que el arsenal de cosas sabidas es tan inmenso, parece imposible que la institución escolar las abarque. De manera que los profesores se encuentran con el reto de enseñar no ya todos los contenidos relevantes, sino la fórmula para buscarlos, encontrarlos y utilizarlos.

Los centros educativos tienen que tener activado siempre el protocolo para supuestos casos de acoso escolar. En Andalucía existe dicho protocolo y los centros únicamente tienen que cumplirlo. Algunas condiciones hay que tener en cuenta para ello porque se trata de detectar y confirmar el acoso, no de crear suspicacias ni falsos culpables.

Más que el debate deberes sí, deberes no, lo que parece más llamativo a la hora de ver la distribución del tiempo de nuestros escolares es la conciencia de una evidente sobrecarga que ocasiona una doble jornada laboral que pocos adultas soportarían.

La polémica sobre los deberes escolares, sobre su utilidad y la manera en la que influye en el aprendizaje de los estudiantes españoles está otra vez de actualidad, algo que ocurre cíclicamente, porque es un tema en el que no existe acuerdo entre familias y profesores, ni entre las familias o los profesores entre sí.

La calle está sombreada de árboles y el colegio surge al final, semiescondido entre naranjos, como si quisiera pasar desapercibido. Estoy aquí pero no me veis, dicen sus paredes.

La soledad está bien para los adultos pero en los niños es una anomalía. Esto pensaba después de leer las noticias de prensa sobre el francotirador de Munich. La infancia es una época terrible, que solemos idealizar porque ha pasado y porque entonces teníamos menos años. Pero en ella se incuban las mayores tristezas y hay heridas que nunca se cierran.

Las Matemáticas son consideradas tradicionalmente una materia árida, con un perfil marcadamente académico y hacia la que los estudiantes suelen manifestar una actitud de recelo por su complejidad. La división entre conocimientos es únicamente una forma de organizar los sistemas educativos pero, en la vida real, no solamente no existe sino que entorpece la aprehensión de los contenidos.

Los avances en el estudio del aprendizaje han posibilitado que reparemos en la inteligencia emocional como una de las capacidades del hombre que ha de ser desarrollada para que funcione adecuadamente. La educación emocional es, por lo tanto, un elemento de innovación educativa por el cual la escuela pretende adaptarse a las necesidades de la sociedad. No es una materia del currículum académico, sino una habilidad transversal que, de no atenderse, genera distorsiones personales, sociales y profesionales en los individuos.

Resulta difícil ser un niño superdotado. Muy difícil. Sigue resultando difícil ser un adulto superdotado. Para empezar, cuesta ubicarse en el mundo de una manera “normal”, porque la normalidad es la obsesión de la escuela, de la empresa, de todos los entornos.

El Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA por sus siglas en inglés, Programme for International Student Assessment) es un estudio trienal que evalúa la medida en que alumnos de 15 años han adquirido los conocimientos y habilidades necesarias para la participación en sociedades modernas.

A finales de octubre de 2015, el filósofo y pedagogo José Antonio Marina (Toledo, 1939) publicó el ensayo Despertad al diplodocus. Una conspiración educativa para transformar la escuela... y todo lo demás, un libro sobre los profundos cambios que, en su opinión, precisa el sistema educativo español.

Aunque el aulismo es la seña de identidad de las escuelas, al menos en España, a veces se producen interesantes cruces de opiniones con algunos colegas. Casi siempre de manera informal. En los pasillos, en el café, en las salas de profesores.

Se habla mucho de educación, y poco de profesores. Al menos, esa es la impresión con la que siempre me quedo cuando oigo debates en televisión, leo artículos en prensa, e incluso en los propios institutos.

Primero fueron las TIC. Luego las TAC. Y ahora las TEP.

Aunque al sistema educativo español se le acusa de volatilidad, no es cierto que los cambios sean tantos ni, por supuesto, tan profundos. Es más. La profundidad es mínima.

Imagen superior: Lee Morley, "Bullying", CC

¿Va a desaparecer la civilización tal y como la entendemos? ¿Los robots sustituirán a los hombres en determinadas tareas? ¿Acabarán los sentimientos, se terminará el amor, dejaremos de hablar de cosas cotidianas?

Como receptora de todos los conflictos, dilemas y avances sociales y científicos, la escuela se preguntó hace unos años por el uso educativo de las nuevas tecnologías. Así nacieron los proyectos basados en las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC). Se trataba de conocer herramientas, muchas de ellas auténticas revelaciones para un entorno profesional de no iniciados.

Hablar del sistema educativo español es hacerse preguntas que están en boca de todos.

La eficacia de los deberes escolares como acompañamiento en el proceso de aprendizaje ha estado y estará siempre en el alero del debate. Los debates educativos son muy curiosos. En ellos participa todo el mundo, porque el simple hecho de haber sido, en algún momento de la vida, un sujeto por educar, un alumno, nos convierte a todos en expertos.

El sistema educativo finlandés despierta la admiración y hasta la envidia de todos aquellos que nos dedicamos a enseñar. Sus buenos resultados a nivel internacional nos indican que las cosas en ese país se están haciendo bien.

Don Antonio Domínguez Ortiz fue toda su vida profesor de instituto. Las camarillas de la Universidad le negaron pertinazmente la entrada. Cuando ahora hablamos de las maldades del sistema educativo, deberíamos volver los ojos a la universidad. Su pobreza de miras continúa y se perpetúa en esa endogamia mediocre que hurta a los mejores la posibilidad de transmitir su excelencia.

La escuela (el colegio, el instituto, la institución escolar, en suma) es uno de los entornos en los que el niño o el joven se desarrolla y evoluciona. Es, por tanto, una parte, importante, de su medio. En su origen, las instituciones escolares comenzaron a existir porque la familia no podía proporcionar a los niños una serie de conocimientos que eran más específicos.

En 1990 se aprueba la Ley Orgánica 1/1990 de 3 de octubre de Ordenación General del Sistema Educativo, LOGSE. Recordemos que el camino del cambio legal en la Educación se había iniciado ya con la LODE, aprobada en 1985. La LOGSE realiza una redefinición de las etapas educativas, basadas en la ampliación de la escolaridad obligatoria hasta los dieciséis años. Así, diseña una etapa Infantil, que va desde los tres a los seis años. Una etapa Primaria, desde los seis a los doce años y una etapa Secundaria, desde los doce a los 18. Esta etapa Secundaria se divide, a su vez, en otras dos: la Educación Secundaria Obligatoria, ESO y el Bachillerato. La ESO tiene cuatro cursos, hasta los dieciséis años, y el Bachillerato dos. Se equipara la edad de la educación obligatoria con la edad laboral.